miércoles, 8 de junio de 2016

MIGUEL SERRANO: TRAYECTORIA DE UNA GENERACIÓN



Habida cuenta que en la web no se encuentran transcriptos de una manera legible y práctica los trabajos que el maestro Don Miguel Serrano plasmó en la revista dirigida y editada por él en Chile llamada “La Nueva Edad”, escritos éstos elaborados con el único fin de colaborar con el Nacionalsocialismo en plena segunda guerra mundial, esta redacción se ha tomado el trabajo militante de reproducirlos en un formato legible y ameno, para que todos los lectores y camaradas que así lo deseen puedan conocerlos y disfrutarlos en su integridad. En esta ocasión hemos transcripto un artículo publicado en el Número 8 de la revista mencionada fechada el 7 de Octubre de 1941. En lo sucesivo y en la medida de nuestras posibilidades, iremos publicando otros artículos en las mismas condiciones.
TRAYECTORIA DE UNA 

GENERACIÓN

Por Miguel Serrano

Podrá quizás considerarse prematuro hablar de una generación que aún no ha realizado nada y que ni siquiera ha desplazado a la anterior; pero es que, según parece, el destino de esta generación a la que pertenecemos ha sido permanecer en el umbral de los acontecimientos.

Es curiosa la situación de esta juventud que no ha cumplido, ni cumplirá ya, con la misión real, efectiva y material, de rechazar del espacio a los viejos, de arrebatarles el monopolio de la acción.

La ley que rige el cambio en la historia es la lucha de las generaciones. Lucha central, que supera a toda otra lucha, aún a la de clases de los últimos años. A través de esta renovación vital y orgánica, la historia aporta nuevas y profundas fuerzas, que emergen con su actual misión y con su nueva y distinta realidad. Es una lucha sorda, disimulada a veces, que tiene muchos matices y grandes incomprensiones. Dentro de la lucha de las generaciones se incluyen las revoluciones y las guerras. La guerra y el gran cambio del presente, se deben también a que hay un nuevo hombre en el mundo, que está sacrificándose para abrir un camino.

El mundo se mueve, el mundo cambia. Hay años, hay siglos, en que se logra un equilibrio aparente, en que el ansia se adormece y el hombre puede realizar con un ritmo normal su pequeño y fragmentado destino de individuo que pertenece a un determinado ciclo histórico. Se produce un aturdimiento y un olvido que puede llegar a confundirse con la felicidad. Pero, de pronto, y sin saber a menudo el por qué, todo se rompe, se desestructura y aparece en el mundo una generación distinta, y tanto, que no podrá realizar ya nada que no sea una revolución, que no podrá dar nada que no sea la vida, que estará condenada a ser profundamente infeliz con la grande, la enorme, infelicidad fundamental de la historia. Una generación que no podrá realizarse individualmente, que no podrá vivir siquiera la pequeña vida de costumbre y se lanzará a la muerte y a la guerra, para abrir con su sangre, con su trágico dolor, un nuevo camino de esperanza.

Es lo que acontece actualmente en Europa. La diferencia de las tierras y el destino que la fatalidad tiene reservado a los continentes (la fatalidad existe cuando el hombre no comprende, cuando al no tomar el timón va dejando que la historia se haga sola), también le ha deparado una trayectoria propia a la generación chilena.

Según nuestro modo de ver, la generación actual de Chile se encuentra casi sin salida, y es su historia de las más trágicas, pues pertenece a las generaciones sacrificadas. Por mucho que la prolonguemos imaginariamente en el tiempo, llegamos a la conclusión de que ya está acabada. Tratemos de comprender. ¿Qué es lo que ha hecho? ¿Qué ha dado? ¿Qué misión ha cumplido? Nada. Se ha agotado sola, luchando contra sí misma, dentro de su pecho, cara a cara con su propia fatalidad. En Europa hubo una guerra. Aquí nos consumimos solos, imaginando hace años grandezas que no pudieron realizarse. Es cierto que las vidas cortas se compensan en intensidad. Todo se ha soñado, se ha mirado, se ha visto y, a veces, hasta se ha vivido. Es por eso esta abundancia de jóvenes viejos, cansados en plena juventud. La ley natural de la vida se ha transtornado; pero se ha abierto para algunos la compensación dolorosa de ver la verdad definitiva.

Ante todas las cosas que hoy suceden, nosotros, los jóvenes si somos honrados, sólo tenemos que hacer una pregunta: ¿Quién ha tenido la culpa? Nada de esto lo hemos deseado, ninguno de los acontecimientos de hoy pueden tenernos como responsables. Al contrario, somos las víctimas.

Los que se encuentran entre los 20 o 30 años han podido comprobar que estaban desconectados del pasado. Este es un hecho real ante el cual no cabe un juicio positivo o negativo. ¿Quién de nosotros se siente heredero en espíritu y aún en sangre de las generaciones anteriores de Chile? Lo que aquéllas pensaron, lo que hicieron, nos parece extraño y no lo sentimos como cosa propia, familiar y comprensible. Aquellos seres pertenecían a otro mundo, del que no somos sus herederos.

La verdad es que siempre la historia de Chile nos pareció un poco distante y separada de nosotros. Aquellos héroes de antaño eran un poco exuberantes para nuestra psicología, y hemos ido a buscar glorias que emular en la profunda historia Europea. La verdad es ésta: nuestra generación nace desconectada del pasado. La historia de Chile está invertebrada. Las causas de este acontecimiento pueden ser también las que enunciábamos en nuestro artículo del número anterior de esta revista. En Chile hubo un gran terremoto psicológico que quebró el débil hilo que enlaza las generaciones entre sí. Es por esto que todos aquellos movimientos políticos que han ido a inspirarse en el pasado, tratando de resucitar sus glorias y enseñanzas, tienen algo de fabricado, que el alma aprehende sutilmente y que les hace imposible para el triunfo. Aquí también encuentra explicación la mística honda que despertó el Partido Comunista, que era algo nuevo, que no atendía para nada al pasado nacional, sino que más bien se inspiraba en la lejanía de un mundo distinto. Los guerreros de la independencia son, para nosotros, los jóvenes, un tanto extraños, los vemos abarrotados de gestos pomposos y de tropicalismos verbales. 

Personalmente no conozco a ningún muchacho de mi generación que sea muy fuerte en historia patria y que no sienta en lo íntimo un inconfesado desagrado al contemplar el excesivo manoseo presente de estas cosas, con las que se quiere impresionar el alma patriótica del Chile del presente. Todo aquello está bueno para los políticos del año 20; pero lo que es a nosotros nos deja fríos.

Es extraña esta generación chilena que nace invertebrada, que carece de tradición. Desde muy temprano ha empezado a buscar un punto de apoyo, como era justo. Se encontraba indefensa, abandonada, y esperaba, como es la ley, a que por lo menos los hombres anteriores les indicaran un camino. Aquéllos miraron a veces excesivamente hacia afuera. Fue en la generación anterior donde empezó a perderse el orgullo racial y el sentido del destino. Es así como hemos visto a muchos de los nuestros extraviarse adorando dioses externos y extraños, que se llamaban Francia, Inglaterra o Rusia. Ellos despreciaban a Chile y empezaban a afirmar que descendían de una cultura occidental milenaria y que éste país era inferior en raza y en espíritu. Pero ésta, desde luego, no era la misión que le estaba deparada a nuestra tragedia y sufrimiento.

Si nacimos desconectados del pasado, nuestra misión no era renegar, por ello, de la propia realidad, sino descubrir y crear un Chile completamente nuevo, tan distinto como nosotros, sin conexión con un pasado extraño y poco profundo.

Si hay desgracia y tristeza en no sentirse eslabón de una cadena inmediata, apoyado y acompañado por toda una tradición, hay en cambio la grandeza de no saberse restringido por ninguna norma y ningún prejuicio para poder escuchar lo más profundo del misterio de un 
mundo en germinación.

Este era nuestro deber. Por eso nuestra generación es una generación revolucionaria en el más estricto sentido del término. Tiene un sentido mesiánico de Chile y de los acontecimientos; pero también ha estado destinada a agotarse en el esfuerzo, pues que en el fracaso de sus vidas individuales sólo estará apta para el Apocalipsis y para que cuando llegue la hora de la realización efectiva del mundo mejor y más justo que ha soñado, sea barrida por inepta.

Es el caso típico de una generación sacrificada. Hace años, viajando por el Sur con un amigo, fuimos invitados, en un fundo a una ceremonia que tal vez fue algo lejano, robado a un pasado lleno de añoranzas y que, para nosotros, ya es romántico. Un matrimonio en el seno de una familia de campesinos. Los novios estaban con trajes típicos y la alegría estallaba en sus rostros; la paz, la serenidad fuerte de quien siente la seguridad de un futuro.

Cuando retornamos, yo miré a mi amigo; ambos marchábamos callados y tal vez un poco tristes. Sabíamos que todo aquello era como un sueño de un pasado remoto y  mejor, que nos estaba vedado ya. Aquellos jóvenes se incorporaban por el matrimonio al trabajo y a la paz de un organismo familiar en marcha, seguro y firme, no tenían que luchar a brazo partido con las imposibilidades, porque los padres y los antepasados se habían encargado de abrirles un camino y cobijarles severamente. El matrimonio, el amor, y la realización de un nuevo hogar no era para ellos un problema desesperado, sino algo previsto, económicamente resuelto y moralmente planteado. Todo los llevaba a él, fluyendo como la apacible y segura corriente de un río del Sur.

En cambio, nosotros nos encontramos solos, abandonados como el primer hombre que estuvo sobre el mundo; pero sin su fuerza primitiva que le hizo posible la construcción de los elementos de su vida, sino que como restos de un naufragio y de la decadencia de una pasado que se hizo añicos.

¿Quién de nosotros, los jóvenes actuales, podrá formar un hogar como la ley manda? ¿Quién se encuentra con un porvenir seguro, con un apoyo efectivo, con una situación económica y moral resuelta? ¿Quién no está un poco loco y desesperado? ¿Quién no se siente “out side”, fuera de la sociedad de los hombres, al margen mismo de la realidad, como un aventurero que golpea monótonamente sobre unas puertas que no se abren? ¿Y quién no intuye, a veces, que si se abrieran esas puertas y pudiéramos entrar, nos haríamos tal vez pedazos al contacto con la realidad, para la que no estamos constituidos?

El caso no es sólo en Chile. Hoy hay en el mundo una generación náufraga. Las causas en Europa son las mismas de aquí. Un viejo orden ha caído, se ha roto, y otro nuevo tiene que aparecer. En este momento de transición, los hombres que hoy existen están con un pie en un mundo que se hunde y con el otro en el mundo que emerge, sin pertenecer aún a ninguno de ellos.

En Sudamérica, donde hemos vivido de reflejos, las cosas podían haberse retardado, o evitado, con una verdadera comprensión. Sin embargo, es antes de la anterior guerra cuando  empieza en Chile la destrucción y la decadencia de la familia.

La familia es un organismo vivo que se incluye dentro de otro más vasto que es el Estado, el País. El hombre y la mujer, colocándose en sus respectivos sitios, cumplen con la misión de prolongarse en los hijos, a los cuales cobijan y abren un porvenir. El hijo necesita, hasta cierta edad, recibir una sensación de seguridad, de protección y de orden. Esto solamente puede producirse cuando el padre es el jefe del hogar y la madre es el fondo apacible, sereno como un lago. En los primeros años el hijo pertenece a la madre, que lo educa por contactos físicos, por la protección cariñosa, que es el amor maternal. Después pertenece al padre, en el que debe encontrar un severo ejemplo de moral, donde aprende a conocer el tesón del esfuerzo, que es siempre algo del espíritu. La familia, en el fondo, es una tradición moral; para que perdure y se mantenga no basta el dinero.

El derrumbe de la familia en Chile se produce, tal vez, debido a errores políticos y a nefastas intervenciones del imperialismo, a falta de rectitud y comprensión en los gobernantes, al centralismo politiquero, etc. Se quiebra esa organización base de la vida. En el pueblo, es la mujer la que empieza a trabajar el día entero, hasta enfermar mientras el hombre descarga la responsabilidad de sus hombros y se dedica a la bebida. En las otras clases también se trastocan las cosas. El padre ya no es el jefe del hogar, la madre carga con las responsabilidades, comienza el matriarcado. Los hijos empiezan a nacer huérfanos. Es un símbolo el aumento real de la orfandad en Chile. Por lo general es el padre el que falta. Y los hijos, educados sólo por las mujeres, acumulan neurosis futuras. Nuestra generación es en sí una generación huérfana y solitaria, aun cuando los padres vivan. El resultado de estos acontecimientos ha sido una generación sacrificada, que no sabe ni puede vivir, que ha hecho la guerra en Europa, que nació así porque tenía que hacer esta guerra; que en Chile deambula y siente la lejanía de una vida que no le pertenece. Hay quienes en la infancia conocieron días luminosos, agitados luego por la tragedia oscura que nadie pudo evitar y que lo destruyó todo. Marcharán por la vida buscando siempre aquello que perdieron, que al deslizarse y proyectarse puede transformarse en toda una concepción revolucionaria del mundo. Existen también los otros, los que triunfan rabiosamente, amargamente, en forma despiadada, como el Ciudadano Kane y que mueren diciendo “Rosebut”, palabra que simboliza la infancia truncada.

En Chile, con la decadencia de la familia y el hundimiento definitivo del país, aparece esta generación a la que pertenecemos. Sería sencillo afirmar que la causa del acontecimiento de una generación desarraigada se debe únicamente a la desorganización fundamental de la estructura de Chile y de la familia chilena en particular; pero la cosa es más compleja, pues nunca se sabe en forma clara dónde estuvo la primera causa y así todo queda envuelto en el velo de la fatalidad.

Ya en Europa algunos escritores se preguntaron, a su debido tiempo, a qué podía obedecer el que de pronto en el seno de una familia de cualquier clase social aparezca un soñador, que no continuaría la estirpe y que apreciado desde este ángulo, es un producto decadente de la rama.

Volviendo al caso de estos jóvenes que perdieron su infancia junto con la posibilidad de perfección individual, son los mismos que andarán buscando la perfección del mundo, porque la perdieron en sus propias vidas.

Pero la cosa queda mejor dicha de esta otra manera: Desde que el mundo se hizo imperfecto y no le ofreció al hombre la posibilidad de su realización, éste busca y sufre. Cuando se logran equilibrios pasajeros, como el de la familia burguesa, por ejemplo, le es dado al hombre aturdirse y olvidar la infelicidad fundamental de la historia. En el instante en que se rompe el equilibrio familiar y un orden se derrumba, la generación víctima, los  jóvenes  sacrificados, vuelven a experimentar la angustia de los náufragos eternos.

No tenemos la culpa de lo que somos. Los que hoy en Chile se encuentran entre los 20 y 30 años, saben que todo se confabuló en su contra. No se poseía nada en común con el pasado. Por eso, algunos, desde el fondo de su generación espontánea, atendiendo a voces más distantes, que venían desde el fondo de una patria indescubierta, han sacado a la luz la imagen de un Chile nuevo y diferente, que podrá ser tal vez el de los años futuros, para los hombres del mañana.

Todas las imposibilidades se acumularon junto a la actual generación. Miremos a esos muchachos perdidos en el fondo de su tragedia moral, marchando por los bares, sin un horizonte, con el peso de su miseria sexual a cuesta, o luchando contra la imposibilidad económica, que los cerca y destruye. ¿Quién de ellos puede formar un hogar? Algunos lo han intentado, pero ¿y después? Un amigo me decía: “Todo es tan difícil y trágico hoy, que cuando parece que ya se ha logrado la solución y se ha conquistado lo se desea, nace un hijo fenómeno”

Ciertamente que no se puede generalizar y que nos referimos en particular a una parte, la más intelectual de una generación, la que mayormente hemos conocido, y que aún en la producción literaria se ha demostrado estéril, o con una obra fijada en la infancia, que en Chile quedará más bien como un documento de lo que estamos afirmando. Pero, recordando a cualquiera de aquellos amigos nuestros de los años anteriores, si proyectamos sus vidas con la imaginación a través del tiempo, aún desde su aparente solución actual, los vemos profundamente desgraciados.

Spengler decía: “Nadie que viva hoy en cualquier parte del mundo será felíz”.

Nosotros preguntamos también a los otros, a todos aquellos que no conocemos: “¿Es vuestra vida de hoy tan grande o tan hermosa como alguna vez pensasteis que pudiera ser? Si soñasteis en vuestra adolescencia, junto a un árbol de esta tierra sudamericana, a pleno campo, a pleno viento y a pleno corazón ¿encuentras que tu sueño se ha cumplido, que la realidad te dio los medios de realizarlo?

Las desilusiones han sido también políticas: como se tenía aspiraciones se fue a la lucha y se les “utilizó”. El odio de las generaciones estalla en el fondo del pecho de los nuestros, que ya sólo sirven para hacer la gran revolución, de donde también serán barridos en el momento oportuno.

Qué lejanos se ven aquellos años de nuestros estudios en los liceos, en donde se  nos obligaba a aprender algo que no nos interesaba. Eran tiempos apacibles.

La historia sigue su curso y los políticos no comprenden aún en Chile que sus errores fueron graves al extremo de destruir la estructura orgánica de la vida, siendo ellos los culpables en parte de que hoy exista una generación imposibilitada, que tiene el justo derecho a gritarles su odio enorme.

Pero la cosa va más lejos:

Un viejo orden se derrumba y una Nueva Edad emerge del fondo de la sangre.

Mientras tanto, hay una generación náufraga en todo el mundo, generación que ya no puede vivir tranquilamente como antes, sino que debe comprender que su destino es el de los aventureros y de los piratas que marchan al abordaje, con el cuchillo entre los dientes.  Este hombre debe pasar por sobre todo los lazos, por sobre todas las lágrimas, siempre listo, con la bayoneta calada, sordo a las viejas voces, pronto para matar y para ofrecer la vida. Es la única forma de no anularnos, porque es el destino que se nos ha deparado. No habrá mujer capaz de detenernos ni lastre antiguo que nos amarre, somos sordos, somos ciegos y se debe tener cuidado con nosotros porque estamos prontos a saltaros encima en los caminos.

La amargura se guardará bajo siete llaves y el mundo cambiará profundamente, porque nosotros así lo deseamos.

Es de este modo como de nuevo en el mundo la insatisfacción personal se topa con la profunda de la historia. Y es así como hoy la guerra en Europa, hecha por insatisfechos personales, podría ser conectada a la insatisfacción fundamental, raíz de la historia, y liquidada para siempre y por fin, por el genio y la comprensión de un hombre que sufre y ve.


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