sábado, 21 de enero de 2012

NOS ESTÁN ENVENENANDO LA VIDA



Supongamos que un importante diario descubriera que un grupo poderoso de perversos derrama diariamente unos litros de veneno en el agua corriente y que a causa de eso, todos los días murieran varias personas y muchas otras fueran atacadas por una extraña depresión que les impidiera trabajar, les hiciera desconfiar de todo el mundo y les causara, de vez en cuando, ataques de pánico que les obligara a cambiar sus costumbres, abandonando legítimos placeres que antes eran parte de su pequeña cuota de felicidad en este valle de lágrimas.
Supongamos que hubiera suficiente evidencia como para que, si ese diario se empeñara un poco en profundizar el conocimiento del fenómeno, pudiera descubrir que ese grupo poderoso de envenenadores tiene un antídoto para ese veneno pero sólo se lo entrega a quienes aceptan ser cómplices en su nefasta tarea que tiene como objetivo no sólo producir esos daños que digo más arriba, sino aumentar su poder y su capacidad de dañar aún más a la población indefensa hasta que ésta no tenga ya voluntad de resistir a la muerte lenta a que está siendo sometida, ni de quitarle el poder a ese grupo de envenenadores.
Supongamos que ese diario, habiendo descubierto la existencia de esa agresión contra la población indefensa a la que dice tener el deber de informar (para lo cual reclama “libertad de prensa”), en vez de hacer sonar una potente campana de alerta y en vez de favorecer a quienes se oponen a ese grupo, se limitara a informar morbosamente la cantidad de muertos, las circunstancias horribles de su agonía, la ubicación de los focos de infección etc., pero se abstuviera de clamar, en cada una de sus ediciones, contra los envenenadores, convocando a la ciudadanía a movilizarse para impedir su nefasta acción.
A lo sumo, supongamos que escribiera un editorial muy esporádicamente, quejándose por ese atentado colectivo, acusando de una cierta responsabilidad al poderoso grupo que lo comete, pero sin atribuirle pleno conocimiento, y una deliberada y planificada voluntad de producir semejante horror.
Por el contrario, supongamos, más bien, que acusara a las víctimas de no reaccionar debidamente contra el flagelo y hasta excusara la responsabilidad de los sicarios que el grupo emplea para cometer su crimen por ser gente que habita en “aquellos espacios misérrimos en que se hacinan los excluidos”.
Supongamos que el diario supiera que esos “espacios misérrimos” (que se llaman “villas miseria”) son fomentados e incentivados por el mismo grupo de poderosos a fin de tener un almácigo para cultivar la clase de odio y de inclinación al delito que necesita para mantener su poder, pero que no lo dijera sino que acusara veladamente a quienes todavía tienen algo de haber “excluido” a los otros, culpándolos de ser los creadores de esos “espacios misérrimos”.
¿Qué pensaría Ud. de ese diario? ¿No sospecharía que es cómplice del grupo poderoso de envenenadores pero que quiere pasar por opositor para ganarse la confianza de las víctimas? Esto sería de una perfidia casi inimaginable y por eso las víctimas, casi toda gente ingenua, no se darían cuenta de la maniobra, seguirían confiando en ese diario y seguirían sometidas al envenenamiento hasta su trágico final.
Hecho este ejercicio de imaginación le ruego leer, desde este punto de vista, el editorial de hoy de “La Nación” en el cual denuncia el caos social que envenena a todo el país desde hace mucho tiempo, pero en especial desde que Kirchner usurpó el poder en el 2003.
Ese editorial certifica la existencia del caos social (por lo cual podría decirse, “a confesión de parte relevo de prueba”) pero no enfatiza la enorme gravedad del hecho, ni la intención con que es provocado por la tiranía. Y tan grave es, que está disolviendo la armonía social, haciendo inhabitable e intransitable el país y creando toda una clase de agitadores y de roñosos que lejos de molestarse al ver como crece la inseguridad personal y decae la moralidad general, se complace en ello, porque todo eso anticipa el triunfo de un Estado marxista que es el ámbito en el cual se sentirán realmente dueños de todas las vidas y de todos los bienes de los habitantes pacíficos del país.
Esos monstruos tienen el antídoto contra el disgusto mortal que produce en la gente de bien el caos social. Ese antídoto es el placer que éste les causa porque odian a Dios y Su Ley, que son lo opuesto de ese caos. Ellos viven a sus anchas en el pecado, el desorden, la suciedad, la agitación y la violencia, características propias del caos social, dentro del cual los más fuertes se reservan espacios para gozar de un placer lujoso y desaforado. 
Editorial de “La Nación” del 20/1/2012
“Inseguridad y desprotección
“El deterioro del orden público es de una magnitud impensada; la integridad de las personas, en riesgo permanente
“Corresponde preguntarse qué ha llevado a la Argentina a un deterioro del orden público de la magnitud estremecedora que se vive desde hace años a diario.
“Buenos Aires ha quedado convertida en una ciudad tomada, con vahos nauseabundos provenientes de basura apilada, mientras el cirujeo se aplica a las autopsias a cielo abierto. Cuando la peculiar faena llega a su término, suele quedar un remanente de inmundicias desparramadas por las calles de la ciudad para festín de roedores y cachetazo a quienes propalan ante el mundo las bondades de las políticas de calidad ambiental. Eso concierne, si se quiere, a la salud y a la estética. No es ello poco para una ciudad que en otros tiempos preservó con mucha mayor eficacia su belleza y urbanidad, pero es de menguada importancia ante el acecho permanente a transeúntes, automovilistas, turistas y vecinos de un cuchillo o arma de fuego arteros que ponen en cualquier momento, a veces por unos pocos pesos, en riesgo mortal la integridad humana.
“Mucho peor es la situación en el Gran Buenos Aires y en ciudades de alguna dimensión regular de esta y otras provincias. Es en los ámbitos que congregan las viviendas de las personas de menores recursos de la población, y en aquellos espacios misérrimos en que se hacinan los excluidos, en donde la inseguridad deja su estela más escandalosa de muertes y robos.
“Tanto en la ciudad autónoma como en la provincia de Buenos Aires no son tanto las autoridades locales, a pesar de las responsabilidades inherentes a su competencia, como el sello elocuente de la política nacional lo que ha derivado en un estado de cosas incompatible con el orden civilizado. A ella deben imputársele la desprotección y la desconsideración por el ciudadano común en que se ha caído.
“Un episodio tan elemental como el desalojo de quienes se habían apoderado nada menos que de la calle Florida, convirtiéndola en arteria intransitable y espectáculo deprimente, ha parecido, dentro del contexto dominante en el país, lo que de ninguna manera era: una decisión política mayúscula.
“En cualquier país normal, los temerarios protagonistas de aquella ocupación, ilegal por donde se la juzgara, habrían contado con no más que escasos momentos para cesar con tamaño atrevimiento. Sin embargo, después del desalojo hasta recibieron gestos de simpatía de facciones del oficialismo enseñoreadas con frecuencia en los espacios públicos del país.
“Estos mismos días, barrabravas de Nueva Chicago irrumpieron en el hospital Santojanni de esta capital, donde virtualmente destruyeron todo lo que encontraron a su paso mientras buscaban a un supuesto agresor que se hallaba allí internado. El gobierno nacional había dispuesto tiempo atrás el retiro de la custodia policial de los hospitales y, desde entonces, las autoridades nacionales y las porteñas se pasan unas a otras la pelota, en tanto la población sufre las consecuencias de la desprotección.
“Cuatro policías han sido asesinados recientemente en el Gran Buenos Aires. En todos los casos cayeron después de haber repelido a delincuentes; uno de ellos fue ultimado en circunstancias de haber encontrado a su padre en manos de captores en el propio domicilio y de pretender liberarlo.
“La respuesta del Ministerio del Seguridad de la Nación ante esos delitos ha sido estudiar normas que impidan a los efectivos policiales portar armas cuando se encuentren, como ha ocurrido en un alto número de casos de bajas en sus filas, fuera de servicio. Es decir que los únicos ciudadanos en condiciones de hacer frente a la delincuencia que pulula serían desarmados.
“Menos riesgo, pues, para asesinos y ladrones, y más peligro para todos. No alcanza con una manifestación ceñida a familiares y amigos de policías asesinados para clamar por más protección y acción contra la delincuencia. Debe revertirse por entero una política instaurada en 2003 que no ha hecho más que profundizarse en una sociedad cuya mayoría, dicho con todas las letras, ha mirado para otro lado. Cuando ésta mire de otra manera, allí sí cambiarán las cosas.”
¿Qué le pareció el editorial transcripto? Reconozco que la maniobra es tan sutil que es muy difícil de aceptar que sea tal. Sin embargo, creo que si no ponemos un poco de sutileza en nuestros análisis de la peligrosísima situación nacional, estamos perdidos.

Por Cosme Beccar Varela
http://www.labotellaalmar.com/

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