miércoles, 18 de enero de 2012

¿PARA QUE QUEREMOS LAS MALVINAS?


Por Jorge D’Amario Cané 





A partir de la decisión del Mercosur de bloquear el arribo de buques con bandera de las Malvinas a los puertos de los países que integran el bloque, comenzó a desatarse el paquete que fue cerrado en 1982, después de la guerra de Argentina contra Gran Bretaña por la posesión de las añoradas Islas.
Los resentimientos, las angustias, las tristezas, los odios que se anidaban en el alma de los argentinos, que estaban adormilados dentro de un paquete indeseado de malos recuerdos, comenzaron a desperezarse y hoy, han vuelto a aletear en torno de esta herida que jamás cicatrizará en el corazón de los argentinos.
Aquella frase que estudiábamos de niños en la escuela y que decía: “Las Malvinas son argentinas”, nos retrotrajeron a los tiempos de nuestra niñez, épocas en que nos enorgullecía ser argentinos, en que cantábamos las canciones patrias con fuerza y con convicción, tiempos en los que competíamos en la fila de la escuela para ver quién cantaba mejor el Himno Nacional Argentino. Días en los que, sobre nuestro corazón, estaba prendidita la escarapela con los colores patrios.
Allí aprendimos a amar a la Patria, de la mano de la maestra del aula que nos contaba historias argentinas que nos emocionaban, mientras el maestro de música nos enseñaba a vocalizar limpiamente y a ritmo, las 7 letras “a” del Himno Nacional.
A nuestra manera de ver, entonces, éramos más argentinos. Amábamos más a nuestra patria. De esa pléyade de ciudadanos que crecieron amando cada centímetro del país, salieron los chicos que lucharon en las Malvinas, los que dejaron su casa, su familia y su barrio, y empuñaron las armas, muchos sin saber manejarlas, para recuperar aquel suelo argentino, en poder de los piratas británicos.
El país estuvo unido como quizás nunca antes, cuando nuestras tropas pisaron tierra malvinense.
La frasecita que aprendimos en la escuela, había dejado de ser sólo una frase memorizada. Ya estaba escrita con letras doradas, en la historia grande de este país nuestro.
Interiormente, pensábamos hacer por esas islas argentinas, lo que ningún gobierno en la historia argentina había hecho: darle a las Malvinas, la lengua española, familias que quisieran afincarse en ese suelo, crear puestos de trabajo para argentinos y británicos, sembrar semillas argentinas, colocar monumentos que nos identificaran, proveer de una buena asistencia social y salud a los pobladores que estaban viviendo allí, comenzar a colonizar los puntos poblados y crear otras poblaciones… Hacer de esas islas argentinas, un verdadero paraíso digno de ostentar la bandera celeste y blanca.
Eso era lo que, pensamos muchos argentinos, iba a hacer nuestro país por las Malvinas.
Pero, sólo llevamos una bandera, algunos pertrechos bélicos, los equipos de televisión blanco y negro del Canal 12 de Posadas, Misiones, algunas motos para hacer piruetas y muchas ideas que no se concretaron, como en otros tiempos. Pero, nuestro gobierno manejó mal la situación.
Capitulamos, perdimos una guerra que sólo ganábamos en los titulares de los diarios y en la pantalla de ATC.
Pocos días después de aquel loco triunfalismo, debimos conformarnos con una aceptación vergonzosa de la derrota a manos de los colonizadores que, en inglés, nos echaron de nuestro propio suelo.
Perdimos armas, aviones, soldados, ilusiones… la única bandera que llevamos y la oportunidad.
Dejamos en el campo de batalla cientos de chicos que ya no volvieron ni a su casa, ni a su familia, ni a su barrio.
Sencillamente, habíamos perdido la gran oportunidad, en una empresa sólo compatible con la locura de quienes la organizaron, la pusieron en práctica y no aprovecharon el magnífico poder de nuestras fuerzas armadas.
Y hoy, pasados los años, tenemos que volver a lidiar con los mismos piratas que nos prepotean desde hace 179 años.
Pero esta vez, debemos enfrentarnos a las armas de extrema peligrosidad de los ingleses que, como siempre, no sólo hacen gala de su poder diplomático, sino que nos llaman a silencio con la amenaza de naves atómicas, con bombas nucleares y, como si ello fuera poco, tratan de dividir a los países del Mercosur y el resto de Sudamérica, para poder infiltrarse y socavar la unidad americana.
En tanto, los argentinos, que pretendemos discutir infinitamente la posesión de las islas Malvinas, no sumamos puntos para quedarnos con ellas.
En primer lugar, no tenemos armas, porque el Ministerio de Seguridad de la Nación, está en manos de una mujer que estuvo muchos años enfrentada con la ley y el orden, y que llegó al Ministerio para desarmar, desarticular y empobrecer a las tropas argentinas, para imponer el miedo, el odio y la venganza, desde la política, contra todos aquellos que vistieron, visten y vestirán el uniforme de nuestras fuerzas armadas. Es como un estigma: indefinible, inextirpable, inolvidable.
Este gobierno descalabrado y tambaleante, cree que los militares de hoy son los mismos que protagonizaron el llamado Proceso de Reconstrucción Nacional. Piensa que no se han recuperado de aquella situación, que los soldados de hoy son iguales a aquellos. Que los nietos deben pagar por lo que hicieron sus abuelos.
¿Por qué, entonces, nos preguntamos, debemos creerles que han cambiado a Cristina, a Garré, a Kunkel, a Bonasso, a Abal Medina, a Eduardo Luis Duhalde, a Rafael Bielsa, a Carlos Bettini, a Horacio Verbitsky, a Jorge Taiana, a Susana Sanz, a Esteban Righi, a Marcelo Kurlat, a Martín Grass, a Aníbal Fernández…etc. etc. etc.?
Con este gobierno que sólo se acuerda que el Mercosur existe cuando tiene miedo, y con un ejército más formal que real, no vamos a ir a ningún lado.
La venganza por el Proceso debe terminar de una vez. La memoria de que hablaba el ex presidente desaparecido Néstor Kirchner debe acompañarnos siempre para recordar quiénes son los que nos tuvieron aterrados durante la época de las guerrillas, quiénes asesinaron a nuestros servidores públicos, a nuestros familiares, quiénes son los que hoy se dicen defensores acérrimos de las leyes y en verdad, fueron viles y miserables asesinos enfrentados con la ley, con la paz y con el orden.
El dolor vino de ambos lados.
Pero hoy, que tenemos la gran oportunidad de unirnos en una misma dirección de bienestar, paz y progreso, sólo pensamos en la venganza.
Con los dientes apretados no vamos a llegar a la paz deseada.
Pero, ¿cómo podremos reconquistar las Malvinas si seguimos manteniendo el odio entre nosotros? ¿Para hacer qué? Si aún tenemos en el territorio nacional decenas de muertos diarios por la inseguridad, hospitales que son consumidos por el fuego porque funcionan en edificios vetustos, corroídos y con un mundo de ratones en sus subsuelos, donde las escuelas funcionan cuando no llueve, donde los jubilados viven con sueldos de vergüenza y el dinero de la Ansés se usa para los negocio de los empresarios amigos y no para aumentarles el sueldo a los ancianos, donde se premia la vagancia con dinero y no se manda a trabajar a la gente, donde cualquiera que esté cerca del poder se enriquece en dos meses, donde un chofer de un funcionario público pasa a ser empresario de la noche a la mañana, donde existen sindicalistas que se convierten en empresarios y negocian en escondrijos los sueldos de sus trabajadores con los funcionarios de Estado, donde corren peligro los niños en las calles y en las escuelas, donde los maestros deben sufrir el stress que les produce la violencia de padres y de alumnos, donde la ley es sólo para el pobre y el rico negocia con el juez.
Queremos las Malvinas, porque queremos darles muchas cosas buenas…
O queremos las Malvinas para transformarlas en el negocio de los amigos del vergonzoso Poder de la Argentina.
¿Queremos las Malvinas para, también, transplantarle todas estas malas costumbres?

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