viernes, 3 de mayo de 2013

LA EDUCACIÓN PÚBLICA EN LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES: TRISTE SOMBRA DE AQUELLOS DIAS


Es realmente entristecedor ver cómo un sistema que fue ejemplo y vanguardia mundial, hoy no es más que una triste sombra de aquellos días. El sistema educativo argentino ya no es más aquel que permitió el ascenso social de las clases haciendo célebre aquella enunciación: “M’hijo el dotor”.

La ley 1.420 nos puso al frente con cuatro simples premisas: pública, laica, gratuita y obligatoria. Logró aquello que parecía inalcanzable en una sociedad con orígenes tan diversos. Incluso con sectores sociales enteros hablando otras lenguas. Permitió igualar, abrió puertas y posibilidades para todos hasta para aquellos hijos de inmigrantes con orígenes tan humildes. Abrió las puertas del pensamiento y sus consecuencias fueron palpables: la ley de voto universal, la reforma universitaria…

Hoy la educación pública primaria y secundaria funciona exactamente al revés, en lugar de abrir las puertas de la igualdad, separa, secciona y degrada. Desgraciadamente, hay escuelas para pobres que fomentan que sigan siendo pobres. Escuelas dejadas de lado por el Estado en donde la infraestructura se cae a pedazos. No hay calefacción durante los meses de invierno. Muchas veces faltan vidrios (destrozados por los mismos alumnos en una actitud que ilustra cómo se sienten ellos frente a este lugar) y luces. Faltan mesas y sillas en condiciones. Más de un establecimiento ni siquiera cuenta con tizas. Hay hacinamiento en las aulas y cuando el lugar es el adecuado, cierran los cursos por cuestiones de presupuestos. ¿Cómo puede generarse el conocimiento en esas condiciones?

Del otro lado del aula, los docentes del sistema público son cada vez más bastardeados. La última discusión salarial sirve como excelente ejemplo. Cuando la provincia decidió que era suficiente cerró unilateralmente la discusión y a otra cosa mariposa. Mientras tanto, los docentes, haciendo uso de su justo derecho de reclamo, son tratados poco más de traidores a la patria. Y hablamos de los mismos docentes que se ven día tras día con esa realidad de desigualdad y violencia en el ámbito educativo. Personas que ponen de su bolsillo para que los chicos tengan hojas y lapiceras. Personas que ponen el cuerpo donde el Estado brilla por su ausencia. 

Esas enormes personas, después de todo lo que se dijo en los medios de ellos, siguen poniendo el pecho a las balas y siguen peleando por una mejor educación en las aulas. Y pelean solos, sin reconocimiento.

Mientras tanto las palabras educación inclusiva llenan las bocas de los gobernadores. Pero nada hacen para que la escuela sea un espacio donde los alumnos se sientan contenidos, donde encuentren opciones para su futuro. Para que los maestros se sientan gratificados por desempeñar una de las tareas más nobles.

Baste un botón de muestra para mostrar este concepto. Un docente me contaba hoy que, al explicar el concepto de metáfora a los chicos, todos los años les pedía que pensaran en una metáfora para la palabra "escuela". Sin excepción, todos los años aparecía el término cárcel. ¿Eso es lo que queremos que sientan? ¿encierro, imposibilidad, impotencia? Digámoslo con todas las palabras: no hay inclusión en la escuela de hoy. Los chicos salen de la escuela pública sin opciones y muchos caen en el delito.

La ley 1420 consiguió algo extraordinario con la simpleza de sus cuatro premisas. Hoy, en la provincia de Buenos Aires, tenemos complejas leyes que han sido cambiadas en el transcurso de muy pocos años y, sin embargo, las escuelas dan lástima.

La respuesta a esta situación no es complicada. Cómo señalamos en el documento "La Argentina que queremos": queremos crear la escuela para nuestro presente y para el futuro. Sobre la base de los principios de laicidad, democracia, obligatoriedad, participación, integralidad, pluralidad, interculturalidad y gratuidad debemos avanzar en una escuela que garantice condiciones igualitarias en los logros educativos.

Es simple. Hay que querer hacerse cargo de los chicos, de nuestros chicos bonaerenses. No importa qué leyes haya, ni lo avanzado y progresista de sus contenidos. Sin voluntad política la educación está perdida. Y sin educación digna y de calidad, todos estaremos perdidos.

Por Pablo Farías/ 0223

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