domingo, 19 de junio de 2016

EMIL CIORAN: RENUNCIEMOS A LAS PROFECÍAS


Nacido en Rumania, en 1911, Cioran estudió y ejerció la cátedra de filosofía en su tierra natal. Luego viajó a París para doctorarse, y se quedó allí para convertirse en uno de los mejores escritores contemporáneos en esa lengua (ver en este mismo sitio: Emil Cioran: Vida y Obra de un ilustre Desconocido). En esta ocasión, hemos extraído para nuestros lectores, dos capítulos de su obra "Desgarradura" (Ecartèlement) aparecida en 1983.  En la misma, hallamos aquí al Cioran de siempre: la misma precisión diabólica, la misma inquietud por la historia, el mismo furor ante la humillación de ser tan sólo un hombre. El autor hace pedazos la figura convencional del filósofo al no rebajarse nunca a "pensar por pensar". Su obra describe una trayectoria que va de la lucidez en carne viva, insoportable, de sus primeros textos, a la promoción inexorable de la ironía, que en este libro es ya "la ley del mundo". Dice en su ensayo "Después de la historia", aparecido en este volumen: "Los imperios se acaban víctimas de la descomposición o de la catástrofe, o de ambas cosas a la vez. Lo mismo sucede con la humanidad en general".

Después de la historia

El final de la historia está inscrito en sus comienzos; la historia -el hombre pasto del tiempo- porta los estigmas que definen a la vez al tiempo y al hombre.

Desequilibrio ininterrumpido, ser que no cesa de desmembrarse, el tiempo constituye un drama cuyo episodio más destacado es la historia. ¿Qué es ella en el fondo sino un desequilibrio también, una rápida e intensa dislocación del tiempo mismo, una carrera apremiante hacia una evolución en la que nada evoluciona?

De la misma manera que los teólogos hablan con razón de nuestra época como de una época post-cristiana, algún día se hablará de la suerte y de la desgracia de vivir en plena post-historia. Pese a todo, desearíamos asistir a esa victoria crepuscular en la que escaparíamos a la sucesión de las generaciones y de los días, y en la que la existencia, sobre las ruinas del tiempo histórico e idéntica por fin a sí misma, volvería a ser lo que era antes de convertirse en historia. El tiempo histórico es un tiempo tan tenso que cuesta entender por qué no se rompe. Cada uno de sus instantes da la impresión de estar a punto de estallar. Puede que el accidente no suceda tan pronto como esperamos; pero es imposible que no se produzca. Y solamente cuando haya ocurrido, sus beneficiarios, aquellos que disfruten de la post-historia, sabrán de qué estaba hecha la historia. "¡Se acabaron los acontecimientos!", exclamarán. Un capítulo, el más curioso de la evolución cósmica, habrá así concluido.

Ni que decir tiene que esa exclamación sólo es imaginable tras un desastre imperfecto. Un éxito rotundo entrañaría una simplificación radical, en realidad la supresión del futuro. Pero pocas son las catástrofes perfectas, lo cual debería tranquilizar a los impacientes, a los inquietos, a los aficionados a las grandes ocasiones, aunque la resignación sea de rigor en este caso. No todo el mundo pudo observar de cerca el Diluvio. Imagínese la decepción de quienes, habiéndolo presentido, no vivieron lo suficiente para poder asistir a él.

Para frenar la expansión de ese animal tarado que es el hombre, la urgencia de calamidades artificiales que sustituyan con ventaja a las naturales se advierte cada vez más y seduce a todos en mayor o menor grado. El Final va ganando terreno. No podemos salir a la calle, mirar a la gente, intercambiar cuatro palabras, oír un gruñido cualquiera, sin decirnos que la hora se acerca, tanto si debe sonar dentro de un siglo como de diez.

Mientras la historia trascurre de manera más o menos normal, cualquier acontecimiento parece un capricho, una indiscreción del devenir; tan pronto como cambia su cadencia, el menor pretexto alcanza la magnitud de un signo. Todo lo que sucede equivale entonces a un síntoma, a un aviso, a la inminencia de una conclusión. En las épocas indiferentes, el acontecimiento, expresión de un presente que se repite y multiplica, posee un significado propio y parece no desarrollarse en el tiempo; por el contrario, en los periodos en los que el devenir es sinónimo de renovación nefasta, nada hay que no sugiera un movimiento hacia lo terrible, una visión semejante a la del Samyutta-Nikaya: "El mundo entero está en llamas, el mundo entero está envuelto en nubes de humo, el mundo entero está siendo devorado por el fuego, el mundo entero se estremece" -Mara, monstruo sarcástico, sujeta con los dientes y las garras la rueda del nacimiento y de la muerte, y su mirada, en una imagen tibetana, muestra bien esa avidez, esa búsqueda del mal, inconsciente en la naturaleza, apenas formulada en el hombre, ostensible en los dioses, -búsqueda insaciable cuya manifestación, particularmente perniciosa, es para nosotros esta cadena interminable de acontecimientos con sus idolatrías inherentes. Sólo la pesadilla de la historia nos permite adivinar la pesadilla de la trasmigración. Con una reserva, sin embargo: para el budista, la peregrinación de existencia en existencia es un terror del que desea librarse; en ello se afana con todas sus fuerzas, sinceramente horrorizado ante la desgracia de tener que volver a nacer y a morir,desgracia que no se le ocurriría saborear en secreto ni un sólo instante. No existe en él complicidad alguna con el infortunio, ni con los peligros que le acechan desde fuera y sobre todo desde dentro de sí mismo.

Nosotros, en cambio, pactamos con aquello que nos amenaza, mimamos nuestros anatemas, codiciamos lo que nos devora y por nada del mundo renunciaríamos a nuestra propia pesadilla, a la que hemos puesto tantas mayúsculas como ilusiones conocido. Las ilusiones se han desacreditado, como las mayúsculas, pero la pesadilla persiste, decapitada y desnuda; continuamos deseándola precisamente porque es nuestra y no sabemos con qué reemplazarla. Es como si un aspirante al nirvana, cansado de buscarlo en vano, dejara de codiciarlo y se sumiera, cómplice de su degradación como nosotros de la nuestra, en el samsara.

El hombre hace la historia; a su vez la historia le deshace. El es su autor y su objeto, el agente y la víctima. Hasta hoy ha creído dominarla, ahora sabe que se le va de las manos, que se desarrolla en lo insoluble y en lo intolerable: una epopeya demente cuyo desenlace no implica idea alguna de finalidad. ¿Cómo atribuirle un objetivo? Si tuviera uno, sólo podría alcanzarlo una vez llegada a su término y de él no sacarían provecho más que los supervivientes; los restos; sólo ellos se sentirían colmados, pues gozarían del incalculable número de sacrificios y tormentos que el pasado ha conocido. Visión demasiado grotesca e injusta. Si se desea a toda costa que la historia tenga un sentido, debe buscarse únicamente en la maldición que pesa sobre ella. El propio individuo aislado puede poseerlo solamente en la medida en que participa de esa maldición. Un genio maléfico preside los destinos de la historia; es evidente que ésta no tiene objetivo, pero se halla marcada por una fatalidad que lo suple y que confiere al devenir una apariencia de necesidad. Esta fatalidad, y sólo ella, es lo que permite hablar sin ridículo de una lógica de la historia, -e incluso de una providencia, una providencia especial sin duda, y más que sospechosa, cuyos propósitos son menos oscuros que los de la otra, la supuestamente bienhechora, ya que logra que las civilizaciones cuyo destino rige se desvíen siempre de su dirección original para alcanzar lo contrario de lo que deseaban, para desmoronarse con una obstinación y un método que denuncian las maniobras de una fuerza tenebrosa e irónica.

La historia se encuentra en sus comienzos, piensan algunos, olvidando que se trata de un fenómeno excepcional; necesariamente efímero, un lujo, un intermedio, un extravío...

Suscitándola, invirtiendo en ella su sustancia, el hombre se ha desgastado, reducido, debilitado. Mientras que se mantuvo cerca de sus orígenes, pudo resistir sin peligro; en cuanto se apartó de ellos por completo comenzó una aventura fatalmente breve: algunos milenios solamente... La historia, obra suya pero independiente ya de él, le consume, le devora, y acabará aplastándole. El hombre sucumbirá con ella, en un desastre último, justo castigo por tantas usurpaciones y locuras surgidas de la tentación del titanismo. La hazaña de Prometeo se halla comprometida para siempre. Habiendo violado las leyes no escritas, las únicas que importan, y rebasado las fronteras que le estaban asignadas, el hombre se ha elevado demasiado alto para no excitar la envidia de los dioses, quienes, decididos a vengarse, sólo esperan que la ocasión se presente.

Sabemos hoy que la consumación del proceso histórico es inexorable, aunque no podamos decir si será lenta o fulgurante. Todo indica que la humanidad rueda cuesta abajo, a pesar de sus logros, o a causa de ellos más bien. Si señalar el momento de apogeo de una civilización aislada resulta relativamente fácil, no ocurre lo mismo con el proceso histórico en su conjunto: ¿cuál fue su punto culminante, dónde situarlo?, ¿en los primeros siglos de Grecia, de la India, de China o en alguna época de Occidente? Imposible pronunciarse sin que salgan a relucir preferencias demasiado personales. Es obvio en todo caso que el hombre ha dado ya lo mejor de sí mismo y que, incluso si debiéramos presenciar el nacimiento de nuevas civilizaciones, ellas no serían equiparables a las antiguas, y ni siquiera a las modernas, sin contar con que no podrían sustraerse al contagio del final, que se ha convertido ya en una forma de obligación y de programa para todos.

Desde la prehistoria hasta nosotros y desde nosotros a la post-historia: ese es el camino hacia un gigantesco fiasco, preparado y anunciado por todas las épocas, incluso las de apogeo. Hasta los utopistas asimilan el devenir a un fracaso, puesto que inventan un reino que pretende escapar al devenir: su visión es la de otro tiempo dentro del tiempo... una especie de fracaso inagotable, no alterado por la temporalidad y superior a ella. Pero la historia, cuyo patrón es Arimán, desprecia semejantes divagaciones y aborrece la posibilidad de un paraíso, incluso malogrado -lo cual priva a las utopías de su objeto y de su razón de ser. Es revelador que tropecemos con la noción de paraíso en cuanto tratamos de comprender la naturaleza propia de la historia: no podemos entrever la originalidad de ésta sin referirnos a su antípoda; pues la historia aparece como una negación gradual, como un alejamiento progresivo de un estado primero, de un milagro inicial a la vez convencional y fascinante: kitsch a base de nostalgia...

Cuando esa progresión hacia el final culmine, la historia habrá alcanzado su "objetivo": nada quedará en ella que pueda recordar su punto de partida -cuyo eventual carácter de fábula poco importa. El paraíso, imaginable si acaso en el pasado, de ninguna manera podría serlo en el futuro; sin embargo, el hecho de que haya sido situado antes de la historia arroja sobre ésta una claridad devastadora, que suscita la cuestión de si no hubiera sido mejor que se quedara en estado de amenaza, de pura virtualidad.

Es menos urgente sondear el "porvenir", objeto de espanto sin más, que el final, lo que vendrá después... del "porvenir", cuando cese el tiempo histórico, equivalente a la aventura humana, y con él la procesión de naciones e imperios. Aliviado del peso de la historia y en el punto máximo de su agotamiento, el hombre, habiendo renunciado a su singularidad, no dispondrá más que de una conciencia vacía, sin nada que pueda llenarla de nuevo: un troglodita desengañado, un troglodita asqueado de todo. ¿Se reconciliará entonces con sus lejanos antepasados?, ¿aparecerá la post-historia como una versión agravada de la pre-historia? ¿Y cómo fijar la fisonomía de ese superviviente a quien el cataclismo hará retornar a las cavernas? ¿Qué hará frente a esos dos extremos, frente al intervalo que los separa, en el cual fue elaborada una herencia que rechaza? Liberado ya de todos los valores, de todas las ficciones que imperaron en ese lapso de tiempo, no podrá ni querrá, en su decrepitud lúcida, inventar otras. Así acabará el juego que había regulado hasta entonces la sucesión de las civilizaciones.

Tras tantas conquistas y hazañas de toda índole, el hombre comienza a quedarse anticuado. Merece todavía algún interés en la medida en que se encuentra acosado y acorralado y se hunde cada vez más. Si persevera es porque no tiene fuerzas para capitular, para interrumpir esa deserción hacia adelante que es la historia, dado que ha adquirido ya una especie de automatismo en el declive. Nunca sabremos con exactitud lo que se ha desgarrado en él, pero la desgarradura está ahí. Podría alegarse que estaba desde el principio. Probablemente, pero en ese caso apenas esbozada y el hombre, todavía fuerte, se adaptaba a ella sin dificultad. No era aún esta brecha abierta, resultado de un largo trabajo de autodestrucción, especialidad de un animal subversivo que, empeñado durante tanto tiempo en destruirlo todo, tenía que acabar aniquilándose a sí mismo. Subversión de sus fundamentos (que es en lo que acaba todo análisis, psicológico o de cualquier otra clase), de su "yo", de su estado de sujeto: sus rebeliones disimulan los golpes que a sí mismo se asesta. Lo que es indudable es que está herido en lo más profundo de su ser, podrido en sus raíces. Uno no se siente verdaderamente hombre más que cuando toma conciencia de esta podredumbre esencial, parcialmente encubierta hasta ahora, pero cada vez más perceptible, sobre todo desde que el hombre ha sacado a la luz sus propios secretos. A fuerza de volverse transparente a sí mismo no podrá ya emprender ni "crear" nada; será su clarividencia, la exterminación de su inocencia, lo que acabe con él. ¿Dónde podría encontrar aún la energía necesaria para perseverar en una obra que le exige un mínimo de frescura y obnubilación? Aunque a veces logre engañarse respecto a sí mismo, nada ya consigue engañarle acerca de la aventura humana. ¡Qué necedad sostener que el hombre no ha hecho más que comenzar! Escoria casi sobrenatural, se dirige hacia una condición límite: un sabio roído por la sabiduría...Podrido y gangrenado, como todos lo estamos, avanzando en masa hacia una confusión sin precedentes, en medio de la cual nos levantaremos unos contra otros como bobos convulsivos, como fantoches alucinados, pues, cuando todo haya llegado a ser imposible e irrespirable para todos, nadie se dignará vivir si no es para exterminar y exterminarse. El único frenesí del que seremos aún capaces será el frenesí del final. Después, una vez interpretados los papeles y abandonada la escena, alcanzaremos una forma suprema de estancamiento en la que podremos rumiar el epílogo a nuestras anchas.

"Fue en Roma, el 15 de octubre de 1764, escuchando en medio de las ruinas del Capitolio a unos monjes descalzos cantar vísperas en el templo de Júpiter, cuando se me ocurrió por primera vez la idea de escribir la historia de la decadencia y caída de esta ciudad".

Los imperios se acaban víctimas de la descomposición o de la catástrofe, o de ambas cosas a la vez. Lo mismo sucede con la humanidad en general; imaginemos a un futuro Gibbon meditando sobre lo que ésta ha sido, si es que queda algún historiador al cabo no de un ciclo sino de todos. ¿Cómo se las arreglaría para describir nuestros excesos, nuestras disponibilidades demoníacas, origen de nuestro dinamismo, dado que se encontraría rodeado de seres entregados a una santa inercia, llegados al término de un proceso de deterioro incalificable y liberados para siempre de la manía de afirmarse, de dejar trazas, de señalar su paso por aquí? ¿Podría comprender nuestra incapacidad para elaborar una visión estática del mundo y adaptarnos a ella, para emanciparnos de la idea y de la obsesión del acto? Lo que nos pierde o, mejor, lo que nos ha perdido es la sed de destino, de un destino cualquiera; y si esa enfermedad, clave del devenir histórico, nos ha destruido y reducido a nada, al mismo tiempo nos ha salvado, proporcionándonos el gusto de la caída, el deseo de un acontecimiento que supere a todos los acontecimientos, de un miedo superior a todos los miedos. Siendo la catástrofe la única solución y la posthistoria, en la hipótesis de que se produzca, la única salida, es legítimo preguntarse si a la humanidad, en el estado en que se encuentra, no le interesaría más eclipsarse ahora que extenuarse y apoltronarse en la espera, exponiéndose a una era de agonía en la que correría el riesgo de perder toda ambición, incluso la de desaparecer. 

Urgencia de lo peor

Todo permite presagiar que la historia acabará un día y con ella el ser, en detrimento del cual se ha edificado. Lo ha arrastrado fuera de sí mismo y asociado a sus convulsiones; constituye por tanto el terreno donde el ser no ha cesado de disgregarse y envilecerse.

Este drama, que ha repercutido en la historia desde el principio, ¿cómo podría no determinarla ahora que se acerca a su término?, ¿y cómo no iba a reflejarse en nosotros, testigos de una fiebre de epílogo que, confesémoslo, no nos disgusta demasiado? Estamos ávidos de lo peor, como los primeros cristianos. Pero ellos sufrieron una gran decepción pues lo peor, a pesar de los escritos de la época rebosantes de vaticinios, no ocurrió. Cuanto más se multiplicaban los presagios, como para apremiar a Dios y forzarle la mano, más se enredaba él, descompuesto e indeciso, en sus propios escrúpulos. En plena confusión los fieles tuvieron que rendirse a la evidencia: el nuevo advenimiento no se produciría; no había ni salvación ni condena eternas en perspectiva. En esas condiciones, ¿qué podían hacer si no esperar, entre la resignación y la esperanza, tiempos mejores, los tiempos del fin? Nosotros, más afortunados que ellos, disponemos de un final, lo tenemos a nuestro alcance, y no necesitamos ninguna intervención del cielo para precipitar su llegada. Por muy ineptos que seamos, parece poco probable que vayamos a desaprovechar semejante oportunidad.

Pero, ¿cómo hemos llegado a este punto? ¿En virtud de qué proceso nos hallamos ahora, después de tantos siglos tranquilizadores, a las puertas de una realidad que sólo el sarcasmo hace tolerable? Desde el Renacimiento, la humanidad no hace más que soslayar el sentido último de su recorrido, el principio nocivo que éste pone de manifiesto; obra de obnubilación a la que contribuyó de manera notable el Siglo de las Luces. En el XIX, la idolatría del Porvenir confirmó las ilusiones del precedente, y en una época tan desengañada como la nuestra, obstinadamente sigue exhibiendo sus promesas, aunque sean pocos quienes creen aún en ellas. No porque esa idolatría esté gastada, sino porque hoy no nos queda más remedio que minimizarla, que desdeñarla, por prudencia y por miedo, pues sabemos que es compatible con lo atroz, que incluso provocarlo puede suscitar la prosperidad con la misma facilidad que el horror. ¿Qué es lo que nosotros tenemos todavía en común con la ralea de los "ilustrados", con los maníacos de lo Posible, si toda teoría nueva, todo descubrimiento, nos hunde cada vez más? Los contemporáneos de Newton se extrañaban de que un espíritu de su temple se hubiera rebajado a comentar las visiones del Apóstol. Para nosotros, lo incomprensible sería no hacerlo y el científico que se negara a ello se granjearía nuestro desprecio; él no necesita insistir sobre dichas revelaciones, las vive a su manera y prepara una nueva versión despojada de pompa y de poesía, más convincente y eficaz por tanto que la antigua; de ella no consigue hablar sin embarazo, pues a fuerza de trabajarla y perfeccionarla, distingue sus contornos con extrema nitidez. Lo que le parece asombroso no es que el fin de los tiempos (un tópico a sus ojos) sea concebible, sino que tarde tanto en producirse; hace cuanto puede por ultimarlo, por acelerar su irrupción: ¿qué culpa tiene él si el final vacila y titubea? No menos impacientes, nosotros desearíamos también que llegara de una vez para poder librarnos de esta curiosidad que nos oprime. Según nuestro estado de ánimo, adelantamos o diferimos su fecha, mientras que, respirando en función de lo irrespirable, dilatándonos dentro de lo que nos ahoga, participamos ya con todos nuestros pensamientos, por muy luminosos que sean, de la noche en la cual zozobrarán.

Quizás esté próximo el día en que, incapaces de seguir soportando la masa de miedo que hemos acumulado, sucumbiremos a su peso agobiante. El fuego del cielo será entonces nuestro fuego y, para huir de él, nos precipitaremos hacia las profundidades de la tierra, lejos de un mundo desfigurado y expoliado por nosotros mismos. Y residiremos debajo de los muertos, envidiando su reposo y su beatitud, sus cráneos despreocupados, en reposo para siempre, sus esqueletos sosegados y modestos, por fin emancipados de la impertinencia de la sangre y de las reivindicaciones de la carne. Pululando en la oscuridad, conoceremos al menos la satisfacción de no tener que mirarnos de frente, la dicha de perder nuestros rostros.

Expuestos a las mismas tribulaciones y a los mismos peligros, seremos todos semejantes y sin embargo más extraños que nunca. ¿Para qué empeñarnos en eludir nuestro destino? No se trata de perder la esperanza de encontrar un final de repuesto; pero debería ser verosímil y contar con alguna posibilidad de realizarse. Siendo el hombre lo que es, ¿se puede admitir que se extinga en la calma de la decrepitud, en medio de las ventajas de la caducidad? Sin duda se pliega ya bajo el peso de los milenios, pero parece improbable que pueda soportar semejante carga hasta el final, hasta el agotamiento de sus fuerzas. Al contrario, todo permite creer que el lujo de la chochez le estará vedado, aunque sólo sea por el ritmo al que vive y por su inclinación a la desmesura. Orgulloso de sus dones, mortifica a la naturaleza, perturba su marasmo, creando un desbarajuste inmundo y trágico que acaba resultando insoportable.

Que se vaya cuanto antes es el deseo de la naturaleza, deseo que, si el hombre quisiera, podría satisfacer en el acto, librándola así de este sedicioso en quien hasta la sonrisa resulta subversiva, de este anti-vivo a quien abriga a la fuerza, de éste usurpador que le ha robado sus secretos para tiranizarla y deshonrarla. Pero él mismo ha caído, a causa de sus crímenes, en la esclavitud y la ignominia. Habiendo rebasado, con sus conocimientos y sus actos, los límites que tenía asignados, ha atentado contra los orígenes de su propio ser, contra su fondo primordial. Sus conquistas son obra de un traidor a la vida y a sí mismo. De ahí sus aires de culpable, su aspecto turbio, y ese remordimiento que intenta disimular mediante la insolencia y el ajetreo. Si se intoxica de ruido no es más que para escamotear la acusación que no podría evitar si reflexionara acerca de sí mismo. La creación reposaba en un estupor sagrado, en un admirable e inaudible gemido; sacudiéndola con su frenesí, con sus alaridos de monstruo acorralado, el hombre la ha hecho irreconocible, comprometiendo para siempre su paz. La desaparición del silencio debe considerarse como uno de los indicios anunciadores del fin. No son ya ni su impudicia ni sus excesos las razones por las que Babilonia la Grande merece hoy desmoronarse, sino su estruendo y su alboroto, las estridencias de su chatarra y de los energúmenos que no se hartan de ella. Ensañándose con los solitarios, esos últimos mártires, los persigue y tortura, interrumpe constantemente sus reflexiones y se infiltra como un virus sonoro en sus pensamientos para minarlos y desintegrarlos. Exasperados como están, es lógico que deseen verla derrumbarse sin demora, pues contamina además el espacio, mancilla como una nueva prostituta seres y paisajes, ahuyentando por todas partes a la pureza y el recogimiento. ¿Adónde ir? ¿Dónde quedarse?, ¿qué buscar aún en la algazara de un planeta babilonizado? Antes de que salte en pedazos, quienes más hayan sufrido en él, aquellos a quienes más haya atormentado podrán al fin vengarse: serán los únicos que bendigan el desenlace, que saboreen la interrupción de la barahúnda, ese breve y decisivo silencio que precede a las grandes catástrofes.

Cuanto más poder adquiere el hombre, más vulnerable resulta. Debería temer sobre todo el momento en que, enteramente yugulada la creación; festeje su triunfo, apoteosis fatal, victoria a la que no sobrevivirá. Lo más probable es que desaparezca antes de haber realizado todas sus ambiciones. Tan poderoso es ya que uno se pregunta por qué aspira a serlo aún más. Tanta insaciabilidad denuncia una miseria irremediable, un ocaso magistral. Las plantas y los animales llevan en sí mismos los signos de su salvación, igual que el hombre los de su perdición. Y ello es tan cierto de cada uno de nosotros como de la Especie entera, deslumbrada y abatida por el resplandor de lo Incurable; ella se perpetúa a través de las naciones, condenadas también a la servidumbre por el simple automatismo del devenir. Todas juntas no son en el fondo más que los desvíos que toma la historia para llegar al establecimiento de una tiranía de gran envergadura, de un imperio que abarcará todos los continentes. Dejarán de existir las fronteras, no habrá ya "otros lugares"... es decir, desaparecerá toda libertad, toda ilusión. 

Es significativo que el Libro del Fin fuera concebido en un momento en el que los hombres e incluso los dioses debían someterse a los caprichos de Roma. Cuando lo arbitrario degeneró en terror, a los oprimidos no les quedó más esperanza que la de ser liberados un día por un acontecimiento de dimensiones cósmicas, cuyas grandes líneas, e incluso los detalles, se pusieron a imaginar. En el imperio futuro, los desheredados procederán de igual manera; el estilo visionario, deliberadamente siniestro, suplantará a los demás estilos literarios; pero, al contrario que los primeros cristianos, ellos no detestarán al nuevo Nerón, se detestarán más bien a sí mismos a través de él, convirtiéndole en un ideal aborrecido, en el primero de los malditos, pues nadie tendrá la desfachatez de erigirse en elegido.

No habrá nuevo cielo ni nueva tierra, ni tampoco ángel para abrir el "pozo del abismo".

¿Acaso no poseemos nosotros mismos la llave? El abismo está en nosotros y fuera de nosotros, es el presentimiento de ayer, la interrogación de hoy, la certidumbre de mañana. La instauración y el desmembramiento del imperio futuro se efectuará en medio de conmociones sin precedentes. Hemos llegado a un punto en el que, aunque quisiéramos, nos resultaría imposible volver sobre nuestros pasos, en un sobresalto de sensatez. Tan virulenta es nuestra perversidad que nuestras reflexiones sobre ella, igual que nuestros esfuerzos por superarla, en lugar de atenuarla, la consolidan y agravan.

Predestinados a la desaparición, constituimos, en el drama de la creación, el episodio más espectacular y lamentable. Dado que en nosotros se ha despertado el mal que dormitaba en el resto de los seres vivos, nos toca condenarnos para que ellos puedan salvarse. Sus virtualidades de desgarramiento y de conflicto se han actualizado y concentrado en nosotros; les hemos liberado a expensas nuestras de los elementos funestos que en ellos yacían aletargados: acto de generosidad, sacrificio que hemos aceptado únicamente para arrepentirnos y amargarnos luego. Celosos de su inconsciencia, fundamento de su salvación, desearíamos ser como ellos y, rabiosos por no conseguirlo,meditamos sobre su ruina intentando por todos los medios interesarles en nuestras desgracias para poder descargarlas sobre ellos. Es a los animales a quienes odiamos sobre todo: ¡qué no daríamos por privarlos de su mutismo, por convertirlos al verbo, por imponerles la abyección de la palabra! Estándonos prohibido el encanto de la existencia irreflexiva, de la existencia como tal, no podemos tolerar que otros la gocen. Desertores de la inocencia, nos cebamos en quienes permanecen aún en ella, en los seres que, indiferentes a nuestra aventura, descansan en un torpor bendito. En cuanto a los dioses, ¿acaso no nos hemos sublevado contra ellos al ver que podían ser conscientes sin sufrir las consecuencias, mientras que para nosotros conciencia y naufragio se confunden? Hemos logrado comprender el secreto de su poder, pero no hemos podido descifrar el de su serenidad.

La venganza era inevitable: ¿cómo perdonarles que posean el saber sin estar expuestos a su maldición inherente? Desaparecidos los dioses, no hemos renunciado a la búsqueda de la felicidad: seguimos buscándola precisamente en lo que nos aleja de ella, en la conjunción del conocimiento y de la arrogancia, términos que a medida que se identifican borran los vestigios que conservábamos de nuestros orígenes. En cuanto fuimos desposeídos de la pasividad en la que tan confortablemente residíamos, nos precipitamos en el acto, sin ninguna posibilidad de liberarnos de él ni de recobrar nuestra verdadera patria. Si el acto nos ha corrompido, nosotros también hemos corrompido al acto: degradación recíproca de la que ha resultado ese desafío a la contemplación que es la historia, desafío inseparable de los acontecimientos y tan lamentable como ellos. Lo que en Patmos fue una visión, será realidad un día: percibiremos con nitidez el sol negro como un saco de crin, la luna de sangre, las estrellas cayendo como higos, el sol retirándose como un pergamino que se enrolla. Nuestra ansiedad repite la del Vidente, de quien nos hallamos más cerca que nuestros predecesores, incluidos los que han escrito sobre él, en particular Renan, quien tuvo la imprudencia de afirmar: "Sabemos que el fin del mundo no está tan cerca como creyeron los iluminados del siglo primero y que ese fin no será una catástrofe súbita. Sucederá a causa del frío, dentro de miles de siglos..." El Evangelista inculto vio más allá que su sabio comentarista, esclavo de las supersticiones científicas. No nos extrañemos, pues, de que a medida que remontamos hacia la antigüedad, encontremos mayor número de inquietudes parecidas a las nuestras. La filosofía tuvo en sus comienzos, más que el presentimiento, la intuición exacta del final, de la expiración del devenir. Heráclito, nuestro contemporáneo ideal, sabía ya que el fuego lo "juzgará" todo; preveía incluso una deflagración general al término de cada periodo cósmico, un cataclismo recurrente, corolario de toda concepción cíclica del tiempo. Menos audaces y exigentes, nosotros nos contentamos con un único final, pues carecemos del vigor necesario para concebir varios y soportarlos. Admitimos, eso sí, una pluralidad de civilizaciones, mundos que nacen y mueren; pero, ¿quién de nosotros aceptaría una repetición indefinida de la historia en su totalidad? Cada vez que un acontecimiento nos parece necesariamente irreversible, avanzamos un paso más hacia un desenlace único, según el ritmo del Progreso del que adoptamos el esquema y rechazamos, por supuesto, la palabrería. Sí, progresamos, galopamos incluso, hacia un desastre preciso, y no hacia una perfección mirífica. Cuanto más nos repugnan las mentiras de nuestros predecesores inmediatos, más próximos nos sentimos de los Orficos, para quienes el origen de las cosas se situaba en la Noche, o de un Empédocles, que confería al Odio virtudes cosmogónicas. Pero es una vez más con el filósofo de Efeso con quien estamos más de acuerdo, cuando nos asegura que el universo se encuentra gobernado por el rayo. Como la Razón ya no nos ciega, descubrimos por fin la otra cara del mundo y las tinieblas que en ella residen; si es absolutamente indispensable que una luz nos desvíe de ella, será sin duda la de algún relámpago definitivo.

Otro rasgo que nos emparenta con los presocráticos es la pasión por lo ineluctable, que ellos percibieron en la aurora de nuestra civilización, en su primer contacto con los elementos y los seres, cuyo espectáculo debió sumirles en un pavor maravillado. Al término de los siglos, concebimos esa pasión como la única forma de reconciliarnos con el hombre, con el horror que nos inspira. Resignados o hechizados, le vemos correr hacia lo que niega, estremecerse embriagado por su propio aniquilamiento. El pánico -su vicio, su razón de ser, el origen de su expansión, de su prosperidad nociva- se ha apoderado de él hasta tal punto, y tan íntimamente le define, que perecería si le privaran de él. Por sutiles que fueran los primeros filósofos, no podían adivinar que el universo moral plantearía problemas tan insolubles y aterradores como los del universo físico: el hombre, en la época en que ellos "florecían", no había mostrado aún todas sus capacidades... Nuestra ventaja sobre ellos es que hoy sabemos de lo que es capaz o, para ser más exactos, de lo que somos capaces. Pues ese pánico, estimulante y destructor a la vez, lo llevamos en nosotros, se graba en nuestras fisonomías, estalla en nuestros gestos, atraviesa nuestros huesos, revuelve nuestra sangre. Nuestras contorsiones, visibles o secretas, se las comunicamos al planeta, que tiembla como nosotros, sufre el contagio de nuestras crisis y nos vomita y maldice mientras lo invade la epilepsia.

Es lamentable que debamos afrontar la fase final del proceso histórico en un momento en el que, por haber liquidado nuestras viejas creencias, carecemos de disponibilidades metafísicas, de reservas sustanciales de absoluto. Sorprendidos por la agonía, desposeídos de todo, bordeamos la halagadora pesadilla vivida por quienes tuvieron el privilegio de encontrarse en el centro de un insigne desastre. Si poseyéramos a la vez el valor de mirar las cosas de frente y el de detener nuestra carrera, aunque sólo fuera un instante, esa tregua, esa pausa a escala del globo, bastaría para revelarnos la magnitud del precipicio que nos acecha: el terror que sentiríamos se convertiría rápidamente en plegaria o en lamentación, en convulsión salvadora.

Pero ya no podemos detenernos. Y si la idea de lo inexorable nos seduce y nos sostiene es porque contiene pese a todo un residuo metafísico y constituye la única abertura sobre una apariencia de absoluto de la que aún disponemos y que necesitamos para poder subsistir. Pero incluso este recurso podría faltarnos un día. Estaríamos entonces condenados, en el apogeo de nuestro vacío, a la vergüenza de un desgaste completo, lo cual sería peor que una catástrofe repentina, a fin de cuentas honorable y hasta prestigiosa. Seamos optimistas, apostemos por la catástrofe, más conforme a nuestro temperamento y a nuestros gustos. Y dando un paso más, supongamos que ya se ha producido,  tratémosla como un hecho consumado. Es muy probable que haya supervivientes, algunos afortunados que habrán tenido la suerte de contemplar su desencadenamiento y extraer la lección. Sin duda su primer deseo será abolir el recuerdo de la antigua humanidad, de todas las obras que la desacreditaron y hundieron. Ensañándose con las ciudades, querrán completar su ruina, borrar sus huellas. A sus ojos, un árbol raquítico tendrá más valor que un museo o un templo. No habrá escuelas; en su lugar, cursos de olvido y desaprendizaje en los que se exaltarán las virtudes de la distracción y las delicias de la amnesia. El asco que inspirará la imagen de cualquier libro, frívolo o grave, se extenderá al conjunto del Saber, del que se hablará con dificultad o espanto, como si se tratara de una obscenidad o de la peste. Meterse en filosofía, elaborar un sistema y creer en él, se considerará un sacrilegio, una provocación y una traición, una complicidad criminal con el pasado. Las herramientas serán execradas y nadie pensará en utilizarlas si no es para barrer los restos del mundo desmoronado.

Todo el mundo tratará de ajustar su conducta a la del vegetal en detrimento de los animales, a los que se reprochará que recuerden en ciertos aspectos la figura o las proezas del hombre; por la misma razón, los dioses no serán resucitados y menos aún los ídolos. Tan radical será el rechazo de la historia que se la condenará en bloque, sin piedad ni matices. Sucederá lo mismo con el tiempo, el cual será considerado como un lapsus o un desajuste.

De vuelta del delirio del acto, inmersos en la monotonía, los supervivientes se esforzarán por encontrarse a gusto en ella, con el fin de sustraerse a las tentaciones de lo nuevo.

Por las mañanas, recogidos y discretos, murmurarán anatemas contra las generaciones anteriores; no habrá entre ellos sentimientos sospechosos o sórdidos, no existirá el rencor ni el deseo de humillar o de eclipsar a nadie. Aunque todos serán libres e iguales, colocarán por encima de ellos a aquel que no haya conservado, ni en su vida ni en su pensamiento, ninguno de los vicios de la humanidad desaparecida. Y todos le venerarán hasta llegar a ser como él.

Pero acabemos ya con estas divagaciones, pues de nada sirve inventar un "intermedio consolador", fastidioso procedimiento de las escatologías. No porque no tengamos derecho a imaginar esa nueva humanidad transfigurada a su salida de lo horrible; pero, ¿quién nos dice que una vez alcanzado su objetivo no caerá en las miserias de la antigua?, ¿cómo creer que no se cansará de ser feliz o que podrá escapar a la atracción de la caída, a la tentación de desempeñar también ella un papel? El hastío en el paraíso suscitó en nuestro primer antepasado un apetito de abismo del que ha resultado este desfile de siglos cuyo final entrevemos ahora. Ese apetito, verdadera nostalgia del infierno, causaría también estragos en la raza que nos sucediera, haciéndola digna heredera de nuestros vicios. Renunciemos, pues, a las profecías, hipótesis frenéticas, impidamos que nos siga embaucando la imagen de un porvenir lejano e improbable, contentémonos con nuestras certidumbres, con nuestros abismos indudables.

Emil Cioran: Desgarradura

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