domingo, 12 de junio de 2016

UNMUNDISMO Y OCCIDENTE

Los valores actualmente predominantes
(xenofilia, cosmopolitismo, individualismo narcisista,
humanitarismo, economía burguesa, hedonismo,
homofilia, permisivismo, etc.) son en realidad
anti-valores  – valores de debilidad desvirilizadora
ya que agotan las energías vitales de una civilización
y debilitan sus capacidades defensivas o afirmativas.
Guillaume Faye
Por: Denés Martós

La idea de un mundo unificado, de un solo gobierno, un solo Estado y de una sola gran nación abarcando a todos los seres humanos por igual, es una vieja concepción utópica del liberalismo. Ha estado presente tanto en la – hoy ya algo olvidada – consigna comunista del "proletarios del mundo uníos", como en la – todavía vigente – idea capitalista de la "globalización". La idea del cosmopolitismo, otrora alimentada y desarrollada en muchas de las logias masónicas, es otro elemento más tendiente a demostrar la raíz liberal común del capitalismo y del comunismo que subrayan pensadores como, entre otros, Alain de Benoist o Alexander Dugin.

Fueron necesarias las dos grandes Guerras Mundiales para que los intelectuales cosmopolitas se terminaran convenciendo de que – si no conseguían romper los lazos que unen a los seres humanos con la nación, la religión, la familia y las normas morales – jamás podrían realizar su utopía del mundo unificado en un solo Estado para gobernar una humanidad idealmente unida e igualitaria.

Por eso es que, luego del derrumbe soviético, la narrativa intelectual de los liberales de "izquierda" y de los liberales de "derecha" se concentró en tratar de convencernos a todos de que la mezcolanza de naciones, minorías étnicas, religiones y culturas es algo decididamente bueno y digno de ser promovido. De allí nace el concepto polcorrecto de la humanidad actual como subdividida tan solo por "mandatos culturales". Algo supuestamente lamentable ya que la "alteridad" u "otredad" sería siempre buena y ventajosa porque se la considera superior a la identidad, desde el momento en que es nueva y porque se presume que representa una oportunidad para todos nosotros.

La raíz de este criterio se puede rastrear hasta la llamada escuela de Frankfurt, siendo Herbert Marcuse uno de sus exponentes principales. Destacada figura intelectual de la generación beatnik del '68, que fue la primera en adoptar sus tesis, Marcuse recurrió a todos los argumentos posibles para tratar de demostrar que la disolución en el Otro significa la realización plena del propio Yo, por lo cual dicha disolución es algo positivo desde el momento en que nos libera de las restricciones que supuestamente nos obstaculizan. Se hace bastante obvio, que siguiendo este pensamiento hasta el final, las consecuencias implicarían el divorcio del Hombre de Occidente de las tradiciones sociales básicas de su propia cultura. Tradiciones que le ponen límites pero que al mismo tiempo garantizan la existencia y la buena articulación de entidades sociales básicas tales como la familia, la religión o la identidad nacional.

Si el individuo se desvincula de su comunidad y se integra en forma deliberada y exclusivamente individual a diferentes grupos que él mismo elige de acuerdo a sus caprichos o a las posibilidades del momento, lo que sucede es que se vuelve ciudadano del mundo. Será un cosmopolita que hará suyo el apotegma del "ubi bene, ibi patria", que se abrirá en todas las direcciones y se relacionará con la misma actitud curiosa y tolerante con todas las culturas, todas las religiones, todas las naciones y todas las civilizaciones. Sin embargo, aun cuando se niegue a confesarlo, su relación con todas las estructuras mencionadas será siempre externa. Afirmará convencido su "ubi bene, ibi patria" pero la verdad es que terminará desarraigado en todas partes por la sencilla razón de que renunció a la única patria que tenía y que podía tener. Podrá conectarse con todo, podrá participar de procesos y hasta podrá lograr placer y prosperidad, pero nunca podrá dejar de ser un observador externo; quizás un participante, pero "de afuera".

Como se ha dicho en muchas oportunidades: la patria, al igual que los padres, no es algo que se elige; es algo que se acepta.

Mental y racionalmente el individuo podrá simpatizar con otras culturas o subculturas, pero le será imposible integrarse a ellas emocionalmente. En consecuencia no asumirá responsabilidades sustanciales y, si aparece alguna otra cosa que pica su curiosidad, simplemente dará un paso al costado y se dedicará a tratar de descubrir la belleza en otras "alteridades".

Cuando es sincero, el ciudadano universal, el cosmopolita, está realmente interesado en el mundo y en la humanidad. Pero no asume responsabilidad alguna por su entorno inmediato y la comunidad concreta no puede contar con él en el largo plazo porque sus decisiones son exclusivamente racionales. No hay en ellas pasión ni entusiasmo y sin una fuerte componente de emocionalidad no existe tampoco un vínculo permanente; solo existe un escudriñar desde el exterior.

Lo que hay que entender es que la filosofía de la escuela de Frankfurt no fue casual. Nació de la desilusión que sufrieron en el Siglo XX las élites políticas internacionalistas por el comportamiento de los seres humanos concretos durante y después de las dos Guerras Mundiales. Porque resulta que en ninguna de las dos ocasiones los proletarios del mundo estuvieron dispuestos a unirse. Tanto de un lado como del otro de las trincheras, proletarios y burgueses combatieron juntos defendiendo la integridad de sus patrias, incluso en situaciones desesperadas. El conflicto bélico en ningún caso pudo ser convertido en una lucha de clases.

Fue la influencia de las dos Guerras Mundiales la que hizo comprender a las élites internacionalistas que la destrucción de los vínculos que unen a la persona con su nación, su religión, su familia, sus normas morales y su comunidad concreta, constituye la condición necesaria para una globalización cultural y política que trascienda la globalización económica.

A esto se agrega la tesis – básicamente correcta – de Gramsci en cuanto a que la revolución cultural siempre precede a la revolución política. Caída la URSS quedó demostrado que la tesis opuesta de Lenin, en cuanto a que la revolución cultural sobrevendría luego de la toma del poder por parte del proletariado, no era sustentable. Con ello el liberalismo de izquierda dejó a un lado el tradicional marxismo-leninismo y adoptó la tesis de Gramsci, ocasionalmente con una revalorización de las teorías de Trotzki.

Si bien actualmente los medios nos inundan con noticias sobre batallas políticas y militares, la batalla principal en estos momentos es más bien cultural. El plan de inundar el continente europeo con elementos islámicos básicamente inasimilables es una apuesta a disolver lo poco que queda de la cultura occidental en Europa. Es el intento de destruir lo poco que ha sobrevivido al infierno de dos Guerras Mundiales y a la desintegradora decadencia hedonista de la sociedad de consumo.

Frente a todo esto, personalmente quisiera creer que todavía estamos a tiempo. Por lo menos a tiempo para dar una buena batalla. Porque si la batalla principal es cultural, gracias a la tecnología tenemos por suerte bastantes herramientas que pueden llegar a convertirse en armas eficaces. Y si los bastiones atacados son la nación, la familia, el cristianismo, las normas morales y la estructura natural de la comunidad occidental, pues entonces está en nosotros – y solo en nosotros – poner lo que hay que poner para defender esos bastiones con éxito.

Si lo logramos, habremos conseguido rescatar a Occidente.

Si no lo logramos, tengamos en cuenta lo que podemos aprender de la decadencia de Roma.

Denes Martos

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