sábado, 31 de mayo de 2014

DOMINIQUE VENNER: IN MEMORIAM



El 21 de mayo del 2013 Dominique Venner, el gran escritor e historiador nacionalista francés,  tomaba la decisión de terminar con su vida “Me doy muerte con la esperanza de despertar conciencias dormidas..” expresó en un último mensaje en su sitio oficial en francés . Con motivo de cumplirse hace poco tiempo el primer aniversario de su desaparición física y atentos a la cosmovisión del escritor "despertar consciencias dormidas", presentaremos en esta nota una breve reseña histórica y una selección de artículos en homenaje y recuerdo permanente de nuestra Editorial a este prolifero escritor pagano desconocido para muchos que ha elegido para transmutar la Catedral Notre Dame de París, pocos han entendido su acto y por qué ha elegido aquel lugar. Esperamos que el siguiente informe pueda ayudar a develar tales incógnitas y a poner en consideración la decisión que tomó. 

BIOGRAFÍA

Dominique Venner nació en París el 16 de abril de 1935  y falleció el  21 de mayo de 2013. Fue miembro del movimiento Jeune Nation, pasó dieciocho meses en la Prisión de La Santé a causa de su participación en la organización OAS (Organización Armada Secreta). A la salida de prisión en otoño de 1962, escribió un manifiesto titulado "Pour une critique positive" (Por una crítica positiva puede leerla AQUÍ)  en el que trataba temas como el fracaso del putsch de abril de 1961 y del abismo existente entre «nacionales» y «nacionalistas». Preconizó la creación de una organización nacionalista revolucionaria, «destinada al combate», «monolítica y hieratizada», «formada por el conjunto de todos los militantes adheridos al nacionalismo, abnegados y disciplinados».

En 1963, creó junto a Alain de Benoist el periódico y el movimiento Europe-Action, en el que trabajó también como director. Participó en el movimiento denominado Occident («Occidente») y formó parte de los fundadores del GRECE. No obstante, no volvió a realizar actividades políticas desde 1970.

Desde ese momento, se convirtió en escritor y se especializó en historia. Además, publicó numerosos libros sobre las armas y la caza. Entre sus principales obras destacan Baltikum (1974), Le Blanc Soleil des vaincus (1975), Le Cœur rebelle (1994), Histoire critique de la Résistance (1995), Gettysburg (1995), Les Blancs et les Rouges (1997), Histoire de la Collaboration (2000) y Histoire du terrorisme (2002).

Más tarde, en 2002, escribió Histoire et tradition des Européens. Entre sus últimas obras, destaca en particular Histoire et tradition des Européens (2002), obra en la cual el autor define cuáles eran, según él, las bases culturales comunes del continente europeo.

Asimismo, fue director de la revista Enquête sur l'histoire, hasta su desaparición a finales de los años 90. En 2002, fundó La Nouvelle Revue d'Histoire, una revista que se edita semestralmente y que trata temas relacionados con tópicos de la historia. Cuatro años más tarde, en 2006, la publicación fue rebautizada con el nombre de NRH y en ella se entrevistó a personalidades como Bernard Lugan, Jean Tulard, Aymeric Chauprade, Alain Decaux, François-Georges Dreyfus y Jacqueline de Romilly.

El 21 de mayo de 2013, Venner se suicidó poco después de las cuatro de la tarde —hora francesa— de un tiro en la boca ante el altar mayor de la catedral de Notre Dame, en París, con una pistola belga de una sola bala, obligando a las autoridades a desalojar el templo. Venner tenía 78 años.

"Fue una escena apocalíptica que nunca se había producido en este lugar", comentó monseñor Patrick Jacquin, rector de la célebre catedral. Las 1500 personas que se hallaban en la iglesia en el momento del drama fueron rápidamente evacuadas.

Desconocido por el gran público, Venner era un personaje de envergadura en la historia contemporánea. Prolífico ensayista, a los 78 años era considerado el teórico del nuevo nacionalismo francés y sobre todo de su renacimiento después de la Segunda Guerra. Una suerte de eminencia gris, sobreviviente de todos los combates perdidos por esa familia política desde la liberación, y guía ideológico de toda una generación.

En nombre de un "derecho a la diferencia", sus teorías defendían una jerarquización de las civilizaciones, que acordaban a los europeos un rango superior. Europa, decía, corría el peligro de diluirse y ser sumergida por las migraciones de poblaciones llegadas del Sur.

Aterrado por el espectro de la "decadencia" y persuadido en cambio por la cuestión "identitaria", Venner ratificó sus convicciones en su último mensaje (ver abajo). En guerra contra el mundo moderno, en ese mensaje expresa su rechazo visceral a "la ley infame" del "matrimonio para todos". 

Declaración de Dominique Venner
"Las razones de una muerte voluntaria"

Estoy sano de cuerpo y espíritu, amado por mi mujer y mis hijos. Amo la vida y no espero más que la perpetuación de mi raza y de mi espíritu. A pesar de esto, ante los inmensos peligros para mi patria francesa y europea, tengo el deber de actuar mientras aun me queden fuerzas. Creo necesario sacrificarme para romper el letargo que nos aprisiona. He elegido un lugar altamente simbólico, la catedral de Notre Dame, construida por mis antepasados sobre lugares de cultos de orígenes inmemoriales. Mientras tantos hombres se hacen esclavos de sus vidas, mi gesto encarna una ética de voluntad. Me doy muerte con esperanza de despertar conciencias dormidas. Me rebelo contra la fatalidad, los venenos del alma, y los deseos individuales que destruyen nuestras raíces identitarias como lo es la familia, fundamento de nuestra milenaria civilización.    

Pido perdón a todo los que sufrirán por mi partida, primero a mi mujer y a mis hijos así como a mis amigos. Pero una vez pasado el dolor, no dudo que entenderán mi gesto y que el dolor se transformara en orgullo.Mientras defiendo la identidad de todos los pueblos, me rebelo contra el crimen de querer reemplazar los nuestros.


"Ha muerto un samurai. Las hienas braman"

Titulaba en 2013 el editor y escritor español Javier Portella sobre el suicidio heroico de Venner, en su sitio "El Manifiesto" y sobre él escribía lo que sigue:

Dominique Venner, historiador y ensayista francés que estuvo en los orígenes de la corriente de pensamiento mal llamada “Nueva Derecha”, se ha suicidado este 21 de mayo a los 78 años de edad. Lo ha hecho, además, de la forma más simbólica y espectacular posible: ante el altar mayor de la catedral Notre-Dame de París.

Su muerte no es la de Drieu-la-Rochelle, no es la de Montherlant. Es la de Mishima”, decía alguien comentando en Radio Courtoisie el acto sacrificial del pensador francés, bien conocido por nuestros lectores.

Un acto sacrificial, en efecto. Un acto destinado a dar testimonio, a sacudir las conciencias. “Serán necesarios —escribía esta misma mañana en su página web— gestos nuevos, espectaculares y simbólicos, para conmover las somnolencias, sacudir las conciencias anestesiadas y despertar la memoria de nuestros orígenes. Entramos en unos tiempos en los que las palabras tienen que ser autentificadas con actos”. Y éste es el acto que tú, amigo, camarada, has realizado, ante el mundo, esta mañana.

Mientras tanto braman las hienas en el desierto. Escupen al pasado de quien sufrió cárcel por haber defendido la Argelia francesa. Se olvidan de tu crucial aportación —es la primera vez que te tuteo, tú, tan “vieille France”— al mundo del pensamiento, de las ideas y de la acción. Olvidemos las hienas. Resbalan sus escupitajos al lado de la grandeza de tu gesto.

Como decimos en esta España a la que tanto querías y para la que escribiste expresamente uno de tus libros: Dominique Venner, ¡presente!

EL SENTIDO DE LA MUERTE Y DE LA VIDA

En un artículo publicado en marzo-abril de 2008 en la "Nouvelle Revue d´Histoire", y del que ofrecemos sus principales extractos, Dominique Venner tenía ya muy claro lo que para él —y para toda la tradición de la Antigüedad en la que Europa hunde sus raíces— representaba el suicidio. No un encadenarse, no un supeditarse a la muerte y a sus pompas. Exactamente todo lo contrario.

Por Dominique Venner

El ansia de un comportamiento noble es algo que ha sobrevivido a la desaparición de la nobleza como cuerpo social. La actitud ante la muerte siempre distingue y juzga a un hombre. La muerte voluntaria, atributo del Japón de los samuráis, pude traducirse, de este modo, en alta aspiración al honor y a la dignidad.

Hay, por supuesto, suicidio y suicidio. El del escritor japonés Mishima, especie de suicidio de protesta contra el estado de indignidad en el que había caído su país, no tiene el mismo sentido que el suicidio desesperado de Stephan Zweig y de su mujer en 1942. Sin embargo, el segundo inspira algo más que compasión. La muerte es el término obligado de cualquier vida. Nadie se escapa. ¿De dónde viene entonces que a menudo nos sintamos sobrecogidos de respeto cuando el que muere se ha matado voluntariamente?

En ciertas situaciones nuestra idea de la dignidad hasta convierte al suicidio en una exigencia de honor. Es imposible no sentir estima por el almirante von Friedeburg, último comandante en jefe de la Kriegsmarine, que se dio muerte después de haber sido obligado a firmar la capitulación de 1945. Causa asombra, en cambio, que en Diên Biên Phu el comandante que se había encerrado en el campo no se hubiera suicidado en el momento de la rendición.

En 1945, la invasión de las tropas soviéticas en Pomerania y Prusia oriental entrañó un número incalculable de suicidios en la población alemana. El Diario de guerra de Erns Jünger, una figura de la oposición a Hitler, lo ha descrito con toda claridad. […]  «Los disparos resonaban en los alrededores como en una batida de caza […] mientras se oía gritar a las mujeres y veíamos la luz de las llamas. La dueña del castillo, una mujer de treinta años, mató a toda su numerosa familia, a su anciano padre, así como a sus hijos y luego se pegó un tiro en la cabeza. Estos sitios no llevan nombre, pues sitios así los hay a millares». […]

En la Alemania de aquellos años terribles sucedía como en el Japón de los samuráis. «Hace falta prepararse a la muerte mañana y noche y día tras día», se dice en el Hagakuré. ¿Por qué? Porque el miedo a la muerte le convierte a uno en esclavo y le dispone a la esclavitud.

En la tradición europea

En la tradición europea el suicidio se honraba tanto como lo hacían los samuráis. Releamos a Tácito. Cuando Catón de Útica, Séneca, Petronio y tanto más ponen voluntariamente fin a sus días, son fieles a la filosofía estoica que enseña a morir si ya no vale la pena vivir. Numerosos ejemplos femeninos, la legendaria Lucrecia, Servilia, esposa de Lepidius, o Arria que animó a su marido Pætus clavándose un puñal en el pecho (Pæte, non dolet) muestran que los romanos tenían un sentido igual de vigoroso de la dignidad, del valor y del deber.

Aunque de forma menos constante, la Antigüedad griega también honraba la muerte voluntaria. En primer término, en la persona de Aquiles, héroe por excelencia que escogió, con conocimiento de causa, una vida breve y gloriosa antes que una existencia larga y mediocre. Otro ejemplo para los griegos era Ajax, que borró con su suicidio su deshonor. Se sabe que los celtas practicaban el suicidio al igual que los romanos. Abundan los ejemplos en su historia: tanto el de Brennus como el de los guerreros de Numancia que prefirieron darse la muerte antes que sufrir la derrota y la cautividad, es decir, sufrir una vida indigna.

La condena del suicidio sólo se introdujo progresivamente en Occidente a partir de san Agustín. Estando sometido a Dios, el hombre no podía disponer de su vida. En Inglaterra, hasta 1870 se confiscaban los bienes de los suicidas. Quien fallaba su suicidio era condenado a la cárcel: una pena leve frente a lo que se practicó hasta el siglo XVII, en que el suicidado era arrastrado por un caballo y luego colgado en la horca. En Francia, hasta la Revolución no se era tampoco mucho más clemente: el cadáver de un suicidado era quemado sobre estiércol. Cuando se trataba de un noble, se podía incendiar su castillo. Sin embargo, se introdujo una cierta tolerancia a partir del Renacimiento, que permitió redescubrir el estoicismo y los ejemplos romanos. Se meditaba a Plinio el Viejo, quien recordaba que la superioridad de los hombres sobre los dioses consistía en poderse morir. Lucas Cranach podía pintar su retrato de Lucrecia clavándose un puñal en el pecho para escapar al deshonor. Se deberá esperar, sin embargo, la llegada de la III República para que la enseñanza pública tribute homenaje a la muerte voluntaria de Vatel, mayordomo del príncipe de Condé, que se creía deshonrado.

La muerte de Drieu, Montherlant y Saint-Exupéry

En muchas ocasiones, el suicidio otorga una gracia ennoblecedora a una vida amenazada por la indignidad. Se puede pensar en tres ejemplos contemporáneos, que Jünger destaca en Jardines y senderos, la primera parte de su Diario de guerra, los cuales fueron valerosos en la guerra —escribe— sin por ello ceder al odio. Se trata de los escritores Drieu la Rochelle, Montherlant y Saint-Exupéry. […] Decía el primero de ellos en su carta de despedida a su hermano: “Considero una dicha poder mezclar mi sangre a mi tinta y dar seriedad desde todos los puntos de vista a la función de escribir”. […] Por su parte, Henry de Montherlant escribió: “Uno se suicida por respeto hacia la vida cuando la vida ha dejado de ser digna de uno." ¿Y qué hay más honroso que este respeto de la vida? Desde luego. En estricta ética, el derecho al suicidio sólo se ve limitado por el dolor que se puede infligir a los allegados o por la exigencia de un deber que impone seguir viviendo, aun a costa de sufrir.

Aunque, en el caso de Saint-Exupéry, su muerte voluntaria no se puede probar con la misma certeza absoluta que existe para Drieu la Rochelle y Montherlant, todo permite suponer que tal fue el objetivo de su última misión aérea sobre el Mediterráneo aquella mañana del 31 de julio de 1944. […] En su Carta al general X, escrita en 1943, ya declaraba su aversión por el mundo que ante él se alzaba: «Odio mi época con todas mis fuerzas […]. El hombre está castrado, cortado de sus resonancias originales». En una carta escrita la víspera de su muerte decía: «Cuatro veces he estado a punto de palmarla. Me resulta vertiginosamente indiferente. Ante el peligro de la guerra estoy lo más desnudo, lo más desprovisto posible”. […]

Drieu la Rochelle, Montherlant, Saint-Exupéry, tres destinos distintos, pero magnificados por una muerte decidida. A partir del gesto que no tiene vuelta atrás, grandeza y dignidad son sus blasones. En unos tiempos en que sólo deambulan por ahí unas vidas que no son nada y no tienen otro objetivo que vivir por vivir, cualquiera que sea su vacuidad, la muerte voluntaria es el acto sin igual que restaura un sentido a la existencia. Constituye uno de los más vigorosos mentís al nihilismo. Afirma otros valores que el disfrute y la utilidad, y otros horizontes que el geriátrico. Restaura la nobleza del desinterés y de la autenticidad. Proclama la soberanía que uno ejerce sobre sí mismo. Su mero pensamiento, como decía Cioran, puede incluso impedir el suicidio. La idea de recurrir a él es incitación a la excelencia.

La Nouvelle Revue de’Histoire. Marzo-abril de 2008.

CEREMONIA HOMENAJE A DOMINIQUE VENNER EN PARÍS

Por Javier Ruiz Portella

El viernes 31 de  mayo  Dominique Venner  fue  incinerado en  el cementerio parisiense   de    Père-Lachaise. Participaron en  el  acto  la  familia   y  un nutrido grupo de  íntimos cuya  lista  él mismo   había  establecido. La  ceremonia estuvo marcada por una  grandeza y una dignidad tales que permiten pensar que, contrariamente a la práctica habitual, sí es posible  un ritual  funerario de carácter laico  que   esté   a  la  altura  de   lo  que, cuando la Iglesia  aún  practicaba rituales dignos  de   este   nombre,  rodeaba  de fuerza sagrada el  momento de  la  gran partida. Basta para  ello que el arte (mediante textos  literarios, música e himnos) esté presente en el lugar  que  es el   suyo:    el   de   manifestación   de   lo sagrado.

Por la tarde, en medio de la emoción colectiva  y  en  una  sala  abarrotada por más de 700 personas, se celebró  una ceremonia-homenaje  marcada  por iguales características.

Dirigida por  Fabrice  Lesade,  amigo íntimo  de Dominique Venner  al que éste le pidió  que  lo acompañara la tarde de su  inmolación en  Notre-Dame, y con  la participación de jóvenes  del movimiento Europe-Jeunesse que  portaba banderas, tomaron la palabra en dicha  ceremonia, junto con Alain de Benoist y el Padre Guillaume  de   Tanoüarn,  los historiadores y colaboradors de la Nouvelle  Revue  d’Histoire  Philippe Conrad y  Bernard  Lugan,   así  como  el director de Polémia Jean-Yves Le Gallou. De fuera  de Francia  hablaron el líder  de CasaPound Italia,  Gianluca Ianone, y el director de  este  periódico,  Javier  Ruiz
Portella. Ésta fue su alocución.

El  aristócrata y  el  hombre de  las pantuflas

He  aquí  que  en  los  tiempos de  la gran  blandenguería en los que  nuestros únicos   dioses   se  llaman  confort, diversión  y  comodidades;  en  los tiempos en que  todo  se equivale y nada vale nada —salvo  el dinero y su búsqueda—,   he    aquí    que    en    tales tiempos alguien va  y  se  quita   la  vida para    afirmar   todo    lo    contrario:   la belleza,   la  grandeza  y  la  nobleza  de nuestro destino.

El escarnio infligido a nuestro mundo... inmundo es brutal. Las lecciones,   múltiples.  Pero  quisiera destacar una  en particular. Frente  al hombre metido en  sus  pantuflas;  frente a ese cobarde que  sólo cree en lo que  es útil,  práctico y factible,  Dominique Venner  ha venido a afirmar tanto  la grandeza como la gratuidad de su gesto.

¡Qué   clase   tenía   Dominique Venner!, ese hombre con alma  de aristócrata   que    pertenecía   a   la   alta «aristocracia    secreta»,     como     él    la llamaba y cuya  plasmación deseaba con ardor. Pero  he aquí  que,  contrariamente a los pequeñoburgueses que hoy reinan, los  aristócratas  son   —o  eran—   gente capaz   de   realizar  gestos   tan   grandes como  gratuitos. Gestos  que  no aspiran a ninguna   eficacia     tangible,   concreta, medible.  Gestos   que  no  son  sino  una señal,    un    símbolo,    un    ejemplo    de aquello que  se  defiende. A  seguir…   ¡y allá los otros si no lo siguen!

No han  comprendido nada los pequeñoburgueses que  le  reprochan a Dominique Venner  un  gesto  — pretenden— que  «no  sirve  para  nada», «no tiene  ninguna utilidad» y, por consiguiente, «ningún  sentido», concluyen  esos  «utilitaristas»  que parecen creer  que  el sentido se reduce a lo útil y a lo agradable.

No    han    comprendido   que Dominique Venner  sabía  perfectamente que  su gesto  no iba a cambiar el rumbo del   mundo  de   forma   medible, inmediata. No han  comprendido que aspiraba a  otra  cosa:  a  la  belleza,   a  la nobleza de  un  gesto  que  se sitúa  en  la larga  duración y cuya eficacia política  — si  alguien se  empeña en  tal  palabra— sólo se puede medir en términos de simientes, de gérmenes que algún día se abrirán tal  vez.  ¡Y  allá  penas si  no  se abren!

«Dulce et decorum est pro patria mori», decía Horacio. «Dulce, honroso es por la patria morir».  También decía: «Carpe diem». «¡Atrapa, goza del día que pasa!». Limitándose  al  Carpe  diem, los  niñatos mimados de  hoy  —el Homo festivus del que habla  Philippe Muray— creen haber encontrado en el pobre  Horacio la exaltación  de  su  hedonismo  tan miserable como egoista. Su hedonismo vulgar, habría que  decir  para contraponerlo al hedonismo heroico  que proclama  Horacio, él  que  nos  incita  a gozar  de  nuestra vida  mortal… y a ser capaces,  si  hace falta,   de  ofrecer  esta misma vida en defensa de la patria.

¿A  qué  patria ha  ofrecido su  vida este otro  gran  hedonista heroico  que era Dominique  Venner?  La respuesta  se halla   en sus libros.  Ha muerto  por nuestra patria europea (por esa  Europa que,  más  allá  de  un  continente, implica una civilización). Ha muerto para defender el antiguo linaje de esa Europa amenazada  hoy  por  sus  propios demonios y por  los que se derivan de la Gran  Sustitución de poblaciones —feliz término acuñado por  Renaud Camus— que  nuestros oligarcas nos  infligen. Dominique Venner  ha  muerto por Europa.  Así  pues,   ha  muerto  también por Francia, parte inextricable de Europa.

No hay  ninguna oposición, ninguna contradicción entre  nuestros pueblos europeos. No hay sino una múltiple, rica diversidad en  el  ámbito de  un  mismo espíritu. Ha  desaparecido afortunadamente el nacionalismo patriotero que, en «el Siglo 1914»,[1] nos llevó a la  pérdida. He  ahí  otra  de  las lecciones   maestras  que nos da Dominique Venner,  ese europeo de Francia.

Orgulloso de esta lección y como europeo de España que  soy, vengo  aquí a saludar la memoria de Dominique Venner  al mismo  tiempo que,  tanto  en mi  propio nombre como  en  nombre de nuestros amigos del otro lado  de los Pirineos y del otro lado del Atlántico, les expreso a todos  —y en primerísimo término a su  familia—  mi  saludo lleno de emoción.
  
[1] Título   del   libro   cuya   versión, elaborada por  el propio Dominique Venner  para  ser publicada en España, se titula  Europa y su destino.

Fte: Elementos de Metapolítica para una civilización Europea Nº 48


En la muerte de Dominique Venner

Por Ernesto Milá

Dominique Venner:  me alegro  de haber  traducido alguno de tus libros, me alegro  de  haberlos leído  casi  todos,  me alegro  de  compartir contigo  los mismos ideales y me  alegro  de  que  medio siglo después de que crearas EUROPE- ACTION,  tus ideales siguen siendo aquellos por los que en otro tiempo luchaste, me alegro  de que murieras pensando como viviste  y me alegro finalmente de  que  tus  enemigos hayan sido  los míos  y de  que  tu  muerte haya sido como   tu   vida,   un   ejemplo   para todos   nosotros y  un  estímulo para   no renunciar nunca a nuestros comunes ideales.

A  partir  de  ahora   podemos  decir que   no  solo  Mishima  se  suicidó  para llamar la atención por  la decadencia de su  Nación, sino  que  en  la Vieja Europa también un  hombre dio  testimonio de esa  decadencia y su  fuerte  fue  un  grito para  el combate de nuestra generación y de las que vendrán.

Dominique    Venner     ha     muerto porque no  quería que  su  pueblo y  su gente,   entre   ellos  el  creador de  Notre Dame   de   París,   fuera   sustituido  por pueblos alógenos llegados al continente para  mayor gloria  de  la globalización y el neocapitalismo y a despecho de  que en  apenas  unas   generaciones  su identidad  sustituya  a   la   nuestra.  Su muerte   es    una    vida    entregada   en defensa de  la  identidad de  todos nosotros,  de   la  de   su   familia,   de   tu identidad y de la mía.

He leído varias veces la carta de despedida de  Venner.   No  es  la  de  un depresivo que  en  el  pozo  de  su enfermedad lo ve todo  negro.  Es la carta de alguien que quiere evitar  con su testimonio la ruina de una  identidad ancestral y plurimilenaria.

Oí  hablar de  Venner   hace  muchos años a antiguos miembros de Europe Action, de la OAS y de Jeune Nation que habían estado a  los  órdenes y  con  los que también había  compartido tareas  de dirección.   Venner    no   era    una    vida fracasada,   profesionalmente  había alcanzado las más altas cotas de consideración en su profesión de historiador y sus libros  están  traducidos a muchos idiomas. 

Dirigía  una  conocida revista de historia en estos  momentos y yo  mismo   le  había   traducido  para   la Revista   de   Historia  del   Fascismo,   su obra    Baltikum,   una    historia   de    los cuerpos  francos   alemanes  y  su  folleto "Por una crítica positiva" que fue, en cierta medida, el documento en el que el neofascismo europeo  apoyó  su renovación  en   los   años   60.   Fue   un militante durante su  juventud, un  líder comprometido que conoció  la cárcel y la exaltación de los mítines, las reuniones y las  manifestaciones en  unos  momentos terriblemente difíciles para  su patria, cuando la República amputó el territorio argelino y arrojó  a la ruina y a la muerte a  millones de  europeos que  vivían   en Argelia.

Al salir de la cárcel publicó Europe- Action,  seguramente la revista más interesante  e  innovadora  del neofascismo francés  en la postguerra sin la cual sería incomprensible tanto  el movimiento   de    la   Nouvelle   Droite, como  la  propia revista de  historia que publicó  Venner   hasta   su  muerte. Participó, así mismo,  en las tareas  de dirección   de    Jeune    Nation   cuando apenas había  cumplido los veinte  años y se  significó   siempre, hasta   su  retirada como  militante,  como  dirigente  e inspirador teórico   y  estratégico  de  las organizaciones a las que perteneció, incluida la Federation des Etudiants Nationalistes.

Vale  la  pena   leer  desde el  primer libro de Venner hasta    el   último   y conocer  también su historia como militante. Su  muerte es  una  llamada a centuplicar los  esfuerzos en  defensa de nuestra identidad y un grito  de combate y de movilización. Ahora le tocará  a los esbirros de  la  prensa corrupta y miserable, lanzar cuántas difamaciones se les ocurran en sus laboratorios de operaciones psicológicas, no nos  cabe la menor duda de que  se tergiversarán los motivos que  le llevaron a morir  ante  el altar  de Notre  Dame  de París,  en la isla de  la  Cité,  allí  mismo   en  donde hace miles  de  años,  antes  de  la  catedral ya existía un templo pagano.

La única  forma  de defender su memoria es combatir por los mismos ideales que le llevaron a él a una  vida  de compromiso militante en  defensa de  la identidad   europea.   

Porque si Dominique  Venner   fue   algo,   fue, sin duda, un  combatiente, doctrinario y militante, que  tuvo  claro  los motivos de su  combate   (contra la partitocracia, contra   la  plutocracia,  contra   el liberalismo, contra  el nuevo orden mundial, contra  el marxismo y su progresía), en defensa de un  patriotismo social  y nacional y de  una  Europa que por supuesto, no es esta Europa miserable e inviable construida por  los delirios de  poder franco-alemanes, sino la Europa de  los pueblos orgullosos de una  identidad qusforjó  desde Salamina hasta  Lepanto y hasta  el cerco de Viena.

 Venner  no  creía  –como  nosotros no creemos tampoco- en un más allá venturoso. Lo que cuenta es el momento presente y no las evasiones idealistas de otros mundos tan desconocidos como irreales. Venner  creía  en  la Tradición y en  la Sangre.  La tradición que  nos  lega arquetipos  y   modelos   de comportamiento a  los  que  debemos de ser  fieles  porque son  los  más  acordes con la voz de la sangre. 

La tradición y la sangre es con lo único  que llegamos a la tierra  y lo único  que legaremos. A eso le llamaba “identidad”.

Por   eso   murió  y por eso otros estamos obligados a recoger  su mensaje.
Ernesto  Milá – infokrisis – ernesto- mila.rodri@gmail.com


Nuestro tiempo, los actos ejemplares y la muerte de Dominique Venner

Por Antonio Martínez

Hace unos  días,  Dominique Venner se  suicidó de  un  disparo ante  el  altar mayor de  la  catedral de  Nôtre-Dame. Los  grandes  medios  de   comunicación sólo han  prestado al hecho  una  atención muy  marginal: "Se ha suicidado un escritor    e   historiador  de   la   extrema derecha francesa".  

En las últimas fechas, dentro de los círculos  políticos e intelectuales de  la  Nueva Derecha europea, se ha saludado a Venner  como a  un  "samurai  de  Occidente". La referencia a Mishima, obligada, no requiere glosa explicativa alguna.

Venner  ha justificado su acto refiriéndose a la perentoria necesidad de despertar, de  sacudir las conciencias en una   Europa  hoy  adormecida. Anestesiados como  están,  los  europeos precisan  hoy  de  grandes  gestos simbólicos que les ayuden a salir del pesado sopor  en el que vegetan. Venner, representante del  más  noble neopaganismo europeo contemporáneo, ha sentido como pocos que la Europa de nuestro  tiempo  haya   perdido  su identidad. En su  instante fundacional – nos explica Venner–  estuvo Homero; después, toda  la  riquísima gama  de aportaciones culturales que  llega  hasta principios  del  siglo  XX, antes   de  que, con la Guerra de 1914, se destruyera en nuestro continente la  conciencia de  ese multiforme  patrimonio  común.  En cuanto a hoy..., ¿qué  nos queda hoy? La languidez, el cinismo,  la indiferencia, el desmayo,   la   pasividad   de    asistir    a nuestro declive  y no hacer  nada. En esta tesitura, Dominique Venner  ha decidido llevar   a  cabo   un   acto   sacrificial   que pretende  ser   también  parte   de   una nueva  fundación:  la  de   un   renovado orden de  cosas,  la del  tan  deseado por muchos despertar  de  una   Europa que hoy    parece    haber    renunciado   a   su secular vocación de grandeza.

Es cierto  que  la Europa de  nuestros días, tan poco apta  para  apreciar los delicados matices   del  espíritu, necesita actos  de  gran   resonancia  que  la zarandeen, que la despierten. Puede discutirse  si   tal   tipo   de   actos   debe moverse  en   la   dirección   en   la   que apunta  el  suicidio  neopagano  de Venner,  que  éste  ha  concebido expresamente  como   un   acto  de sacrificio;  en  cambio,  no  parecen discutibles ni  la  dignidad interior ni  la intachable honestidad  intelectual de  su protagonista. Ahora bien:  ¿es realmente este tipo  de acciones  lo que  actualmente más necesitamos?

Los actos  que  de  algún modo giran en  torno  a la muerte impresionan a los hombres de  una  manera especialísima. Sin duda, un  suicidio, pero  también los asesinatos, y en particular los actos terroristas.  El  acto   terrorista  se aprovecha de  la potente semántica que siempre   transmite   la    muerte   para cargarse de  significación. En  cuanto al suicidio que se lleva a cabo no por desesperación, sino como un acto de libertad interior e incluso  de  grandeza, impresiona poderosamente al "último hombre" del que hablaba Nietzsche, incapaz de toda  grandeza y de todo auténtico   sacrificio.    Quien    no    tiene miedo  a  morir   es  que   ha  descubierto algo  más  valioso   que  la  mera conservación  de   la  vida.   ¿De  verdad existe  algo  por  encima  de  la vida?  Una Europa desprovista de ideales se encoge escépticamente de hombros ante tal pregunta, que hoy ya casi ni se plantea.

Sí, sin  duda: precisamos de  gestos, de  actos  simbólicos; pero  no  tienen  por qué   ser   semejantes   al   ejecutado  por Dominique Venner  –cuya  figura,  repito, respeto profundamente–. Y es que existe otro lenguaje, otra semántica, de eficacia tal vez no inmediata ni fulgurante, pero que    va    surtiendo   efectos    de    largo alcance  a lo largo  del tiempo que sigue a su realización. Pasando revista a los últimos  tiempos,  pensemos,  por ejemplo,   en  la  renuncia  al  papado de Benedicto  XVI,  que  tanto   ha impresionado,  y  de  modo  muy favorable, a numerosos intelectuales no creyentes. Pensemos también en la vigorosa movilización de una  parte muy apreciable de  la  sociedad civil  francesa contra   la   ley   del   matrimonio homosexual, o en el tan comentado anticonvencionalismo  del   Papa Francisco,   que,   por   ejemplo,   a  día  de hoy  sigue  sin  ocupar los  apartamentos papales de  la  Basílica  de  San  Pedro   y hospedándose en la Residencia de Santa Marta.
En la época  de  Youtube, en  que  un vídeo  de  un  minuto puede llevarte a la celebridad universal, la imagen, el gesto, el acto  simbólico alcanzan su  maximum teórico de potencial repercusión. Las activistas  de  Femen   en  top-less  contra Putin   explotan a  fondo  la  devastadora eficacia  de  la imagen reproducida hasta el infinito  en Internet. Lo importante, al parecer,  es  el  acto  que  consiga   atraer hacia  sí  la máxima atención posible:  de ahí la exigencia de espectacularidad, que alcanzó su máxima expresión en los atentados del  11 de septiembre de 2001, y    que    también   observó   de    modo ejemplar Anders Breivik  en  la matanza de la isla de Utoya.

Europa está  anestesiada y  hay  que despertarla: en esto coincidimos plenamente con  Dominique Venner.  Y, como los actos delicados la dejan indiferente, ¿habrá que decantarse, entonces, por la siempre eficaz espectacularidad? Ahora bien: si pensamos   así,    ¿no    estaremos traicionando entonces lo mismo  que pretendemos   defender?     El “acto espectacular” es  justamente lo  que idolatra la cultura posmoderna de la imagen, que  demanda tal  tipo  de acciones  no para  despertar, sino para desperezarse  entre   bostezo  y  bostezo.

¿No  le  pedimos  escenografías iconoclastas y escandalosas a Calixto Bieito o a la Fura  dels  Baus para  animar el declinante universo de  la ópera?  ¿No esperamos ya de los escritores que  sean físicamente atractivos, mediáticos, ocurrentes y divertidos en los talk shows?

¿No   nos   hemos   vendido  a  la  nueva religión de  la  espectacularidad porque lo que no es espectacular nos parece desmadejado, fantasmagórico, vacío?

Necesitamos actos, necesitamos gestos,    necesitamos   una    nueva semántica, llena  de  vida  y de  potencia; pero,    mucho   más   que    actos espectaculares de  cualquier tipo,  lo que hace falta hoy son actos significativos y auténticos. 

Pensemos, por  ejemplo,  en la enorme  repercusión  mundial  que alcanzó hace unos  meses  el salto estratosférico de  Felix Baumgartner: no por  su  espectacularidad  en  sí  –que  la tenía–,  sino, diría  yo, que  por  su posible significación  poética,  fuese  ésta voluntaria y  consciente o  todo  lo contrario. Recordemos también, por ejemplo,   el  mito  de  Reinhold Messner, alpinista-filósofo de  nuestro  tiempo, o, en el campo de la tauromaquia, la extraordinaria figura  de José Tomás.

Es cierto  que,  al final,  la verdadera belleza,   aunque  no   busca   la   muerte, suele no andar muy  lejos de ésta, porque no hay belleza  en la que no exista  algún tipo  de  exposición –literal  o simbólica– al riesgo,  al sacrificio,  a la disposición a entregar la vida  en aras de valores espirituales   de    orden   superior..   El suicidio heroico   de  Dominique Venner puede ayudar a despertar a algunos, tal vez a muchos; pero la gama  de actos simbólicos pertinentes a este respecto es muy   amplia, y  en  ellos  lo  esencial   no consiste  en ninguna efectista  y aparatosa espectacularidad.  Los  antiguos  decían: rem  tene,  verba  sequentur,   "domina  el asunto y las palabras vendrán por sí solas".  Parafraseándoles,  podríamos decir:    "Vive,   ama    y   piensa profundamente, y  lo  demás se  te  dará por  añadidura".  Un  hombre en  el que arde  el verdadero fuego  del espíritu encontrará la manera de  que  ese  fuego irradie de una  manera efectiva  hasta  los demás.
“Dadme   un    punto  de   apoyo   y moveré  el  mundo”,  cuentan  que   dijo una   vez  Arquímedes. Ahora bien,  por definición  ese  punto de  apoyo deberá estar fuera  del mundo, más allá de todas las determinaciones cósmicas,  en los misteriosos territorios fronterizos con el trasmundo y con la eternidad.

Ojalá Dominique Venner, europeo heroico, nos esté   esperando ya allí, sereno  y en paz.

Fte: Elementos de Metapolítica para una civilización Europea Nº 48

Entrevista sobre Dominique Venner a Guillaume Faye

Guillaume Faye es periodista y escritor francés. Graduado en el Institut d'études politiques de París y titular de un doctorado en ciencias políticas, fue uno de los principales teóricos del Groupement de Recherches et Etudes pour la Civilisation Européenne (GRECE),  más tarde conocida como Nouvelle Droite francesa, en el período de 1970 a 1986, y posterior inspiración de diferentes corrientes identitarias en toda Europa. Ha colaborado con revistas y periódicos como Le Figaro-Magazine y Paris-Match, así como con la emisora de radio Skyrock. El pensamiento de Faye es marcadamente nietzscheano, netamente voluntarista y fáustico. 

A continuación una entrevista realizada en Noviembre del 2013

Guillaume Faye: La noticia fue un shock. Instantáneamente, la muerte voluntaria del nacionalista japonés, Mishima, vino a la mente. Primero que todo, al inmolarse en Notre Dame, Venner intentó reapropiar el santuario cristiano a uno pagano. Inmolarse sobre un altar cristiano como si fuera un receptáculo de sangre en el modo capitolino o délfico es algo hecho por primera vez en la historia. Venner quería aturdir a sus contemporáneos con este gesto. Al principio pensé “¡qué lástima!”. Venner deseaba concluir su vida por su propia voluntad, para organizar su “caída”, tal como dirían los guionistas y escritores. No dejar la muerte en las manos del destino, sino de la elección. Elegir un final y darle un significado. La ética romana de Régulo en su oscuro esplendor. Fiat mors tibi. Tu muerte te pertenece; inclusive, los dioses no deciden, porque el pagano es un hombre libre. El opuesto absoluto del pagano es el seguidor del Islam, es decir, de la sumisión.

¿Qué opinas del hombre, su trabajo, sus ideas, y cuál crees que es la mejor lección para aprender?

Guillaume Faye: Escribí un largo texto sobre este tema como también un tributo fúnebre a Venner, “La muerte de un Romano”, que envié a Roland Helie para que lo subiera a internet. Me referiré a él. En 1970, Venner fue quien me introdujo en el círculo identitario de la resistencia europea, por usar una frase poco común. No diré más. Respecto a su trabajo e ideas, me parece que decidió aproximarse a las cosas desde una perspectiva histórica e indirecta, más que la estrategia polémica y políticamente directa de su juventud. Sin embargo, su mensaje final es bastante claro cuando se lee sinceramente: Venner se rebeló contra la destrucción de la identidad étnica europea. Y el trató de resolver sus propias contradicciones.

¿Piensas que su gesto debería ser visto como un acto de desesperación o un acto político, o ambos?

Guillaume Faye: Es muy difícil estar dentro del pellejo de un hombre que se suicida. Hay necesariamente una mezcla de motivaciones internas y causas externas. Sin embargo, podemos dar un significado político a su desesperanza (las causas de la cual son complejas). En esta forma, Venner siguió exactamente a Mishima. Pero es vergonzoso y despreciable interpretar –o peor, parodiar– tal acción, como lo hizo Femen. El suicidio es un misterio. En las religiones de la salvación (para las cuales el suicidio es pecaminoso), el martirio reemplaza al suicidio; pero eso es otro debate. En el Islam, el martirio, en la forma de un sacrificio que mata enemigos (e.g., los ataques terroristas), traiciona una mentalidad de paranoia perversa enlazada a una patología mental.

¿Crees que eso podría realmente servir para “despertar conciencias”, lo que formuló en la última editorial de su blog? ¿Puede realmente tener impacto y, como decimos, “cambiar las cosas”? ¿Sinceramente, crees que puede conducir a una refundación política concreta como, por ejemplo, la inmolación de Jan Palach en 1968?

Guillaume Faye: Es posible. Desde tiempos neolíticos, la muerte expiatoria ha tenido un denso significado para prácticamente cada pueblo, aunque esta época trata, en vano, de vaciarlo de esta dimensión. El suicidio de Dominique Venner en el coro de Notre Dame marcará un hito. No está destinado para ser un “evento” absorbido por los acontecimientos actuales, como la derrota de un equipo deportivo. Un mito será creado, en la forma de ejemplo, alrededor de esta muerte voluntaria, pero tomará algún tiempo. Venner no dañó a nadie más al suicidarse, no se explotó con un cinturón de dinamita. Interrumpió su vida, y sumergió su muerte al servicio de un mensaje. Siguió precisamente los pasos de Yukio Mishima. Ahora bien, lo que digo no es una certeza. Cada uno sigue su camino. Personalmente, nunca he considerado la idea del suicidio como un medio para transmitir un mensaje, simplemente porque la muerte interrumpe la entrega del mensaje. A menos de que pienses que lo has dicho todo…

Mirando todo lo que ha ocurrido (o lo que no ha ocurrido) desde los inicios del “movimiento nacional” en el sentido más amplio, ¿no compartes la observación hecha por algunos, donde aparece cierto cinismo irónico—por ejemplo, una editorial reciente de Phillippe Randa haciendo eco de las conclusiones de Nicholas Gauthier y Alain Soral —por no mencionar el nihilismo que denunció Nietzsche? En otras palabras, su suicidio fue olvidado por los medios una semana más tarde. Ahora, más de cuatro meses después, ¿realmente “hizo algo”?

Guillaume Faye: Nuevamente, los comentarios de Randa, Gauthier y Soral están fuera de contexto, demasiado relacionados con el actualismo. Los medios de comunicación no son relevantes. La muerte voluntaria de Venner es un hecho que transciende a los medios y que serán recordados. La corriente del “movimiento nacional” no es un receptáculo apropiado. Venner buscó que su gesto trágico tuviera un aspecto histórico, no algo fugaz para los medios de comunicación. No estaba dirigido a sus amigos, ni su familia ni el “movimiento” — la tan llamada extrema derecha. Él se estaba dirigiendo a su pueblo, es decir, los Europeos, y su mensaje estaba enfocado en la preservación de su identidad étnica que actualmente está amenazada.

Dominique Venner o la fundación del porvenir

Por Georges Feltin-Tracol/Alerta Digital

El 21 de septiembre de 1972, día del equinoccio de otoño, Henry de Montherland se suicidaba. Ha sido el día después del Pentecostés cristiano que marca la subida de Cristo al cielo, un martes (día de Marte) y en el mes de María (mayo), que Dominique Venner se ha dado muerte en “un lugar altamente simbólico, la catedral de Notre Dame de Paris que respeto y admiro,” como precisa en su testamento político.

A la edad de 78 años, Dominique Venner ha elegido libremente retirarse definitivamente de este mundo en el que veía asomar en el horizonte el nihilismo triunfante. Ha muerto como siempre vivió: como un hombre en pie que nunca se doblegó ante la adversidad. Toda su vida fue el ejemplo mismo de la virilidad, y practicó esa virtu tan cara a Maquiavelo y a los antiguos romanos. En él la verticalidad adquiría un sentido y guió su vida hasta el final.

El joven paracaidista voluntario que combatía el “fellagha” en los montes de Argelia, el experto en armas, el activista por la Argelia Francesa que soñaba con derrocar la V República naciente, el militante político que supo reanudar y volver a colocar la tradición francesa en la continuidad europea, el cazador reputado, el escritor y el historiador, el fundador y responsable de Enquête sur l´Histoire, y después de La Nouvelle Revue d´Histoire, el hombre privado, padre y abuelo feliz, representan diversas facetas que, lejos de contradecirse, expresan en realidad una coherencia interior de una rara intensidad.

Como observador atento de la historia de los pueblos, Dominique Venner se preocupaba de las señales cada día más visibles de la languidez mortífera de sus compatriotas autóctonos. Este vigía del imprevisto histórico deseaba verlos despertar cuando llegara el momento. Es en esa perspectiva salvífica que ha cometido en plena lucidez el acto definitivo.

Con este acto sacrificial, ha querido sacudir la mente de los europeo, ya que toda guerra es ante todo psicológica, cultural, ideológica. Sabía que sería el don absoluto de si mismo, la separación total de sus seres queridos, de su amor y de su amistad, y la aceptación serena de que su sangre viniera, como un nuevo Santo Crisma, a uncir una memoria colectiva aún no amnésica.

“En todas las guerras, unos hombres son voluntarios para misiones sacrificadas”, escribía en Le Coeur rebelle” (“El corazón rebelde”). Esta decisión, Dominique Venner la ha alimentado, meditado, pensado pacientemente. En su texto del 23 de abril de 2013 “¡Salud, Caballero rebelde!”, interrogándose ante el soberbio grabado de Albrecht Dürer “El Caballero, la Muerte y el Diablo”, Dominique Venner concluía que “la imagen del estoico caballero me ha acompañado a menudo en mis rebeliones. Es cierto que soy un corazón rebelde y que nunca he dejado de rebelarme contra la fealdad invasora, contra la bajeza promovida como una virtud y contra las mentiras elevadas al rango de verdades. Nunca he dejado de sublevarme contra todos aquellos que han querido la muerte de Europa, de nuestra civilización milenaria, sin la cual yo no sería nada”. 
Albrecht Dürer “El Caballero, la Muerte y el Diablo”
Comprendió que más allá del matrimonio contra natura actualmente en el centro de la polémica, lo que se está llevando a cabo es un cambio de naturaleza civilizacional contra el cual es imperativo oponer una ardiente y firme resolución.

Si Dominique Venner, el pagano que no sentía ninguna afinidad con el monoteísmo, ha cometido el gesto irreparable ante el altar de Notre Dame de París, es porque tal vez sintió la urgencia del Katechon, esa figura escatológica que frena al Anticristo para mantener el orden normal del cosmos.

“Mientras tantos hombres son esclavos de su vida, mi gesto encarna una ética de la voluntad”. Y añade en su último artículo “La manifestación del 26 de mayo y Heidegger”: “Serán necesarios otros nuevos gestos espectaculares y simbólicos para asaltar las somnolencias, sacudir las consciencias anestesiadas y despertar la memoria de nuestros orígenes. Nos adentramos en un tiempo en que las palabras deben ser autentificadas por actos. Subraya que se encontrará “en mis recientes escritos la prefiguración y las razones de mi gesto”.

Dominique Venner no era un desesperado. Se encontraba en las antípodas de la desesperación. En “El corazón rebelde” insistía sobre la figura del samuraí, el guerrero que en nombre de unos principios . En “El corazón rebelde” insistía en la figura del samuraí y su última metamorfosis histórica, el kamikaze, el combatiente de asalto que, en nombre de sus principios, se sobrepasa una vez más. “Morir como un soldado, con la ley de su parte, exige menos imaginación y audacia moral que morir como un rebelde solitario, en una operación suicida, sin más justificación íntima que la orgullosa certeza de ser el único en poder cumplir lo que debe ser llevado a cabo”.

En unas circunstancias que ha considerado propicias, ha proclamado que “deberemos recordar también, como lo ha formulado genialmente Heidegger (“Ser y Tiempo”) que la esencia del hombre está en su existencia y no en “otro mundo”. Es aquí y ahora que se juega nuestro destino hasta el último segundo. Y ese segundo definitivo tiene tanta importancia como el resto de una vida. Es por ello que hay que ser uno mismo hasta el último momento. Y no hay escapatoria a esta exigencia ya que no tenemos más que esta vida en la cual debemos ser enteramente nosotros mismos o no ser nada”.

“Siento que tengo el deber de actuar mientras tenga todavía fuerza para ello. Creo necesario sacrificarme para romper el letargo que nos agobia”. Esa es su respuesta por adelantado a todos sus detractores.

“Nadie muere para sí mismo, sino los unos para los otros, o incluso los unos en lugar de los otros”, dice Georges Bernanos en “Diálogos de Carmelitas”. El altruismo heroico, combatiente y radical, defendido por Dominique Venner, se concreta en un acto decisivo que trasciende todo una obra de escritura y de reflexiones para alcanzar los antiguos preceptos de los romanos, en particular los del estoico Séneca para quien “bien morir es escapar al peligro de mal vivir”. Pues ese mal vivir, más allá de la simple condición personal, afecta a toda la sociedad francesa y europea. Llega el tiempo, en que “el discurso dominante, al no poder salir de sus ambigüedades tóxicas, obliga a los europeos a sacar las consecuencias. A falta de poseer una religión identitaria a la cual amarrarnos, compartimos desde Homero una memoria propia, depósito de todos los valores sobre los cuales refundar nuestro futuro renacimiento en ruptura con la metafísica de lo ilimitado, fuente nefasta de todas las derivas actuales”. En este contexto mortal para el espíritu y para las almas “enseñar a las personas a bien morir es el gran asunto del estoicismo”, escribe Gabriel Matzneff (“La mort volontaire chez les Romains”).

Gabriel Matzneff distingue por cierto que: “hay aquellos que se matan en nombre de una cierta idea que tienen de la moral privada y pública, en nombre de una cierta idea que tienen del hombre: abandonan un mundo en que los valores a los que están apegados ya no son actuales y donde triunfan en todas partes aquellos que desprecian”. Dominique Venner pertenece a esta clase de hombres. Recusa con vigor el antagonismo artificial y falaz entre el posmodernismo societal hiperindividualista y el holismo conquistador de comunidades alógenas, mayormente musulmanas, sobre nuestro continente. Se rebela contra esta inundación migratoria que trastoca la fisionomía europea tradicional. 

“Así como defiendo la identidad de todos los pueblos en su tierra, me sublevo contra el crimen que busca la sustitución de nuestras poblaciones”.

Al poner término a sus días, Dominique Venner da testimonio de que una tercera vía autóctona identitaria francesa y europea es la única apta para preservar nuestras tradiciones plurimilenarias. No es aceptando la institución de la homosexualidad, de la familia homoparental y el aborto masivo que haremos retroceder el islam y la inmigración extra europea. Y no es aceptando la implantación de minorías extranjeras de costumbres exóticas que restableceremos los principios tradicionales del Ser europeo. Es enfrentándolos simultáneamente que los europeos no se hundirán en la nada de la Historia. Pero será necesaria mucha fuerza moral para llevar a cabo ese doble combate.


Dominique Venner no ha carecido de fuerza moral. Al ir, con un arma en la mano hasta el coro de un sitio consagrado, desde hace mucho tiempo profanado por masas de turistas, ha vuelto a sacralizar el lugar. ¿Tuvo en esos últimos instantes el recuerdo del seppuku del japonés Yukio Mishima en noviembre de 1970, de la inmolación del checo Jan Palach en enero de 1969 y del militante francés Alain Escoffier en febrero de 1977? Dominique Venner sabía que toda fundación perenne exige un sacrificio previo y su desaparición ha sembrado los gérmenes de un renacer continental y echado los cimientos de un nuevo ciclo europeo en el siglo XXI.

DOMINIQUE VENNER Y EL SUICIDIO HEROICO

- Extracto del artículo publicado por El Blog del Oso Solitario

Esta forma de suicidio como acción política, es más común en Oriente que entre nosotros, y perfectamente en línea con aquellas culturas; mencionemos por ejemplo las protestas de los monjes tibetanos contra el dominio chino. O recordemos también, en tiempo de guerra, las acciones de los kamikaze japoneses o la última batalla del acorazado Yamato, enviado en misión suicida con carburante sólo para el viaje de ida.

Pero también en Europa Dominique Venner ha tenido precedentes en esta acción extrema. Recordaremos entre otros a Jan Palach, el estudiante checo que se inmoló en 1969 contra la intervención soviética en la “Primavera de Praga” y al pastor Oskar Brüsewitz en la RDA, que hizo lo mismo en protesta contra la represión comunista. Las conmemoraciones de ambos fueron prohibidas por el poder, en un intento de borrar su recuerdo y hacer inútil su sacrificio.

Como de idéntica manera fue prohibida en Alemania la conmemoración de Reinhold Elstner, ex soldado e ingeniero de 75 años que se prendió fuego en Munich el 25 de Abril de 1995 para protestar contra el “Niágara de mentiras” vertidas contra el pueblo alemán acerca de su historia reciente. Se prohibió incluso la deposición de flores en el lugar de su inmolación, así como la difusión de su última carta.

Dominique Venner ha querido concluir su vida de esta manera, tras una existencia de militancia y entrega a su patria francesa y europea y después de ver cómo la degradación y la basura avanzan por doquier. Sin embargo no ha sido un suicidio por desesperación o enajenación mental, ni cualquier otra de las “explicaciones” con la cual se pretenderá quitar su valor y significado a este gesto. 

Gesto ciertamente discutible, pues además has sido realizado en una catedral, y la religión católica expresamente prohíbe el suicidio. Habrá sensibilidades que se puedan sentir ofendidas por la acción y el lugar, y es comprensible, pero opino que por encima de esto se debe considerar el significado de este gesto, porque el momento para Europa es crítico. Y con toda franqueza, considero que la catedral de Notre Dame es profanada más por las hordas de turistas cosmopolitas, que ni sienten ni viven la tradición que hay detrás de esas piedras, que por un patriota europeo que ha puesto fin a su existencia con esta acción para intentar despertar las conciencias y los corazones.
 
Activista comunista parodiando el suicidio de Venner en la Catedral Notre Dame de París, Foto AFP

Dominique Venner ha publicado en España el libro “Europa y su destino” además de algunos artículos en la revista “El Manifiesto” sobre temas variados. 

Quizá hubiera podido seguir escribiendo y luchando por sus ideas, pero pensó que ya había dicho lo suficiente con la pluma y escogió este otro medio, para expresar como él creyó mejor lo último que le quedaba por decir. Ha tomado su decisión, nosotros podemos sólo recordarlo y comprenderlo, para que su último gesto no caiga en el vacío, que no sea olvidado y su memoria no sea cubierta de fango, que es lo que más desean sus enemigos, que son los enemigos de Europa.

NOTAS RELACIONADAS

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...