domingo, 8 de enero de 2012

EL DUEÑO DEL PARAISO


La mansión de Lewis en Hidden Lake (Lago Escondido).
El caso de Joe Lewis ejemplifica la facilidad con que se atraviesa la normativa sobre venta de tierras a extranjeros en "zonas de seguridad de frontera".
No existen cifras oficiales sobre la cantidad de tierras en poder de extranjeros. El Gobierno, a través de la Secretaría de Agricultura, pero sin dar fuentes confiables, habla de 18 millones de hectáreas. Sin embargo, la Federación Agraria, organismo que reclama una reforma urgente en el régimen de tenencia desde hace muchos años, habla de 27 millones de hectáreas.
Este número coincide con el mismo dato que fuentes del Ejército y la Gendarmería me habían confirmado durante la investigación de La Patagonia vendida (mi anterior libro). Los nuevos dueños de la tierra: que el diez por ciento del territorio nacional está en manos de foráneos. El otro número, más inquietante, habla de treinta millones de hectáreas en proceso de venta, ofertadas en círculos internacionales de inversión, también a través de páginas web.
Resta saber qué ocurre con las llamadas "zonas de seguridad de frontera", donde, de acuerdo con este proceso, resultaron vulnerados espacios determinantes para la seguridad nacional y donde, además, una cantidad no precisada de recursos naturales pasaron a ser controlados por manos extranjeras.
La ley de seguridad interior sancionada durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón define como "zonas de seguridad de frontera" a los espacios comprendidos en un radio de 50 kilómetros desde la línea del límite internacional, la Cordillera, hasta el interior del territorio nacional, y en un radio de 150 kilómetros, desde las costas atlánticas también hasta el interior del país. Esto no significa que los extranjeros no puedan adquirir tierras en esas franjas –porque de hecho hasta el cierre de este libro nada lo prohibía–, sino que la última palabra la tiene el organismo encargado de autorizar las compras. En la Argentina, la Gendarmería. Los criterios fijados para determinar que esas zonas deben tener un tratamiento especial se relacionan con la necesidad de controlar ciertos espacios territoriales como una medida preventiva ante hipotéticos conflictos bélicos.
Pero el caso del inglés Joseph Lewis, dueño de la sexta fortuna del Reino Unido, ejemplifica la facilidad con que esa normativa se atraviesa sin representar una dificultad. Compró más de 14.000 hectáreas a treinta kilómetros de El Bolsón a mediados de los años 90 porque en ese sitio descubrió que podía edificar su "pequeño" paraíso privado. Esto incluye la totalidad de las tierras que bordean al lago Escondido, un espejo de agua de seiscientas hectáreas, oculto entre montañas, valles y quebradas, casi en la frontera con Chile. Pero Lewis no se quedó quieto y continuó anexando territorios a pesar de los escándalos y denuncias en los que se vieron envueltos él y sus colaboradores, lo que incluía denuncias por el control de recursos naturales, como vertientes de agua pura y alerzales vírgenes.
La mecánica de las compras fue simple. El empresario tomó contacto con una familia de brokers inmobiliarios de Bariloche, los Van Ditmar. Estos lo llevaron hasta ese campo mágico que entonces era habitado por una familia de varios hermanos peleados entre sí, los Montero, y se puso en marcha la operación. Van Ditmar fue convenciendo a cada Montero sobre lo conveniente de vender esas tierras, pero además les ofreció la posibilidad de que si lo deseaban no tenían que marcharse y que podrían trabajar para el inglés. Para 1992 estaba todo aprobado y la mansión sofisticada de Lewis ya lucía imposible sobre la costa del lago. La prensa lo confundía con Sylvester Stallone, pero todo el paraíso era del "Tío Joe".
En El Bolsón hay un antes y un después de Lewis. Su llegada lo partió al medio, lo convirtió en un pueblo de dos bandos, los unos y los otros, a favor y en contra de ese hombre y su corte de seguidores que controlaban el acceso a un lago.
(...) Donde opera Lewis, los vecinos están acostumbrados a las extravagancias. A menudo, una camioneta de lago Escondido, pintada de mil colores con la leyenda All About Kids, recorre los parajes, recoge a los niños y los lleva a la estancia del magnate para que tomen clases de inglés, música, dibujo, gimnasia. Una merienda o un almuerzo completan la jornada y luego todos vuelven a casa repartidos en esas traffic que hacen las veces de micro escolar. Son las mismas camionetas que aparecen cada tanto por las escuelitas vecinas para repartir equipos de audio o de video, enviados por Van Ditmar, en nombre del buen vecino.
(...) En marzo de 2011, en otra visita a la zona, tuve certezas de lo que suponía: el Tío Joe había continuado con su impulso comprador.
–Lewis ha comprando tanto, que ya no podemos precisar cuánto tiene –me dijo el periodista Daniel Otal–. Les fue comprando la tierra a los pobladores vecinos y tejió nuevos negocios con otros socios extranjeros. El conflicto por el acceso al lago, además, nunca se resolvió.
Hace poco, unos cincuenta manifestantes decidieron marchar hasta las costas del Lago Escondido por el camino municipal. Después de cinco horas de caminata, llegaron a las costas del lago. Pero no llegaron todos y los que sí lo hicieron debieron regresar a El Bolsón por el camino privado de Hidden Lake, es decir, tuvieron que pedir permiso a la gente de Lewis. Quedó en evidencia la pérdida de soberanía en un rincón secreto y encantado del país. Para moverse por la zona, había que contar con la aprobación del vecino inglés.
*Periodista. Extracto de su último libro, "Patagonia perdida. La lucha por la tierra en el fin del mundo" (Marea, 2011), en el que investiga a los perdedores de la explosión terrateniente en el sur argentino.
POR GONZALO SÁNCHEZ

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