martes, 28 de julio de 2015

ELECCIONES ARGENTINA 2015


"Los EE.UU. fanfarronean con su sistema político
pero su presidente dice una cosa durante las elecciones,
otra cosa cuando asume el cargo,
otra diferente en la mitad de su mandato
y otra distinta cuando se va".
Deng Xiaoping
 Por Denes Martos

Argentina ya está empezando a padecer la fiebre electoral que culminará con las elecciones presidenciales del 25 de Octubre y una eventual segunda vuelta el 22 de Noviembre. [1]

En ésta, como en pasadas elecciones, la dificultad no reside solo en qué candidato elegir sino, además, en establecer qué es lo que diferencia a los candidatos que compiten. Mal que bien las personas ya tienen – aunque más no sea aproximadamente – sus preferencias. Pero cuando en confianza uno les pregunta por el candidato de esa preferencia y, una vez identificada la persona, les sigue preguntando: »¿Y por qué vas a votar a esa persona?« la respuesta puede resultar de lo más asombrosa. Porque va desde el banal «Porque me gusta»; puede pasar por la mera suposición del »Porque me parece el más honrado«; y llega hasta el insustancial pero quizás más sincero: «No sé».

Es que elegir a uno entre varios casi absolutamente iguales no es fácil. La pregunta de fondo sería pues: ¿por qué son tan iguales los principales candidatos? O quizás podría ser: ¿por qué les cuesta tanto diferenciarse en lo realmente importante? Con lo que la pregunta también podría formularse diciendo: ¿Por qué, si son diferentes, insisten en aparecer como iguales, tratando de diferenciarse tan solo magnificando matices secundarios que no hacen al fondo de la cuestión? ¿Por qué no percibimos una diferencia realmente marcada entre, digamos, Scioli, Macri y Massa?

Según Scioli "Victoria es construir a partir de lo construido, como la ciencia, que avanza desde donde dejó el otro". [2] A lo cual Macri, después del casi-porrazo con Lousteau, aparece ahora con un "Cambiemos" pero ma non troppo y promete mejoras, pero no grandes cambios en YPF, Aerolíneas, la asignación universal por hijo y las jubilaciones [3]. A lo cual se suma Massa que arrancó con "El Cambio Justo" [4] y ahora viene improvisando variaciones sobre el mismo tema. Lo obvio es que todos quisieran transmitir la imagen del "cambio" pero se encuentran con graves problemas para definirlo, explicitarlo y encarnarlo en serio.

¿Cuáles son esos problemas? Son variados y de diferente índole. Buena parte de ellos son compromisos ya asumidos pero inconfesables. Recuérdese la famosa expresión de Carlos Saul Menem: "Si hubiera dicho lo que iba a hacer, no me votaba nadie." [5]
  
Pero en parte, también, el fenómeno se debe al debilitamiento de las ideologías y a la vaguedad de los tradicionales alineamientos de "izquierda", "centro" y "derecha" en el mundo postmoderno. Vaguedad que, a esta altura del partido, se ha convertido en un verdadero embrollo.

Porque sucede que lo que hoy se llama "derecha" no es ninguna derecha en absoluto y la auténtica derecha es justamente el lugar en donde todos estos candidatos no quieren estar. En parte porque por el momento no es electoralmente redituable y en parte porque, con la incultura plebeya que caracteriza a nuestros candidatos y a sus asesores, éstos ni siquiera sabrían como formularla.

Pero en esto, como en tantas otras cuestiones, creo que conviene dar un paso atrás, tanto como para ganar algo de perspectiva histórica.

Es sabido que los términos ésos de "izquierda", "centro" y "derecha" provienen originalmente de los Estados Generales franceses de 1789. En esa asamblea y desde la perspectiva de su presidente, el clero se sentaba a la derecha, la nobleza se ubicaba al centro y el pueblo llano ocupaba la izquierda. Esa segmentación ya no tiene prácticamente nada que ver con la realidad política de los países actuales pero sigue resultando cómoda como muleta de análisis. Y es cómoda porque en toda sociedad están los que insisten con la necesidad del cambio, están los que prefieren no tocar lo que existe, y están los que admiten que algunos cambios serían necesarios pero vacilan a la hora de decidirse e indefectiblemente, si las circunstancias los obligan, siempre apuestan por la gradualidad.

En teoría y en principio los primeros constituirían "la izquierda", los segundos a "la derecha" y los terceros al "centro". Eso, en teoría y en principio. Porque después, en cada país interviene Doña Realidad y, como Doña Realidad es bastante caprichosa y desprolija, las cosas se complican. Y mucho.

Así es como aparecen "derechas" que no son más que un liberalismo consolidado al cual realmente nunca entendí por qué llaman "neo"-liberalismo; como que tampoco jamás entendí qué cuernos tiene que ver eso con la derecha. Después tenemos "izquierdas" que luego del colapso soviético se han vuelto democráticamente trotskistas y gramscianas. Y tenemos "centros" con burguesías de retórica democrática y propuestas tibiamente reformistas en el mejor de los casos.

Pero el "centro" es, por alguna oscura y misteriosa razón, el lugar en el que, en rigor de verdad, todos quisieran estar. Por eso tenemos tanto "centro-izquierdas" construidas por burguesías melindrosamente populistas sostenidas por un relato gramsciano post-soviético y diluidas en nuestro caso en la ciénaga del post-peronismo montonero. Como que también tenemos centro-derechas construidas por las mismas burguesías tímidamente populistas pero sostenidas por los argumentos económicos del liberalismo consolidado.


El resultado, por supuesto, es un verdadero galimatías conceptual – y accidentalmente hasta ideológico – que nadie en realidad consigue comprender. Lo cual no es ningún milagro porque quienes impulsan y financian el sistema no tienen ningún interés en que se comprenda. Es que, siendo artificial e ilógico hasta la irracionalidad, no está construido para que se comprenda. Está armado para que impacte y arrastre emocionalmente.




















La verdad es que no es nada malo para un organismo político que exista en él un ámbito, sector o espacio que proponga e impulse cambios. Más aun, hasta me animaría a sostener que sin ese sector el organismo político terminaría anquilosado y paralizado en relativamente muy poco tiempo. Pero, así como necesitamos promotores del cambio, también necesitamos ámbitos e instituciones dedicadas a analizar los cambios propuestos y, en caso de aceptarlos, asegurar que se inserten armónicamente en lo existente y no perjudiquen a la parte sólida de lo ya construido. Finalmente, también es necesario un elemento de control y coordinación de gestión, tanto como para decidir qué se hace primero, qué se hace después, qué se hace en forma simultánea y qué velocidad se le puede imprimir al proyecto sin poner en peligro la seguridad de todo lo que lo rodea.

Y lo que acabo de exponer en forma (muy) sucinta no es ninguna teoría. Así funcionó Occidente durante muchos siglos – con altibajos, por supuesto, y a veces con grandes altibajos – hasta las dos Grandes Guerras europeas del Siglo XX.  En la tradición occidental existe una enormemente rica cantera de experiencias que sirven de modelo para estudiar el funcionamiento y los resultados de este esquema. Pero me temo que justamente este estudio es el que ninguno de los candidatos a suceder a Cristina Kirchner ha hecho. Es más: me pregunto si en toda la política argentina existe alguien que tenga en claro cómo se maneja correctamente una estrategia del cambio que tenga en cuenta: A) las áreas que necesitan un impulso de cambios o mejoras; B) un correcto ensamble con lo preexistente a mantener y C) un adecuado control de implementación y gestión de lo nuevo.

Por lo que, mis estimados amigos, lo que tenemos para las próximas elecciones es un conjunto de personas que hablan tímidamente de cambios que no saben, no quieren o no se atreven a concretar. No saben, por lo arriba expuesto. No quieren porque se lo impiden sus propios prejuicios ideológicos. Y no se atreven porque algunos de los cambios necesarios no son electoralmente redituables. Al menos no en el corto y mediano plazo.



















Nuestros candidatos hablan de cambio pero, como no saben qué cambio quieren, se limitan a discursear sobre los cambios que suponen que desea el electorado. Y peor todavía: aún si tuviesen alguna idea del cambio que quieren, no sabrían cómo hacer para programarlo e implementarlo. Y, en cuanto a los cambios que les exige el poder global, bueno… de eso no se habla. Y si alguien lo señala y pide explicaciones es porque es un conspiranoico. O algo peor. Pregúntenle a Alexis Tsipras.

Así que, más allá de los resultados electorales, lo máximo que podemos esperar después de Diciembre son algunos retoques cosméticos superficiales que quizás cambien en algo el día a día de nuestras vidas particulares pero no el destino de la Argentina como país.

Y, con mucha suerte, ése podría ser el mejor de los casos.

Porque, así como están las cosas y si las cosas siguen como están, lo más probable es que en 2016 nos encontremos casi exactamente igual que hoy. Y cuando algunos salgan a la calle enarbolando cacerolas batientes para reclamar el cambio, les dirán que vivimos en democracia.

Ya sería hora de ponerle límites a una democracia que antes de las elecciones se derrama en promesas y después de la elección no solo olvida olímpicamente lo que prometió sino que hasta pretende justificar lo injustificable. Como, por ejemplo, la gestión de una aerolínea que cancela de pronto más de 240 vuelos dejando de a pie a 15.000 pasajeros, [6] y todo porque su titular, en vez de dedicarse a su trabajo, juega a la política tratando de llegar a Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (intento en el que, dicho sea de paso, fracasa estrepitosamente) mientras subordina la muy sensible área de Operaciones de la empresa a la autoridad de un licenciado en economía agropecuaria y la Gerencia de Aeropuertos a un vendedor de zapatos. [7]

Muchachos, convénzanse: la democracia podrá dar para todo. Pero, a la larga, el pueblo no aguanta cualquier cosa.


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NOTAS



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