domingo, 29 de diciembre de 2013

¡¡FELIZ AÑO NUEVO!!


Por Denes Martos

Es notorio lo extendida que está la convicción de que la política es algo inmoral. Prácticamente todas las personas decentes que conozco no tienen el menor interés en participar de la política. Sin embargo, la pregunta surge por sí misma: si todas las personas decentes – o, no exageremos: digamos que tan solo las medianamente decentes – se mantienen alejadas de la política, ¿quién nos representa? ¿Quién va a defender nuestros valores? ¿Quién nos defenderá del crimen y la inseguridad? Una vieja verdad, casi de Perogrullo, dice que para que triunfen los partidarios del Mal lo único que tienen que hacer los partidarios del Bien es no hacer nada. Especialmente en política dónde lo vacíos de poder prácticamente no existen porque, ni bien se produce uno, inmediatamente es ocupado por el más próximo, el más fuerte, el más ambicioso, el más hábil o – a veces incluso – el más afortunado.En principio y en teoría, toda persona firmemente comprometida con valores permanentes tiene el deber de luchar por ellos. Y en esto es muy cierto que la aproximación a esos valores admite matices. Por eso es que se puede tolerar la disidencia, se puede tolerar el discrepancia. Lo que no se puede tolerar es la mentira, la falsedad, la falacia, la argucia, la hipocresía. Y, naturalmente, tampoco se puede tolerar la mala fe. A lo largo de ya miles de años de Historia, la política ha sido definida de diferentes formas. Hace más de 2.300 años atrás Aristóteles decía que el ser humano es un "zoon politikon", un "animal político", un ser prácticamente destinado a la política. Mil seiscientos años después, Santo Tomás de Aquino rescataba a Aristóteles y afirmaba que la política es aquella actividad que se relaciona con el Bien Común. Doscientos años más tarde, Nicolás Maquiavelo, más crudamente pragmático, definía a la política como la actividad relacionada con la conquista, la conservación y la expansión del poder. Como se ve, la política puede ser concebida y definida de varias maneras. Y, sin embargo, a la enorme mayoría de ellas les subyace un concepto común: se trata de una actividad referida al orden de todo el conjunto social para disponerlo de tal manera que armonice el bien particular con el bien común fortaleciendo y consolidándolos a ambos. La sociedad se organiza sobre bases firmes cuando está orientada a fortalecer al bien personal y al bien común en forma conjunta y de manera armónica. Para hacer esto posible, el político debe respetar como mínimo las clásicas cuatro virtudes cardinales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Prudencia para tomar decisiones correctas, en el momento adecuado y de la forma apropiada. Justicia para saber dar a cada cual lo que le corresponde y para saber qué le corresponde a cada cual. Fortaleza para mantener la constancia, la disciplina, la entereza y la serenidad en casos de conflicto. Templanza para conducirse con seriedad, mesura, sensatez y coherencia. Y para que estas virtudes sean políticamente efectivas, todas ellas tienen que basarse sobre la realidad objetiva y no sobre alguna quimera ideológica inviable. Con todo, es cierto que las virtudes cardinales y su ejercicio no agotan por completo el concepto de la moral, sobre todo en materia política. La relación de la política con la moral es algo muy complejo – y en ocasiones bastante conflictivo. Por de pronto, como cualquier otra actividad, la política posee un "código de conducta " que le es propio y que debe estar adecuado a los problemas que la política debe enfrentar. Y, además de eso, – como, por ejemplo, en el caso de grandes catástrofes o de amenaza de guerra, ya sea externa o interna – las enormes tensiones a las cuales puede estar sujeta la política requieren herramientas y procedimientos que no son ni necesarios ni pertinentes en otras actividades. Pero, en todo caso, la actividad política no carece de un marco normativo. Lo que sucede es que, contrariamente a la opinión juridicista hoy tan extendida, ese marco, no es necesariamente el que establecen las leyes vigentes en un momento dado que bien pueden llegar a ser caprichosas, oportunistas, tendenciosas, sectarias, contradictorias o simplemente inaplicables, según los intereses y los criterios de los políticos de turno que fueron quienes las dictaron – la Constitución incluida. En primer término ese marco está dado por las virtudes arriba mencionadas. El segundo ámbito normativo está dado por los valores etnoculturales orgánicamente sustentados por la comunidad y que en buena medida contribuyen a delinear con mayor precisión también el concepto del "bien común". Por último, el tercer ámbito está dado por las posibilidades concretas que admite la propia realidad habida cuenta de los deberes que el político debe cumplir. Lo que hay que tener presente cuando se trata del tema de la moral y la política es la diferencia que existe entre la moral que cabe exigirle al político como persona y la moral que le cabe al político como gobernante. Porque el criterio moral aplicable a la persona del político es hasta cierto punto independiente del criterio aplicable a su actividad política. Por ejemplo, tanto como para tomar un ejemplo entre muchos, está – y no casualmente – muy extendida la opinión de que nuestros políticos son ladrones que se roban el dinero del Estado. Con lo cual fácilmente se salta a la simplista y equivocada conclusión de que la política es una actividad básicamente mafiosa, turbia, llena de corrupción, propia de ladrones. Considerando este ejemplo cabría apuntar que estrictamente hablando, en realidad, robar dinero no tiene nada que ver con la política. Porque el que roba es un ladrón. Punto. Sea médico, ingeniero, oficinista, lavaplatos, chofer de taxi o pordiosero. Esencialmente el hecho no tiene nada que ver con su actividad o su profesión. Es una falencia MORAL PERSONAL. Lo que agrava la cuestión en el caso del político es que puede hacer valer su poder para lograr impunidad; pero se trata de un agravante, no de un determinante. En un caso así, PERSONALMENTE el político es inmoral, pero como FUNCIONARIO, como gobernante, todavía puede (podría) ser una persona que toma decisiones políticas correctas. Sería el típico caso del "roba pero hace". Obviamente, una cosa no disculpa ni justifica a la otra. Pero el ejemplo sirve para ilustrar la diferencia de los ámbitos y la distinción entre los criterios a aplicar. El problema con la mayoría de nuestros políticos no es tan solo que son inmorales, que es algo que los descalifica como personas. El mayor problema es que, además de inmorales, son incompetentes e ineptos. Que es algo que los descalifica hasta como políticos. Frente a esto sería realmente deseable que las personas decentes se den cuenta de una vez por todas del poder que en realidad tienen. Porque ni son minoría, ni carecen de poder como mucha gente equivocadamente cree. Lo que sucede es que el sistema está montado con un criterio de selección negativo que hace que los oportunistas con más ambición que capacidad y carentes de trabas morales tengan mayores posibilidades de subir por la escalera de la función política y, una vez allí, se concentren en beneficiarse personalmente. Con ello, o bien terminan dedicándose solamente a una demagogia electoralmente redituable, o bien toman decisiones aplicando ideologías y teorías perimidas, o bien impulsan medidas ineficaces o simplemente inviables dictadas desde la más supina ignorancia e incompetencia. En última instancia el verdadero problema no está tanto en las personas carentes de moral y capacidad sino en el sistema que permite la selección casi metódica de esta clase de personas. En este sentido uno casi estaría tentado de decir: " es el sistema, estúpido". Nuestros políticos constituyen una secta de socorros mutuos. Se chicanean entre ellos y se ponen palos en las ruedas en todo lo atinente a escalar posiciones pero, cuando la cosa se les pone verdaderamente pesada, se cuidan las espaldas entre ellos. Y lo pueden hacer porque a lo máximo que se exponen es a algún eventual cacerolazo o a alguna forma de judicialización de la política a manos, generalmente, de un juez amigo. Algo que puede obligar a la secta a cambiar sus figuritas, pero que jamás va a lograr eliminar la colección completa de esas figuritas que se cooptan entre ellas y se turnan alternativamente en los puestos principales. El "que se vayan todos" no se logra haciendo batifondo, sea con bombos o con cacerolas. Se logra con un poder que los obligue a irse. Y la limpieza del ámbito político tampoco se logra con una que otra condena judicial o con un corte de ruta. Se logra con un sistema que expulse a los inmorales y a los ineptos, y que les impida el acceso al poder. Definitivamente. Siempre me llamó la atención que las patotas son de delincuentes o aspirantes a delincuentes. Por alguna misteriosa razón, las personas honradas no tienen el mismo instinto gregario. Y el fenómeno es extraño porque si los corruptos tienen intereses que defender, las personas decentes tienen valores que defender. Siempre me he preguntado: ¿por qué los intereses tienen que ejercer una fuerza de agrupación más fuerte que los valores? La pura verdad es que no termino de comprenderlo. Pero la realidad me obliga a reconocer que es así. La condición humana probablemente tiene mucho que ver con ello.Y es una lástima. Porque, si los decentes se agruparan, es seguro que conseguirían imponerse. Los inmorales pueden ser poderosos, pero no son tantos. Ni siquiera son tan poderosos e invulnerables como ellos se imaginan. Mentiría si dijese que espero que el año que viene la decencia y los valores permanentes de Occidente lograrán un avance sustancial. No lo espero. Pero lo deseo. Y con el mismo anhelo les deseo a todos ustedes una muy Feliz Navidad, colmada de la serenidad y el cariño que implica esta celebración. Y en cuanto al Año Nuevo no me digan que no tengo una buena capacidad de previsión. ¿Se acuerdan que en Mayo del 2011 les predije que no habría ningún fin del mundo este fin de año? Pues, aunque no lo crean: ¡acerté! El 21 de Diciembre, fue el solsticio de verano en esta parte del globo, y estoy aquí, vivito y coleando como todos ustedes gracias a Dios, en un mundo que fue y será una porquería ya lo sé según Discépolo, pero, sea como fuere, va a durar unos cuantos millones de años más. De modo que disfruten el Año Nuevo y que sea uno más en una larga serie de buenos años para todos. Eso, si nuestros beneméritos gobernantes no disponen lo contrario, claro. Pero es mi mejor y más sincero deseo de todos modos.
                                                                                                                        

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