lunes, 10 de junio de 2013

LA PRÓXIMA REVOLUCIÓN

Fantasía política  

Por  Denes Martos

En una revolución, como en una novela, la parte más difícil de inventar es el final.
Alexis de Tocqueville

La situación del país se había deteriorado tanto que se había vuelto insostenible. Bandas armadas saqueaban los supermercados y los negocios. Las rutas y muchas calles principales se hallaban interrumpidas por barricadas y grupos de airados indignados que protestaban a viva voz. En los barrios, vecinos armados se enfrentaban a los tiros con delincuentes que la policía ya desde hacía tiempo no podía controlar. Las grandes ciudades padecían un serio desabastecimiento por el cual ya faltaban artículos de primera necesidad, especialmente alimentos. En una palabra: el desorden y el caos imperaban en prácticamente todo el territorio del país y muy especialmente en los grandes centros urbanos.

En esa situación, un grupo armado de comandos civiles había tomado por asalto la Casa de Gobierno, y luego de varios hechos por demás confusos – algunos de ellos verdaderamente sangrientos – había destituido a las autoridades y convocado a las Fuerzas Armadas que hasta ese momento se habían mantenido estrictamente en sus cuarteles, para al menos restablecer un orden mínimo que frenara el caos. La impresión general fue que los comandos civiles, intentaron primero hacerse del poder con fines revolucionarios pero en muy poco tiempo se dieron cuenta de que la situación se les escapaba por completo de las manos. Contribuyó aun más a la confusión general el hecho de que entre estos comandos civiles se detectaron varios funcionarios y políticos relacionados directamente con el anterior gobierno derrocado de modo tal que muchos opinaron que el golpe de Estado no había sido en realidad más que un auto-golpe mal planificado y fuera de control.

Al principio, los militares se negaron rotundamente a intervenir. Ya lo habían hecho varias veces en el pasado con resultados poco menos que desastrosos, especialmente para ellos mismos, y si había algo que no los entusiasmaba para nada, esa era la posibilidad de volver a intervenir en la vida política del país con una acción que, según todas las experiencias anteriores, al final nadie les agradecería. La Armada directamente se negó a hablar siquiera con los comandos civiles sublevados, no reconociéndoles legitimidad ni autoridad alguna para convocar a nadie. Según los rumores que corrieron en su momento, la respuesta de cierto oficial superior de la Fuerza Aérea fue: "¿Querían democracia? Pues ahí la tienen. ¡Ahora arréglenla ustedes!", aunque, la verdad sea dicha, esa no fue la respuesta oficial. La misma consistió en una posición ambiguamente prescindente que, por supuesto, fue interpretada de mil maneras distintas, tanto por los medios que todavía funcionaban como por la gente en general.

El Ejército mantuvo un silencio poco menos que sepulcral durante días enteros lo cual, obviamente, dio lugar a docenas de rumores; algunos medianamente razonables y otros por completo estrafalarios. Era obvio que se estaban llevando adelante negociaciones intensas de las que no trascendían más que especulaciones. Finalmente, luego de casi una semana de incertidumbres y desórdenes cada vez más graves que cobraron varias vidas, se llegó aparentemente a una especie de acuerdo: ninguna de las tres fuerzas armadas se haría cargo del gobierno y tampoco los comandos civiles asumirían la conducción política del país.

El Poder Ejecutivo sería entregado a un conocido general retirado que dispondría el estado de sitio, disolvería el Parlamento, suspendería la Constitución, daría por finalizada la gestión de los funcionarios anteriores y formaría gobierno según su propio criterio y según su propio plan de acción. El Ejército se limitaría a reforzar la policía y las demás fuerzas de seguridad para restablecer el orden. Las Armada y la Fuerza Aérea no intervendrían de un modo institucional. No obstante, las tres fuerzas se comprometieron a acatar la autoridad del nuevo gobierno y a brindar un apoyo limitado en eventuales situaciones internas de extrema gravedad.

Los entretelones de la negociación que arribó a este acuerdo nunca se conocieron en detalle. Los participantes nunca revelaron sus términos y todo lo que trascendió fue que había sido durísima, con varias instancias en las que los golpistas casi terminan enfrentándose violentamente con el general y algunos de sus hombres de confianza de quienes se dice que, tras explicitar su posición, prácticamente no cedieron un ápice en sus condiciones. En su momento se dijo, incluso, que esas condiciones, más que requisitos o estipulaciones, fueron un planteo al estilo de un "tómelo o déjelo" presentado de la manera más rígida e intransigente. El rumor cuenta que, en un momento dado, alguien del entorno del general golpeó la mesa exclamando: "Ustedes provocaron este incendio, nos llaman a nosotros para apagarlo, ¿y encima quieren discutir condiciones? ¡Están todos locos, señores! ¡Aquí no hay nada que discutir! O se van y nos dejan hacer, o se quedan y en ese caso nos vamos nosotros. ¡Elijan!"

Pero, por supuesto, éstas y parecidas informaciones resultan hoy totalmente inverificables. No han quedado documentos, no hay testimonios confiables. Lo único concreto que quedó de aquellos tumultuosos acontecimientos es un documento muy curioso cuyo contenido transcribimos a continuación.

Se trata de una grabación que reproduce el diálogo sostenido entre el general y un misterioso intelectual al cual el general llama "maestro" durante la conversación. La fecha de la grabación es incierta. Algunos expertos la ubican en algún día anterior a la asunción de la presidencia por parte del general, otros en algún día inmediatamente posterior. De todos modos, por su mismo contenido es casi obvio que la grabación fue realizada muy al principio de la gestión, probablemente por el propio general y con el objetivo de que le sirviera de ayuda-memoria en el futuro.

En cuanto a la identidad de este "maestro" se han tejido las hipótesis más variadas pero lo cierto es que nadie ha conseguido determinarla fehacientemente hasta el día de hoy. Se rumoreó mucho acerca de la existencia de una "eminencia gris" detrás del gobierno que el general constituyó después, pero nadie pudo señalar concretamente a alguien en particular. Muchos periodistas e investigadores han rastreado y mirado con lupa toda la trayectoria del general, pero no han conseguido dar con un personaje cuyo perfil coincidiera, ni siquiera remotamente, con el del "maestro". La identidad de este intelectual sigue siendo un misterio hasta ahora impenetrable.

Con todo, hay una cosa curiosa: por las preguntas que hace el general durante la conversación muchos han sostenido que no conocía a fondo el pensamiento del "Maestro". Siendo eso así, es un verdadero enigma el gran respeto que manifiesta sentir por él, al punto que muy rara vez lo contradice – y esto solo tímidamente – y menos aún lo interrumpe, con lo que el diálogo es casi un monólogo del "Maestro" desde el principio hasta el final.

Otro detalle que no puede ser pasado por alto es que la grabación, con casi total seguridad, no es completa. Comienza con el diálogo ya iniciado y termina algo abruptamente lo que hace sospechar que la conversación, o bien fue más larga, o bien hubo varias conversaciones realizadas en momentos distintos, quizás incluso en días diferentes. Si esto llegara a ser cierto – y en nuestra opinión lo es con alto grado de probabilidad – es posible que existan otras grabaciones. Lamentablemente, hasta el momento al menos, no han sido descubiertas y, por ahora, ésta es la única de la que disponemos.

Su contenido es el siguiente:

El diálogo

[. . . . ]

– Pero, ¿qué haría usted? ( Es la voz del general que suena entre preocupada y nerviosa.)

– Vea general,  (su interlocutor habla en forma serena y más bien lentamente. El timbre de su voz sugiere a una persona de edad relativamente avanzada) yo no sé qué haría porque no estoy en su lugar. Todo lo que le puedo decir es que habría que hacer en mi opinión, o qué tendría que hacer una persona en su posición, dadas las circunstancias.

– Está bien. Lo entiendo. ¿Entonces …?

– Entonces, vayamos a lo básico. Lo primero que tiene que decidir es qué sistema de gobierno piensa adoptar.

– Bueno… me imagino un sistema con una autoridad fuertemente concentrada al principio y una transición gradual hacia una democracia después. Una vez que la situación del país se haya estabilizado y consolidado…

– No general. (lo interrumpe) Con ese enfoque está cometiendo dos errores a la vez, si me permite señalarlo. Lo de la "salida democrática" fue el error que cometieron muchos colegas suyos en el pasado con el resultado que ni hicieron la revolución que prometieron, ni tampoco instauraron la democracia que pretendían fundar, o refundar. Eso por un lado. Por el otro, cuando le digo que tiene que decidir el sistema de gobierno que piensa adoptar me refiero a lo estructural y básico. A lo institucional, por decirlo así. Y me temo que en eso no tiene usted muchas opciones.

– ¿Por qué?

– Porque en todos los miles de años que llevamos sobre la tierra, hemos inventado solamente dos sistemas para gobernar a los hombres: la monarquía y la república.

– Bueno, si es así supongo que la monarquía está excluida.

– Pero no la excluya tan rápidamente. A lo largo de la Historia Universal, la mayor parte de las personas, durante la mayor parte del tiempo, han estado gobernadas por monarquías y por monarquías imperiales para mayores datos. De hecho, a ellas les debemos muchísimas cosas que hoy se toman con naturalidad, como si siempre hubieran existido, olvidando el marco que las hizo posibles.

– Está bien. Puede que sea así. Pero es completamente imposible en estas circunstancias; (el tono se hace jocoso) si lo propusiera haría el ridículo. Realmente no me veo con una corona en la cabeza y cubierto por un manto de armiño.

–  (Se escuchan risas) No le quedaría demasiado bien, eso es cierto … Además, las coronas tienen la mala costumbre de ser bastante pesadas … Pero, hablando en serio, ¿por qué piensa que es imposible?

– Pues maestro, porque la monarquía es hoy por hoy un sistema antiguo y superado. Yo diría que hasta obsoleto.

– Se equivoca usted, general. Técnicamente hablando, es el mejor sistema que hemos inventado en diez mil años. Estoy de acuerdo con usted en que hoy, y sobre todo en la situación en la que usted se encuentra, es una opción imposible, o por lo menos muy complicada y riesgosa. Pero no es porque sea algo superado.

– ¿Sino …?

– Sino porque hoy día no cuenta usted con algo imprescindible para una monarquía: la aristocracia. Sin aristocracia auténtica puede usted tener una tiranía, un despotismo, una autocracia, en suma: alguna forma de absolutismo más o menos personalista con estructuras más o menos monárquicas, pero no una monarquía. Y nota bene: me refiero a la verdadera aristocracia. Sin ella ninguna monarquía propiamente dicha es posible.

– Si es por una casta privilegiada… (comienza a argumentar el general pero el Maestro no lo deja seguir.)

– Una auténtica aristocracia no es cuestión de privilegios. Es una cuestión de calidad que, dado el caso, puede llegar a justificar ciertos privilegios si la función desempeñada los requiere. No se confunda con el cuadro que presentan algunas de las últimas aristocracias cortesanas y otras castas decadentes europeas que, más que aristocracias, fueron oligarquías burguesas encaramadas en el poder o bien remanentes petrificados y anquilosados de una nobleza que ya había dejado de ser noble.  La verdadera aristocracia, hasta por la misma definición del término, no comprende a los privilegiados sino a los mejores, a los más aptos, a los más capaces.

– Entiendo su punto de vista, pero sigo pensando, maestro, que una monarquía es una propuesta imposible.

– Hoy lo es. Pero no porque la monarquía como sistema haya sido superada sino porque ya no existe una aristocracia que la sustente. Ya no hay un estrato social coherente y orgánico de hombres y mujeres que sustenten valores tales como el honor, la lealtad, la responsabilidad, la disposición al sacrificio, la vocación de servicio, y todos los demás valores que hacen a una aristocracia auténtica.

– ¿Alguna vez hubo una aristocracia así?

– ¿Perfecta? No. Por supuesto que no. La monarquía se sustenta en una aristocracia así como una república se sustenta en un pueblo. No han existido aristocracias perfectas por la misma razón por la cual no hay ni han habido pueblos perfectos, y no los hubo porque los seres humanos mismos no son perfectos. No hay sistemas ni regímenes políticos perfectos, general. Las aristocracias se pueden equivocar y decaer del mismo modo en que pueden errar y decaer los pueblos. Pero, así y todo, aun con la condición humana que la hace imperfecta, una aristocracia es auténtica cuando realmente se constituye con los mejores, con los más aptos y con los más capaces de afirmar y practicar – en la medida en que les resulta humanamente factible – los valores que sostienen y mantienen una sociedad, un Estado y hasta toda una cultura.

– ¿Y los privilegios?

– ¡Los tan criticados privilegios! Es cierto que estas personas pueden llegar a tener los privilegios que necesitan para cumplir con su función pero la cuestión es al revés. Un policía no es policía porque tiene el privilegio de portar armas; tiene ese privilegio porque es policía. Una ambulancia no es ambulancia porque tiene el privilegio de cruzar un semáforo en rojo; es al revés: tiene el privilegio de cruzar semáforos en rojo porque es una ambulancia.  Del mismo modo un aristócrata no es aristócrata porque tiene algunos privilegios; un aristócrata posee ciertos privilegios porque es aristócrata. Los mejores no son mejores porque son privilegiados. Es a la inversa: gozan de algunos privilegios porque son los mejores y tienen las responsabilidades y las funciones que les corresponden a los mejores. Ése es el verdadero concepto de la aristocracia.

– Lo que quería señalar, maestro, es que hasta en las repúblicas podemos observar clases que se consideran mejores y se arrogan privilegios. Y no han tenido mucho éxito que digamos …

– Es cierto pero, primero: una cosa es que se consideren mejores y otra muy distinta es que lo sean. Y segundo: ningún régimen ha existido jamás sin una aristocracia o sin algún substituto equivalente. Los soviéticos tuvieron a su nomenklatura y sus teóricos no se cansaron de hablar de "la vanguardia del proletariado" del mismo modo en que los capitalistas tienen su estrato de "ricos y famosos" de los cuales los más importantes son los ricos no tan famosos … o por lo menos no tan conocidos. Y también tienen a los ejecutivos, a los gerentes, a los directores y a los especialistas.  Pero está bien, excluyamos la monarquía. Le queda a usted la opción de la república como única alternativa.

– Estoy de acuerdo. Sea como fuere que lo consideremos, no hay otra solución posible.

– La pregunta entonces es: ¿cómo piensa usted estructurar esa república?

– Pues… creo haberlo dicho ya: al principio un gobierno fuerte con autoridad concentrada que, a medida en que se van logrando los objetivos propuestos, se va flexibilizando y aumentando la participación ciudadana. Pero ya me ha dicho usted que eso, en su opinión, es un error.

– Lo es. Y no es que sea mi opinión. Lo demuestra la experiencia. Si parte usted con esa estrategia sucederán dos cosas: en la etapa autoritaria todo el mundo lo va a estar presionando constantemente para que defina la fecha en que piensa democratizar el régimen. Y, cuando finalmente lo democratice, volverán los mismos políticos de antes a hacer exactamente lo mismo de antes de modo que todo el proceso volverá a fojas cero. Y le adelanto algo más: nadie se lo agradecerá.

– Estoy de acuerdo en que eso es lo que ha sucedido siempre en el pasado. Pero estimamos que ahora es diferente. Las circunstancias han cambiado.

– Nunca es tan diferente, general. Si bien coincido con usted en que las circunstancias son otras, los seres humanos no han cambiado. Y no cambiarán ni en un par de años ni en un par de generaciones. ¿Cuántos años cree que necesita para concretar su proyecto?

– Las previsiones son de diez años por lo menos.

– ¿Y cree usted que lo van a dejar gobernar tranquilo por diez años? Supongamos una etapa de poder concentrado. Yo no le daría más de tres o cuatro años antes de que comiencen los disturbios orquestados por los que seguramente se le opondrán. Si flexibiliza usted después de los disturbios perderá autoridad porque todo el mundo dirá que cedió forzado por los revoltosos que se adjudicarán los laureles y considerarán esa flexibilización como una victoria sobre su gobierno. En cambio si flexibiliza antes de los disturbios, se quedará a medias con los objetivos de la primer etapa y ya no podrá cumplirlos frente a esa oposición cada vez más ruidosa y vocinglera que irá ocupando todos los espacios que encuentre o consiga forzar. En cualquiera de los dos casos, repetirá usted el fracaso de sus antecesores.

– ¿Y entonces…?

– Entonces, olvídese de un proyecto que, en esencia, implica volver al mismo régimen que acaba usted de suplantar. En mi modesta y humilde opinión, el objetivo no es restaurar y tratar de hacer funcionar una clase de república que nunca funcionó sino fundar una nueva clase de república. Y lo tendría que hacer desde el primer día.

– Discúlpeme maestro, pero no veo cómo se podría hacer todo de golpe.

– Ni tendría por qué hacerlo, general. Hay, es cierto, una gradualidad necesaria. Pero lo que debería dejar en claro desde el primer día es que la meta final no es un retorno a lo ya conocido sino la construcción de algo completamente nuevo. Lo que se necesita no es una restauración sino una revolución.

– Maestro: bastantes enemigos tengo ya. Si anuncio esa tesitura me fabrico todo un ejército de enemigos de entrada.

– A esos enemigos ya los tiene. Lo que sucede es que, por ahora, están callados porque los mantiene en silencio su reciente fracaso. Pero no se haga ilusiones: diga lo que diga, haga lo que haga, aparecerán ni bien tengan una oportunidad. No parta del principio de que se va a fabricar enemigos en un futuro. Ya se los fabricó al ocupar el poder. Su estrategia, en todo caso, debería ser ganarse esos enemigos de aliados. O por lo menos ganar de aliados a los que, sea por la razón que fuere, estarán dispuestos a acompañar el proyecto. Y simplemente elimine el resto.

– ¿Eliminar? ¿Usted se refiere a…?

– ¿Eliminarlos físicamente? No. Por supuesto que no. Por lo menos, no necesariamente …  Concedo que algún tipo de … accidente … siempre puede ocurrir, pero … de todos modos, no es cuestión de ensuciarse las manos sin necesidad. En épocas más lejanas las cosas eran diferentes. Usted envenenaba o apuñalaba a alguien y no se enteraban del hecho más que los familiares y una docena de personas más o menos allegadas al occiso. Y, si por casualidad algún otro se enteraba, podía usted apostar a que, o bien le importaría un rábano, o bien no podría hacer nada al respecto.

– Hoy, en cambio, se entera el país entero al día siguiente.

– ¿El país? General, si hoy hace ejecutar a un adversario, se entera todo el planeta en menos de veinticuatro horas. Los periodistas se encargarán de presentar la noticia de tal manera que a todo el mundo le importe y después, haciendo pie sobre ese consenso fabricado, seguramente varios llegarán a la conclusión de que les conviene hacer algo al respecto. Y llegarán a esa conclusión aunque más no sea por miedo a que les toque a ellos ser los siguientes en la lista. Actualmente las muertes por motivos políticos tienen la mala costumbre de convertirse en tiros por la culata.

– Y, de última, son una forma bastante asquerosa de hacer política.

– A veces son una forma asquerosa de deshacerse de asquerosos que hacen política de una forma asquerosa. Pero, sea como fuere, olvídese de eso. Por suerte hoy día hay muchas maneras de eliminar de la escena política a alguien sin necesidad de quitarlo también del mundo de los vivos. Además y de cualquier forma, ésa es una cuestión instrumental y no hace al fondo de la cuestión.

– Lo importante son los objetivos.

– ¡Exacto! Y casi más importante que los objetivos mismos es la manera de presentarlos. Porque puede usted tener los objetivos más nobles del mundo pero, si no los presenta de una manera convincente y deseable, terminará haciendo el papel del profeta predicando en el desierto. En un desierto plagado de lobos y, para ser más exactos, de lobos que tienen una malsana predilección por despedazar a los profetas.

– O sea, maestro, que en su opinión la comunicación es esencial.

– Absolutamente.

– Entiendo. Habrá que explicar los objetivos de tal modo que la gente los entienda.

– No. Habrá que comunicarlos de tal modo que la gente los desee. Entenderlos los entenderá un diez por ciento de todos modos, no importa qué tan bien los comunique. Con suerte un veinte o veinticinco por ciento. Y de ese veinte o veinticinco por ciento siempre habrá una cantidad que, justamente por entenderlos, no los va a aceptar de ninguna manera. De modo que, si es por entender y apoyar, calcule con un diez a un quince por ciento de consenso a lo sumo.

– ¿Y el resto?

– El resto no entenderá jamás simplemente porque los objetivos políticos son tan complejos que están más allá de la capacidad de entendimiento de la gran mayoría. Esa enorme mayoría no puede entender algo tan endiabladamente complejo como es el ajedrez político y, puesto que no puede, tampoco tiene que entenderlo porque lo más probable es que, si lo intenta, terminará entendiéndolo todo al revés. Lo que la gran mayoría tiene que hacer es llegar a querer los objetivos que usted determine. Tiene que desearlos. Tiene que entusiasmarse por el proyecto. Para la enorme mayoría de cualquier población la política no es una cuestión racional. Es una cuestión emocional.

– ¿Y cómo consigo eso, maestro?

–  Para empezar, presentando y logrando objetivos que todos desean, o por lo menos dicen desear, pero cuyo logro contribuye a consolidar la propia posición de usted. Luego, una vez conquistados esos objetivos, tendrá que presentarlos como el gran logro de todos y no como una victoria personal de usted o de su gente. Siempre es buena estrategia personalizar los fracasos y socializar los logros. Si algo sale mal, utilice como fusible a algún funcionario del que se quiera deshacer. Pero si algo sale bien, preséntelo como la gran victoria lograda gracias al esfuerzo de todos. Agradézcale incluso a la oposición su comprensión y su colaboración.

– ¡¿A la oposición?! (La voz del general denota una sorpresa mayúscula)

– ¡Por supuesto! No hay nada más letal para una oposición que caer bajo la sospecha de colaboracionismo.

– Creo que estoy empezando a ver a lo que apunta, maestro, pero para serle franco no estoy muy seguro de entenderlo del todo. ¿Podría ilustrarlo con algún ejemplo?

– Por supuesto. Tomemos por ejemplo una cosa que está en boca de todos: la corrupción. Todo el mundo se queja de la corrupción, pero ¿por qué piensa usted que hay corrupción en la política actual?

– Pues … básicamente por las debilidades humanas mismas. El Estado maneja siempre enormes sumas de dinero y los intereses que toca la política también involucran muchísimo dinero. En esas condiciones, la tentación es siempre enorme. Y seamos realistas también: las sumas que desvían algunos funcionarios para enriquecerse personalmente son ridículas comparadas con el presupuesto nacional, con el volumen de plata que maneja el Estado, y del PBI ni hablemos. Muchas veces el problema de esos desvíos es que resultan difíciles de detectar.

– Lo que usted dice es cierto. No voy a discutir eso. Pero no es lo esencial. Esas debilidades humanas existen desde la época de los sumerios y, sin embargo, han existido regímenes políticos bastante menos corruptos que otros. Un poder ocupado por personas corruptas será siempre corrupto pero el más corrupto de los poderes es aquél en el cual el acceso al poder depende de la corrupción y su ejercicio se basa en la corrupción. Napoleón tuvo bastante razón en aquello de que todo hombre tiene su precio. Siendo estrictos, quizás es un poco exagerado decir que todo hombre lo tiene. En todo caso y si lo consideramos así, la solución podría pasar por poner ese precio tan alto que nadie lo pueda llegar a pagar. Pero si lo que tiene precio es el poder mismo, siempre habrá alguien que reunirá lo suficiente como para comprarlo porque le bastará ofertar más de lo que ofrecen sus competidores en la subasta.

– Y dicen que el poder absoluto corrompe absolutamente …

– Con el debido respeto, general, pero ésa es una reverenda tontería. El poder solo puede corromper al que de cualquier manera ya es corrupto o, como mínimo, ya está dispuesto a serlo. Y solo se puede corromper absolutamente al que ya es absolutamente corrupto por naturaleza. La corrupción eventual de un régimen bien dispuesto puede tentar y hacer caer a una persona medianamente honrada aunque débil de carácter. En cambio, la corrupción institucionalizada no corrompe a los honrados; aglutina a los corruptos. Los honrados ni siquiera llegan al poder cuando la corrupción se institucionaliza. ¿O usted cree que una persona realmente honrada se hubiera mezclado con la gente que ustedes acaban de desplazar del gobierno? No. Los que llegan al poder bajo esa clase de entorno serían corruptos - o ya lo fueron y lo siguen siendo - también en el comercio, la economía, la industria el crimen organizado y cualquier otra cosa que ofrezca dinero. La corrupción no es en absoluto exclusiva del ámbito político. No se trata de eso.

– Pues entonces ¿de qué se trata, maestro?

– General: ¿qué se necesita para llegar al poder en eso que hoy se llama democracia?

– Votos.

– Correcto. Y ¿qué se necesita para obtener votos?

– Bueno … una buena imagen, poder de convicción, cierto carisma …

– Todo eso es instrumental. La buena imagen se la puede construir cualquier especialista en imagen pública; el poder de convicción se lo arman a usted los guionistas profesionales que le escriben los discursos y le inventan los argumentos. El carisma es ya un poco más complicado pero cualquier ingeniero social le puede proveer una leyenda que sirve como aceptable sucedáneo. Al menos por un tiempo.  No general. Para conseguir votos lo que se necesita es una buena campaña. Mucha televisión, muchas entrevistas, muchos debates, muchas horas de radio, muchos avisos, muchos carteles, muchos eventos, mucha presencia mediática. Y todo eso se compra y no es nada barato si vamos al caso. Incluso los especialistas en imagen, los guionistas, los ingenieros sociales y los diseñadores de campaña tampoco trabajan gratis. De manera que lo que usted necesita para conseguir votos en un régimen como el de las democracias actuales es dinero. Simplemente dinero. Mucho dinero y casi nada más que dinero.

– Pero maestro, ¡los votos no se compran!

– ¿Está seguro de eso? Evidentemente un político no puede salir a la calle a ofrecerle plata a la gente a cambio de su voto. En las asambleas legislativas ya es otra cosa y el voto de algunos legisladores de hecho ha costado algún dinerillo en más de una oportunidad. En la calle eso no funciona, es cierto. Sin embargo tampoco deja de ser cierto que sin dinero no hay campaña, sin campaña la gente no lo conocerá y, si la gente no lo conoce, tampoco lo votará nadie fuera de su familia y un par de amigos. La única diferencia está en que los candidatos de nuestras democracias actuales no pagan los votos directamente. Pagan la campaña que obtiene los votos. Es una compra indirecta, pero sigue siendo una compra de cualquier forma que lo mire.

– ¿No hay forma de controlar el dinero que manejan los partidos políticos?

– Tratar de controlar las finanzas de un partido político y el dinero que un candidato invierte en una campaña es como tratar de medir la profundidad de un pozo sin fondo. Ninguna experiencia en este sentido ha dado un resultado satisfactorio. Se ha intentado de mil maneras pero el dinero siempre encuentra canales no verificables para fluir hacia donde le conviene. "Dadme el control sobre el dinero de una nación y no me importará quién haga sus leyes". Si bien el viejo Mayer Amschel Rotschild probablemente no dijo eso hace ya más de doscientos años, lo cierto es que cuando el dinero controla a la política, la misma se vuelve corrupta y no hay forma de evitarlo.

– ¿Y entonces?

– Sencillo: por de pronto, organice las cosas de tal manera que los puestos del poder político no dependan de campañas carísimas que solo pueden pagar los que tienen muchísimo dinero, o los que están dispuestos a ponerse al servicio de quienes tienen muchísimo dinero, o aquellos que consiguen robar muchísimo dinero del Estado para financiarse políticamente. Si consigue usted independizar el acceso al poder político del dinero ya tendrá una buena parte de la batalla ganada.

– Teóricamente es una buena idea, pero no veo cómo se podría hacer.

– No es tan complicado. Recurra al método de la elección indirecta. Para ponerlo en términos simplificados: que el ciudadano vote a los mandatarios del primer escalón. Llamémosles "intendentes". Divida su país - y sobre todo las grandes ciudades - en municipios de un tamaño geográfico y demográfico razonable, manejable, mental y socialmente abarcable. Tendrá así unidades socio-geográficas en donde el conocimiento personal de los individuos entre sí será al menos posible. Disponga, además, que esos candidatos de nivel local deberán tener al menos cinco o diez años de residencia efectiva en el municipio en el que se presentan. De ese modo tendrá una garantía razonable de que los habitantes de dicho municipio conocerán también a la persona por la que votan o al menos pueden conocer personalmente a los candidatos si quieren hacerlo. Una vez que haya organizado eso, disponga elecciones municipales con todas las garantías democráticas que quiera. En los intendentes tendrá miembros del Poder Ejecutivo y en los concejales miembros del Legislativo directamente elegidos por el pueblo. Nadie le podrá decir que no ha sido usted democrático.

– Bien., ¿y después?

– Después, si quiere usted un sistema federal, todos los intendentes de una provincia elegirán de entre ellos al gobernador de esa provincia y, del mismo modo, los concejales democráticamente electos deberán elegir entre ellos a los diputados provinciales. Incluso senadores si quiere usted un régimen bicameral en las provincias.

– Ya veo, luego los gobernadores elegirían al Presidente y los legisladores provinciales a los legisladores nacionales. Previendo, claro está, a los suplentes que tendrán que ocupar las vacantes porque, si por ejemplo un intendente es elegido gobernador, esa intendencia no debería quedar acéfala.

– Básicamente esa es la idea. Con eso se evita usted las enormes y carísimas campañas nacionales y provinciales porque las únicas campañas que tendrán que hacerse con alguna inversión de fondos son las locales a nivel municipal en donde, mal que bien, todo el mundo se conoce entre sí. Ésa es la enorme ventaja de las elecciones indirectas: le quitan buena parte del poder al dinero sobre la enorme mayor parte del proceso de designación de autoridades. No lo eliminan del todo porque siempre existirá la posibilidad de comprar el voto de un elector. Pero, en conjunto, el proceso se hace mucho menos complejo y mucho más verificable aunque más no sea porque hay muchos menos gastos y movimientos de dinero para controlar.

– Suena lógico pero ¿lo aceptará la gente? Discúlpeme pero yo tengo mis serias dudas.

– Por supuesto que habrá resistencias. Siempre las hay ante algo nuevo. Ahí es donde necesitará usted capacidad de persuasión. Pero, por un lado tendrá usted a su favor el gran argumento de la lucha contra la corrupción y, por el otro lado, la gente terminará aceptándolo si pueden votar cada par de años. Los que se van a resistir, y mucho, son los políticos. Y los que no lo van a aceptar nunca son los que hoy les pagan las campañas a los políticos y compran con eso las decisiones políticas que necesitan. Tendrá que manejar eso. Pero puede refinar el esquema de muchas maneras.

– ¿Por ejemplo?

– ¡Oh! ¡Son casi innumerables! Y serán necesarias porque lo que le acabo de señalar es algo muy básico y hasta rudimentario. Pero imagínese, por ejemplo, que establece una norma según la cual nadie puede ser gobernador si no cumplió un mandato completo como intendente y nadie puede ser presidente si no cumplió un mandato completo como gobernador. Eso ayudaría a filtrar por lo menos a los peores administradores. Y la misma norma podría valer para los miembros del legislativo: nadie que no haya sido concejal por un mandato completo debería poder ser legislador provincial y nadie que no haya cumplido su mandato como legislador provincial podría ser legislador nacional.

– Ya veo. Por lo menos creo que estoy empezando a verlo. Eso permitiría incluso implementar el proyecto gradualmente. Se elegirían primero las autoridades a nivel local digamos por un período de cuatro años. Recién después de esos cuatro años, con los intendentes y concejales de mandato cumplido, se elegirían autoridades provinciales, lo que nos daría otros cuatro o seis años. Y recién después se podrían designar autoridades nacionales.

– Con lo cual, mi querido general, tendría usted, más o menos, los diez años que me mencionaba al principio.

– Y no tendría que hablar de elecciones al final del proceso. Directamente podría empezar dando elecciones locales en relativamente muy poco tiempo.

– Y dejándole en claro a todo el mundo y  de entrada, el desarrollo y el cronograma del proyecto. Nadie lo podría presionar para que diga cómo termina la historia y cuándo termina. Además, hay otros refinamientos posibles, por supuesto.

– Lo escucho, maestro.

– Por ejemplo, para evitar esa migración de los políticos de una función a la otra que los hace pasar de gobernadores a senadores, de senadores a ministros, de ministros a diputados y de diputados a cualquier otra cosa, podría instituir una norma según la cual el funcionario designado para una función no puede asumir ninguna otra hasta no terminar su mandato o bien, en caso de renuncia, el tiempo de su mandato. Incluso, con el mecanismo que le acabo de delinear, las tres funciones principales del Estado - el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial - se convertirían en tres carreras de la función pública excluyentes entre sí, de modo que quien ha optado por integrar el Ejecutivo empezando por intendente después no podría pasar al Legislativo en forma directa sino que tendría que empezar de nuevo siendo legislador municipal. Hay muchas otras cosas que se pueden hacer para darle mayor seriedad y profesionalidad al proceso político.

– ¿Por ejemplo?

Por ejemplo, profesionalizando la carrera política. Objetivamente, no es justo ni razonable que los ignorantes tengan la misma chance de llegar al poder que los capaces y experimentados.

– Maestro, ¡eso sí que me traería problemas! Realmente no veo cómo eso podría ser viable. La enorme mayoría de las personas estaría violentamente en desacuerdo con algo así.

– ¡Ya lo creo! Puesto que en toda población los ignorantes y los mediocres siempre son mayoría, la propuesta seguramente le traerá unos buenos dolores de cabeza. Pero no es inviable. El secreto está en cómo calificar a los que aspiran a un cargo público.

– Por de pronto, no podría ser según la posición económica y la capacidad tributaria. Eso sí que puedo garantizarle que sería del todo inviable.

– En eso estoy de acuerdo. Le entregaría armas y argumentos gratuitamente a los partidarios de la lucha de clases que lo acusarían de favorecer a la oligarquía. De hecho estaría usted favoreciendo, no a una oligarquía que prácticamente hoy ya no existe, sino a los grandes capitalistas con pretensiones de plutócratas que son justamente a quienes necesita usted apartar del poder quitándoles la posibilidad de influir decisivamente sobre la política. El esquema basado en la capacidad tributaria pudo funcionar - y bastante relativamente - cuando el poder económico estaba definido por la posesión de la tierra y se especulaba con que los dueños reales de la tierra tendrían mayor interés en defender el territorio que los que no poseían ni un centímetro cuadrado del suelo del país. Pero hoy la ecuación es completamente diferente. No. Para calificar a los funcionarios, hoy hay que recurrir a otros criterios. Por ejemplo el de la educación. En igualdad de condiciones de experiencia concreta, el desempeño de un profesional con formación universitaria será siempre previsiblemente mejor que el de un simple egresado del nivel secundario y el de éste mejor que el de aquél que solamente cursó la escuela primaria.

– Muchos argumentarían que eso es injusto por la desigualdad de oportunidades educativas que tienen los pobres.

– Eso se soluciona estructurando adecuadamente una educación pública, gratuita, y llevándola al nivel que tiene que tener.

– Eso tampoco es fácil, maestro.

– ¡Claro que no! En política nada es fácil si se la hace en serio. Pero que sea difícil no quiere decir que sea complicado. "Difícil" y "complicado" son dos conceptos distintos, general. Por regla, lo complicado también es difícil, pero no todo lo difícil es complicado. En ese sentido la cuestión de la educación es parecida a la cuestión de la salud pública. Es una cuestión difícil pero no es para nada complicada.

– ¿Me está sugiriendo prohibir la medicina privada?

– ¿Prohibir? ¡Ni se le ocurra, general! Prohibir es una de las medidas políticas más débiles que existen. En la mayoría de los casos los políticos prohíben cuando ya no saben qué hacer y por lo común les sale mal en una gran cantidad de casos porque a las prohibiciones también hay que hacerlas cumplir ya que, de otro modo, no sirven para nada.

– Pero hay cosas que tienen que estar prohibidas. No me imagino una sociedad en la cual cada uno hace lo que se le da la santísima real gana. La república de los Hazloquequieras no funcionaría de ningún modo.

– Por supuesto. Hay cosas que no se pueden permitir, como el homicidio o el robo. Pero ésas son claramente actividades dañinas que no cumplen ninguna función útil. Por el contrario, prohibir actividades que, mal que bien, cumplen una función necesaria es la peor estupidez que puede cometer un político. Aunque esas actividades estén siendo llevadas a cabo de una manera más que objetable o criticable, el prohibirlas lisa y llanamente por ley es lo más contraproducente que hay en política. Si usted prohíbe una actividad necesaria que se está haciendo mal lo que con casi total seguridad ocurrirá es que esa misma actividad pasará a ser realizda clandestinamente y de un modo mucho peor. No. La solución en estos casos nunca es prohibir. La solución está en brindar una alternativa mejor.

– No siempre es posible, maestro. Al fin y al cabo la política es el arte de lo posible.

– Es el arte de lo posible mi querido general, pero también es la ciencia de lo necesario. Si una solución política realmente no es posible en un momento dado, deje las cosas como están y dedíquese a averiguar cómo habría que proceder para hacer posible lo necesario. Prohibiendo solamente conseguirá echarle más combustible al fuego y empeorar las cosas. Si usted hoy borrara de un plumazo la medicina privada, prácticamente estaría condenando a muerte a miles de enfermos y levantaría un clamor - justificado por demás - que bien le podría costar su posición de poder y quizás hasta la cabeza. Y, si quiere mi opinión, se lo tendría usted merecido.

– Pero eso no pasaría si una buena medicina pública y gratuita pudiese absorber y atender adecuadamente a todos esos enfermos.

– Si consigue usted tener un servicio de salud pública con esas características, ¿me puede decir para qué demonios necesitaría prohibir la medicina privada? ¿Quién pagaría por un servicio que puede obtener gratis con la misma calidad y disponibilidad? ¿O quizás hasta con mejor calidad y mejor disponibilidad? Puede que lo haga alguien por esnobismo ostentoso, para poder decirle a sus amigos y conocidos que a él lo operaron en esa clínica tan exclusiva, moderna y lujosa - y sobre todo tan cara - porque tiene plata de sobra para pagarse ese lujo. Pero bueno … como dijo el amigo Goethe: contra la estupidez hasta los dioses luchan en vano. No, general. Si usted construye un sistema público de salud dotado de excelencia y eficiencia, créame, el noventa y ocho por ciento del negocio de la salud - aunque más propio sería decir: el negocio de la enfermedad - se derrumbará solo. Sin necesidad de ninguna prohibición en absoluto.

– Claro que antes de derrumbarse patalearán de lo lindo …

– ¡Por supuesto que sí! Pero ¿con qué argumentos? General: si cree que no conseguirá rebatir los argumentos de ese pataleo, no se meta en política.

– Está bien, maestro. No sea tan duro conmigo. De todos modos estábamos hablando de la calificación de los funcionarios y del nivel educativo.

– Es que es un problema muy similar. Incluso el negocio de la educación privada se caería por si solo con una buena educación pública y gratuita. Pero, si la educación está realmente al alcance de todo el mundo y realmente tiene un buen nivel de excelencia - lo que, dicho sea de paso, requiere replantear todo el ámbito docente porque eso requiere verdaderos maestros y profesores y no simples "trabajadores de la educación" - después nadie se puede quejar de que lo califiquen de acuerdo con el nivel educativo que consiguió obtener.

– Pero maestro, no todos pueden ser universitarios. En mi opinión ni siquiera es conveniente que todos los sean. Nos quedaríamos sin mecánicos, sin electricistas, sin plomeros, sin carpinteros, sin empleados administrativos y todos los demás. Y es un poco difícil, por decir lo menos, convencer a un buen mecánico de que su opinión vale menos que el de un abogado mediocre. Ni siquiera estoy seguro de que sea justo. Mire: en el ejército tampoco todos pueden ser generales y a veces, sobre todo en combate, la opinión de un buen sargento puede pesar más que la de un teniente o hasta la de un capitán medio corto de luces.

– Está usted manejándose con criterios individualistas y en política los que valen son los criterios estadísticos. En un caso individual dado, su sargento hasta puede tener una opinión más acertada que la del general que lo comanda. Pero considere por lo menos dos cosas. Primero ¿le confiaría por eso el mando de todo el ejército a ese sargento? Y segundo, ¿cuántos sargentos más brillantes que un general cree que puede llegar a haber en su ejército? Por más que tenga usted un soldado que es un genio, o cien soldados dotados de la más maravillosa genialidad militar, las decisiones finales y el mando quedarán siempre en las jerarquías superiores porque no hay otra forma de organizarlo racionalmente. No se puede diseñar una estructura sobre la base de las excepciones. Para utilizar su propio ejemplo: ¿cuántos mecánicos más inteligentes que un abogado promedio cree que hay en el país?

– Discúlpeme, maestro (el general se ríe) pero, por los abogados y los mecánicos que conozco, creo que debe haber unos cuantos.

– Está bien. No empecemos con los chistes de abogados. (el Maestro también ríe). De todas formas, si quiere usted construir una estructura política nueva tendrá que aprender a dejar de lado los criterios actuales y suplantarlos por criterios también nuevos. El individualismo liberal fracasa precisamente porque reivindica a un individuo del cual ninguna política se puede ocupar. Y no lo puede hacer por dos motivos: primero, porque el individuo que se imaginó el liberalismo sencillamente nunca existió y segundo, porque la política no se ocupa de individuos. Se ocupa de poblaciones; de estratos, grupos o sectores sociales. Más todavía en la actualidad en que hablamos de poblaciones de millones y más millones de personas. El individualismo, además de fracasar por una cuestión de concepto, fracasa incluso por una cuestión de número.

– Pero el colectivismo tampoco ha funcionado. Los hombres se resisten a ser tratados como miembros de un hormiguero.

– ¡Por supuesto que se resisten! Ningún ser humano acepta ser tratado como un insecto gregario. Y no lo acepta porque no es un insecto, valga la obviedad. No olvidemos que en un hormiguero, por más sorprendentemente eficiente y jerarquizada que sea su organización, los individuos biológicos que lo componen actúan simplemente por instinto innato. No tienen elección posible. Hacen lo que tienen que hacer porque nacieron sabiendo hacer eso y nada más que eso. El ser humano es completamente diferente y además de su mayor flexibilidad funcional tiene un libre albedrío que la Creación no le otorgó a los insectos gregarios. Por eso es que el ser humano, como individuo biológico, no es equivalente a un individuo político. Por lo demás, un criterio político estadístico no significa insectificar al ser humano. Significa plantear los problemas políticos de tal modo que puedan ser manejables y solucionables sin recurrir a eufemismos hipócritas. Fíjese que el individualismo, mientras por un lado pone el acento sobre el individuo y se llena la boca hablando de los derechos del individuo y de la dignidad del individuo, por el otro lado viene y nos dice que todos somos iguales. Si todos somos iguales ¿de qué individualidad nos están hablando? Y fíjese en otra cosa más: si en un proceso de toma de decisiones usted califica la opinión según el nivel de experiencia y de formación estará justamente dándole más peso a la individualidad real y restándole vigencia a un igualitarismo utópico que no es más que demagogia pura.

– Pero sería algo así como instaurar una meritocracia.

– No exactamente. El problema técnico que presenta la meritocracia es la definición del mérito por un lado y el método para medirlo por el otro. Para implantar una meritocracia que funcione, primero habría que definir qué constituye el mérito y qué el demérito en todos los ámbitos. Luego habría que establecer cómo se mide o evalúa tanto ese mérito como ese demérito. Y, créame general, las dos cosas - tanto la definición como la medición - son tan complejas que en la práctica política resultan imposibles. No obstante, sin llegar a una meritocracia propiamente dicha, es perfectamente posible aplicar criterios meritocráticos allí en donde el mérito está claro y la evaluación es concretamente posible. La educación es justamente uno de esos ámbitos. La experiencia demostrable, el nivel profesional alcanzado y la calificación obtenida no serán criterios absolutamente perfectos e infalibles, pero desde hace milenios han servido en la práctica para establecer bastante bien la capacidad y la idoneidad de las personas. No es ninguna arbitrariedad decir que la opinión del que sabe más y ha aprendido más vale también más que la opinión del que sabe menos y ha aprendido menos. General; si a usted le duele el estómago ¿a quién preferiría recurrir? ¿A un médico o a una enfermera? Si ambos le dieran un diagnóstico, ¿en cuál confiaría más, en el del médico o en el de la enfermera?

– Planteado así es obvio que confiaría más en el médico. Pero en política intervienen también otros factores. Mucha gente dice que no le interesa la política, pero es mentira. Cuando no pueden participar, protestan. En el fondo, todos quieren participar y están convencidos de que es cierto lo que señaló Pericles cuando dijo que no todos somos buenos arquitectos pero todos somos buenos jueces de la política.

(Se escucha una sonora carcajada de parte del Maestro).

– ¡El sinvergüenza de Pericles! Un verdadero genio político. Tremendamente hábil el hombre. Y bastante mentiroso como todo buen griego de aquella época. Esa frase es una de las mentiras demagógicas más grandes de la Historia.

– Pero muchísima gente está convencida de que es cierta.

– ¡Claro que lo está! Ya lo estaba en la época de Pericles y justamente por eso fue que Pericles la dijo. Si hay algo que la gran mayoría de las personas odia es que no la dejen opinar. Y curiosamente los que más odian ese impedimento son los que menos entienden de la materia sobre la que opinan. ¿Cómo cuernos puede ser alguien buen juez de lo que no sabe construir? ¿Cómo se imagina usted que opinará una persona de un edificio si no sabe nada de albañilería y menos de arquitectura? Pero claro, todos quieren tener el derecho de opinar hasta de la física nuclear sin saber siquiera como es un átomo.

– ¿Acaso no tienen ese derecho?

– Mire general, una cosa es concederle el derecho a todo el mundo de opinar lo que le venga en gana. Incluso de opinar una estupidez sin por eso amenazarlo con meterlo en la cárcel o en un campo de concentración. Otra cosa muy distinta es otorgarle a cualquiera una función desde la cual puede tomar decisiones sobre la base de una simple opinión, sobre todo si esas decisiones afectan después a todo el conjunto de la sociedad. Si usted, como militar, quiere opinar sobre ecología, por mí hágalo; no me interesaría impedírselo. Pero si usted pretendiera dictar normas políticas - o exigir normativas obligatorias - basándose sobre esa opinión no me quedaría más remedio que señalarle que por su formación no puede tener usted ni idea de lo endiabladamente compleja que es la cuestión ecológica.

– Está bien, maestro. Eso sería correcto porque se trata un tema técnico del que no se puede opinar sin saber. Pero ¿por qué prohibir las opiniones políticas? Al fin y al cabo la política nos afecta a todos.

– La ecología también nos afecta a todos. En realidad muchas cosas nos afectan a todos: la economía, la salud, la educación, la seguridad, la justicia. Ya conoce usted la cantilena. Además, tampoco se trata de prohibir las opiniones políticas. Ya hablamos de las prohibiciones. De lo que se trata no es de prohibir sino poner las cosas en su lugar valorándolas por lo que realmente valen.

– De acuerdo, pero ¿por qué hacerlo expresamente en política?

 – Por varias razones. En primer lugar porque, contrariamente a lo que afirman los demagogos, la política no es tan solo una cuestión de opiniones. Como arte es una cuestión de ideas - y ahí pueden caber las opiniones - pero como ciencia es una cuestión de problemas concretos y de soluciones concretas. Y ahí lo que cuenta es el saber diagnosticar correctamente el problema y el saber implementar una solución que realmente lo resuelva. Y los que no saben ninguna de esas dos cosas no son buenos arquitectos de la política - para usar la frase de Pericles - y por lo tanto tampoco pueden ser buenos jueces de la misma. En segundo lugar, es cierto que la política nos afecta a todos, pero no siempre a todos por igual ni a todos siempre en la misma medida. Si una medida política afecta a alguien, ese alguien tiene todo el derecho del mundo a opinar. Pero, si no lo afecta, ¿por qué no se calla la boca y deja que opinen los que están en el tema y conocen la cuestión? Y en tercer lugar también hay que considerar el aspecto cuantitativo. Tome usted una medida que afecta a, digamos, diez mil o cien mil personas. La pregunta es: ¿en qué medida beneficia o perjudica al resto de las  millones de personas que también forman parte de la población?. No es que el principio ése de "el mayor bien al mayor número" sea siempre un criterio infalible, pero no deja de ser una buena guía especialmente cuando la que protesta es una minoría afectada.

– ¿O sea que no deberíamos admitir el derecho de las minorías?

– Hay que admitirlo, pero no siempre, ni en cualquier caso, ni en cualquier medida. Antes hablábamos de la aristocracia y de los privilegios que le pueden corresponder por su función. Una auténtica aristocracia es siempre minoría, pero una minoría con la específica e importante función de servir de sostén y fuente de reclutamiento del poder constituido el cual, a su vez, debe estar al servicio del bien común. En cambio otras minorías pueden no tener una función específica, o pueden tener una de importancia secundaria, o incluso una de efectos negativos. Al fin y al cabo los asesinos también son una minoría …

– ¡Por suerte!

–  Por eso los derechos de una minoría deben ser proporcionales a las obligaciones que requiere su función útil a la sociedad; ése es todo el secreto. Una minoría que no aporta nada útil a la sociedad no tiene por qué tener derechos especiales, y otorgarle derechos a una minoría nociva es directamente suicida. Fíjese que son justamente esas minorías perjudiciales las que más gritan cuando se toca el tema de los derechos de las minorías. Y es lógico que lo hagan: necesitan ampararse en esos derechos minoritarios para mantener las prerrogativas que han conquistado. Desconfíe siempre de una minoría con funciones sociales y políticas no demasiado claras que exige a viva voz el respeto por el famoso derecho de las minorías.

– ¿Y qué hacemos con los tan mentados Derechos Humanos?

– Esos famosos derechos son individuales. No le aconsejo manifestarse contra ellos. Por varios motivos. Primero y principal: siendo individuales, vale decir: personales, no tienen una influencia tan decisiva sobre lo social y sobre lo político como muchos pretenden. Cualquier gobernante decente, bajo cualquier sistema o régimen, si gobierna honesta y decorosamente bien, los respetará de todos modos en lo esencial. 

– Al fin y al cabo tampoco son tan difíciles de respetar.

– Tal cual. Y eso es porque, en segundo término, bien interpretados y aplicados son bastante razonables dentro de todo, por más que últimamente los han manoseado y exagerado de una manera muy impropia. Tercero: si por el abuso demagógico que se ha hecho de esos derechos, se manifiesta usted contra ellos lo único que conseguirá es echarse a todo el mundo en contra, especialmente a los hipócritas que los declaman por un lado y los violan cuando les conviene. Y entre esos hipócritas hay, por desgracia, algunos que son muy poderosos. No les regale un arma que seguramente utilizarán contra usted.

– Entiendo. Además tenemos acuerdos internacionales firmados al respecto. Sería un verdadero engorro. . .

– Los efectos concretos de algunos de esos acuerdos internacionales y hasta la referencia a los mismos se podrían … digamos … omitir discretamente en una futura legislación. Especialmente en alguna futura constitución. Pero en líneas generales yo le sugeriría aceptar abiertamente que un ser humano, por el solo hecho de ser humano, tiene ciertos derechos básicos y elementales. No es una mala idea si se lo mira desde el punto de vista racional y jurídico; y todo el cristianismo afirma lo mismo desde hace dos mil años si lo mira desde un punto de vista más elevado. Lo que no hay que hacer es caer en exageraciones que solo benefician a los criminales y a los elementos perjudiciales de la sociedad.

– Comprendo y, a decir verdad, comparto su criterio, maestro. Pero volviendo ahora al tema de las opiniones, si le entendí bien lo esencial no es que todos tengan derecho a opinar sin por eso ir a la cárcel. Lo importante es que, en materia de decisiones concretas, una opinión vale solamente cuando el que opina también domina la materia sobre la cual está opinando.

– Tal cual. Y cuidado con las opiniones políticas típicamente partidistas. La gran mayoría de las veces no son más que la manifestación de una impresión, ya sea sobre un candidato como persona, ya sea sobre el proyecto de esa persona, ya sea sobre las dos cosas a la vez.

– Un proyecto que la mayoría de las veces no es sino una colección de promesas que después ningún político cumple.

– También eso puede tener remedio.

– ¿Acaso metiendo preso al que no cumple?

– No necesariamente; pero algo así. Los españoles de la época de la Conquista lo tenían bastante bien organizado en el Derecho castellano e indiano que preveía el famoso Juicio de Residencia. Cuando un funcionario público terminaba su mandato se revisaban sus actuaciones y se podían presentar cargos en su contra. El sujeto no podía abandonar el lugar en el que había ejercido el cargo ni tampoco asumir otro hasta no finalizar el proceso.

– Es un poco duro pero me imagino que, bien implementado podría ser bastante eficaz. ¿Quién lo juzgaba?

– Por regla general, en aquella época el proceso lo dirigía la persona nombrada para sucederle en el cargo. Pero eso hoy se puede disponer de otra manera.

– ¿Y fue eficaz?

– Es opinable. Por un lado, una tesis negativa no puede ser demostrada. Nunca vamos a poder establecer cuantos actos de corrupción no sucedieron porque el funcionario sabía que al final de su gestión lo esperaba un Juicio de Residencia. Por el otro lado, la publicidad de estos procedimientos no era la que puede ser hoy y seguramente muchos casos se habrán tapado o al menos disimulado bajo el principio de que entre bueyes no hay cornadas. Pero la eficacia de la institución puede ser muy mejorada con los recursos de los que hoy se dispone.

– De todos modos, no es una mala idea. ¿Y cuáles eran las penas?

– En aquella época consistieron mayormente de multas. Pero también eso es mejorable. Vea, las macanas que se puede mandar un funcionario son básicamente de dos clases: errores específicamente políticos y crímenes comunes. Si comete un error político la pena debería ser inhabilitación para ejercer un cargo público. El tiempo y los alcances de la inhabilitación se pueden establecer con relativa facilidad. En el más grave de los casos la inhabilitación tendría que comprender todos los cargos públicos y de por vida. En cuanto a los crímenes comunes – como por ejemplo cohecho, prevaricato, colusión y corrupción en general – sería simplemente cuestión de aplicar una sanción penal de cumplimiento efectivo con el agravante que le puede caber al sujeto por el hecho de haber cometido esos crímenes siendo funcionario público. No es tan complicado.

– Ya me estoy imaginando el griterío opositor de todos nuestros actuales políticos, maestro.

– Pues imagíneselo y multiplíquelo por cuatro. Patalearán y despotricarán inventado mil chicanas para torpedear la iniciativa. Pero bien comunicado, le aseguro que un Juicio de Residencia bien diseñado contaría con el consenso de prácticamente el noventa y nueve por ciento de la población. Y tendría para usted una ventaja adicional: podría llegar a saber muy bien a quiénes no les tendría que ofrecer un cargo jamás y bajo ningún concepto. Serían todos los que despotricaron contra la medida. Si alguien no está dispuesto a someter su gestión a una revisión final, es porque ya de entrada especula con algo non sancto. No le quepa la menor duda.

– En cuanto a los miembros del Ejecutivo que no son cargos electorales como, por ejemplo, los ministros, ¿qué me aconsejaría, maestro?

– En primer lugar, desígnelos por su idoneidad profesional. Poner un abogado al frente del Ministerio de Salud Pública y un médico al frente del Ministerio de Defensa es una idiotez. Ponga hombres que conocen el oficio y el ámbito en el cual tendrán que tomar decisiones. Incluso puede establecer una norma legal que así lo exige y con eso se evitará compromisos con los eternos "paracaidistas". Nadie debería acceder a una función si no cuenta con títulos habilitantes satisfactorios para ejercerla, sea por su formación profesional, sea por su experiencia en la materia.

–¿Y en segundo lugar?

– En segundo lugar, establezca el principio de la responsabilidad personal e indelegable por las decisiones tomadas. En eso ya tendría un sólido punto de apoyo en el Juicio de Residencia del que acabamos de hablar. En tercer lugar, reduzca al mínimo los cargos políticos y simplifique la estructura burocrática al mínimo indispensable. Eso le abaratará y le agilizará todo el aparato estatal. En cuarto lugar, establezca la carrera de la administración pública a nivel universitario y vaya limpiando el aparato administrativo poniendo personas que han aprobado satisfactoriamente esa carrera. Sáquese de encima a los "amigos de" y a todos esos "estratos geológicos" que se han formado en la administración pública con los protegidos, amigos, conocidos, parientes y hasta cómplices del funcionario de turno. Por último, no nombre ministros a personas que han sido designadas para otros cargos y no tengan mandato cumplido. No quite un gobernador en funciones para convertirlo en ministro. Hasta puede sancionar una norma que lo prohíba. Mientras menos compromiso tengan sus ministros con la política en general tanto mejor. Especialmente tanto mejor para usted. Busque buenos profesionales. Hombres honestos y capaces. Constrúyase su propia aristocracia. La va a necesitar. Créame.

– ¡Pavada de tarea!

– Como dijimos antes: si arranca bien, tiene más o menos diez años para hacerlo. No es imposible.

– Pero ¿me lo dejarán hacer?

– No.

– ¿Y entonces?

– General, si un político no está a la altura de sus enemigos lo único que le cabe hacer es irse a su casa y olvidarse de todo el asunto. Nunca, oiga bien, nunca al político auténtico lo "dejan hacer". Únicamente los cómplices dejan hacer al que también es cómplice. En política todos luchan por el poder y en esa lucha lo primero que tratan de hacer es de trabar, desprestigiar, menoscabar y desplazar al que ya está en el poder y lo ejerce. Después incluso pueden intentar cosas peores. Sobre todo si el desprestigio y las chicanas no les resultan.

– O sea que ya hay una bala con mi nombre. ¿Eso es lo que me quiere decir?

– No sé si la hay ya. Lo que sí sé es que la puede llegar a haber y casi seguramente la habrá si patea usted el tablero y se pone a limpiar el chiquero de la política actual de una vez por todas. Tiene  que contar con eso.

– ¿Tenemos que llegar a eso? A pesar de que soy militar de profesión, me resisto a pensar la política en términos de amigos y enemigos.

– Vuelva a leer su Carl Schmitt, general. Se resiste usted a pensar en esos términos precisamente porque es militar y conoce las consecuencias de una guerra. Y me parece muy bien que piense así. Lo que sucede es que, si lee al amigo Schmitt con la debida atención, se dará cuenta de que lo que él plantea es justamente el deber del político de evitar ese tipo de enfrentamientos siendo que la política genera enemigos necesariamente.

– Sin embargo Clausewitz decía que la guerra es la continuación de la política por otros medios y Maquiavelo mismo no estuvo lejos de ese criterio.

– General, cuando Maquiavelo escribió El Príncipe la guerra era muy diferente a lo que fue cuando Schmitt escribió su El Concepto de lo Político y su Teoría del Guerrillero. Comparada con la guerra que Schmitt considera, la de Maquiavelo no pasaba de ser un torneo más o menos violento entre condottieri profesionales que un día podían enfrentarse y a la semana siguiente combatir en el mismo bando. Comparada con la guerra actual, hasta la de Clausewitz era una lidia entre caballeros. Además, la guerra no es lisa y llanamente la continuación de la política. En la enorme mayoría de los casos la guerra es la continuación del fracaso de la política. Fracaso consistente precisamente en evitar la guerra.

– Incluso la guerra civil.

– Muy especialmente la guerra civil. Las guerras civiles son las peores de todas. Pero, en general, es muy cierto que solamente la política puede llevar a una guerra, Schmitt tiene toda la razón en eso. La economía puede llevar a situaciones muy conflictivas, pero sin una decisión estrictamente política ningún interés o poder económico puede desatar y librar una guerra en realidad. Cuando a los poderes económicos les conviene una guerra, lo primero que hacen es impulsar y presionar a la política en ese sentido. Sin ella, sin la política, ningún otro factor, ni siquiera el económico, puede desatar una guerra de verdad. De modo, general, que si se dedica usted a la política, hágase a la idea de que tendrá enemigos, le guste o no. Y trate de no olvidar lo que aprendió en la academia militar porque no es imposible que tenga que aplicar eso que aprendió. Aunque más no sea para saber qué es lo que tiene que hacer a fin de no tener que aplicar lo que aprendió.

– De ningún modo pienso llevar a mi país a la guerra. Eso se lo puedo asegurar.

– Le creo. Rara vez un militar es partidario de la guerra y, si resulta serlo, o bien es demasiado ambicioso, o bien es demasiado estúpido, o bien ambas cosas a la vez. Los grandes belicistas, los grandes karatekas orales, suelen ser casi siempre aquellos que jamás vieron un herido, jamás apretaron un gatillo y hasta son capaces de desmayarse al ver una gota de sangre. Son iguales a los grandes partidarios de la pena de muerte: fervorosos promotores de la cosa pero a condición de que la haga otro. Abogarán por la guerra pero calculando que de todos modos la harán los militares y abogarán por la pena de muerte sabiendo que de cualquier manera la sentenciará un juez y la ejecutará un verdugo.

– Es fácil ser partidario de algo cuando el trabajo sucio lo tienen que hacer siempre los demás. Lo sé.

– Así y todo tampoco pase por alto una cosa, y esto se lo puede confirmar cualquier diplomático: hacen falta dos para mantener la paz, pero basta con uno para desatar la guerra.

– Sí, ya lo sé. No se puede evitar una guerra solamente con el sincero deseo de no quererla. Eso lo tengo claro pero ¿qué me aconseja en materia de política internacional? Dicen que la verdadera política, la gran política, es la internacional. ¿Qué opinión tiene al respecto?

– Es bastante discutible y depende de las dimensiones y la complejidad de la política interna. Hay países internamente tan complejos que conducirlos políticamente es mucho más difícil que manejar un conflicto externo y hay países cuya política interna es relativamente simple y, en ese caso, al político le puede parecer de mucha mayor envergadura la política internacional. De todos modos, una cosa es cierta: no hay política interna posible sin una buena política externa y viceversa, no se puede hacer una buena política externa si la interna es deficiente. En el primer caso tarde o temprano le dictarán imposiciones desde afuera y le ocasionarán dolores de cabeza adentro. En el segundo, tendrá tantos dolores de cabeza adentro que nadie lo tomará demasiado en serio afuera. Lo interno y lo externo no son compartimentos estancos. Son líneas de acción interdependientes.

– Maestro, en su experta opinión, ¿con quién conviene aliarse?

– Con nadie, si lo considera de esa manera. La pregunta que debería usted hacerse es la inversa: pregúntese a quién le convendría tener de aliado y no de quién le convendría hacerse aliado. El que busca aliarse con alguien ya está reconociendo su inferioridad de entrada. Una inferioridad que puede muy bien ser cierta y hasta obvia, pero que jamás es aconsejable reconocer. No busque amigos en las alianzas políticas. No hay amigos en política. A lo sumo hay aliados. Especialmente en política internacional en donde las relaciones personales no cuentan en absoluto. En eso alguien una vez dijo que no hay alianzas permanentes sino solo intereses permanentes. Lo cual ni siquiera es cierto porque tampoco los intereses son permanentes en el largo plazo. De modo que, cuando considere la posibilidad de una alianza, fíjese en cuál de ellas puede contribuir a aumentar su propio poder. De otro modo solo estará aumentando el poder del otro. Y, si no puede evitar una relación que en realidad no le conviene, asuma la menor cantidad de compromisos que pueda negociar sin poner en peligro su seguridad externa e interna.

– ¿O sea que lo mejor sería mantenerse aislado?

– No. En absoluto. Y menos en el mundo de hoy que está todo interconectado y en donde el aislamiento es hasta prácticamente inviable. Pero trate de depender lo menos posible de sus aliados y simplemente no establezca alianzas sin un beneficio neto a cambio. Y cuando digo beneficio neto me refiero a una objetiva y realista evaluación de las ventajas y las desventajas. Porque desventajas siempre habrá. No se olvide que, cuando acepta a alguien como aliado, automáticamente se comprará también los enemigos de ese aliado. Con cada aliado que sume, sumará también una serie de enemigos. En teoría y en principio, su mejor aliado será aquél que más le permitirá a usted aumentar su propio poder y el que menos enemigos propios tenga, o el que tenga los enemigos más débiles. Y sobre todo una cosa: no tema ni vacile un solo segundo en romper una alianza que ya no le conviene al país. Las alianzas políticas no son un matrimonio. Todo el mundo las traiciona cuando le conviene. No sea usted el traicionado.

[. . . ]

Epílogo provisorio

Aquí termina la grabación.

Como es conocido, al general lo asesinaron en el quinto año de su gestión cuando ya se hacía inminente la designación de las autoridades provinciales por los colegios electorales constituidos con los intendentes de mandato cumplido.

Según la investigación oficial, el autor del magnicidio fue un sujeto al que calificaron como de facultades mentales alteradas y al que ciertos periodistas le adjudicaron algunos antecedentes medio fascistoides aunque sin relación demostrable con un sector político concreto. Fue arrestado algunos días después del hecho pero luego, en forma bastante misteriosa, falleció de un supuesto ataque cardíaco en la prisión antes de poder ser llevado a juicio. No es de extrañar, pues, que muchos hayan catalogado de "nuestra versión vernácula del Informe Warren" al documento oficial con el que se pretendió cerrar el caso.

Las innovaciones revolucionarias que el general implementó fueron progresivamente derogadas y anuladas. Los políticos desplazados del poder cinco años antes, volvieron. La mayoría de ellos no solo recuperó sus cargos, su influencia y hasta sus privilegios, sino que algunos incluso recibieron indemnizaciones del Estado por los perjuicios que alegaron haber sufrido. La cuestión es que, en poco tiempo todo volvió a quedar prácticamente igual que en los tiempos anteriores a la revolución. Especialmente la enorme presión internacional que la potencia hegemónica mundial ejerció sobre el país contribuyó a que se desmontara progresivamente la estructura construida por la revolución y la política volviera a los carriles y a las instituciones anteriormente vigentes.

Naturalmente, ello solo fue posible con una violenta represión a quienes apoyaron y participaron del gobierno del general. Las organizaciones surgidas durante la revolución fueron disueltas. Quienes habían ocupado cargos o cumplido funciones durante el gobierno del general fueron inhabilitados y, en muchos casos, encarcelados con los pretextos más diversos. Se intervinieron los sindicatos que, en su enorme mayoría, habían terminado apoyando la revolución y, luego de la huelga general que esta medida trajo consigo, miles de dirigentes sindicales fueron encarcelados. Se prohibió por ley toda referencia al régimen revolucionario y hasta la mera mención del nombre del general resultó penada con hasta seis años de prisión.

Los partidarios del general pasaron a la clandestinidad y operan allí desde entonces. A pesar de que se han hecho muchos esfuerzos por negarlo, representan una fuerza política considerable que, no obstante haber sido proscripta, mantiene su organización y sus cuadros dirigentes con los cuales en cualquier momento pueden estar en condiciones de recuperar el poder. De hecho, la grabación que acabamos de transcribir circula ampliamente por Internet y ha servido de base para numerosos grupos de estudio que están elaborando los planes estratégicos para un nuevo gobierno. A pesar de la represión, la revolución iniciada está lejos de haber sido vencida.

Con todo, es preciso señalar que algunas de las versiones de la grabación han sido en menor o en mayor grado adulteradas y por ello es que hemos creído conveniente publicar esta versión que reproduce fielmente su contenido, sin aditamentos ni omisiones.

Como hemos señalado al principio, el "Maestro" nunca consiguió ser identificado. Sin embargo, los múltiples documentos que circulan ampliamente por Internet indican que sigue inspirando a una fuerza revolucionaria, por ahora clandestina, cuyos miembros y allegados se consideran a sí mismos como la nueva aristocracia de una revolución pendiente.

Lo concreto es que esa élite está muy activa y las autoridades actuales tienen sobrados motivos para no sentirse en absoluto seguras en sus puestos como lo demuestra el cada vez mayor nerviosismo y la creciente crispación que se puede apreciar en prácticamente todas las medidas oficiales de los últimos tiempos.

Es opinión unánime que el régimen imperante tienen sobrados motivos para temer una revolución que la gran mayoría de los analistas considera no solo previsible sino prácticamente inevitable. Lo cierto es que la revolución iniciada por el general no fue vencida. Solo quedó suspendida.

Se sabe que sus cuadros se han reorganizado y, dados los acontecimientos de los últimos tiempos, la enorme mayoría espera que vuelvan a conquistar el poder en cualquier momento.

Lo cierto es que los revolucionarios están activos. La persona que está a su lado puede ser uno de ellos.

Es más: usted mismo puede ser uno de ellos . . .


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