martes, 27 de marzo de 2018

FALSOS DIAGNÓSTICOS Y SUS MORTÍFEROS TRATAMIENTOS


Por Francisco Llinares Coloma

El diagnóstico es algo común en todas las escuelas de medicina, incluidas las de medicina natural. El problema del diagnóstico es que no es una técnica, es un arte. Como hace más de 50 años que vamos muy escasos de artistas que sepan hacer un diagnóstico, el arte de diagnosticar ha tenido que ser devaluado hasta llegar a ser una cadena de montaje de un proceso industrial para fabricar enfermos.

Paradójicamente, la gente está convencida de que cuanto más caro sea un producto es mejor. Cree a pies juntillas que una máquina que vale varios millones hará un diagnóstico certero, exacto, detallado y con precisión milimétrica. Desgraciadamente, todo eso es falso. La Capilla Sixtina no la podría pintar una máquina. El Requiem de Mozart tampoco lo hubiera podido componer una máquina.

Con la técnica se pueden hacer fotocopias de cuadros famosos, pero no crear obras de arte nuevas. Y cada diagnóstico es una obra de arte única e irrepetible. Ya lo decía Hipócrates, el que sólo sabe medicina, ni medicina sabe. Alguien que tenga que hacer un diagnóstico debe tener en cuenta decenas de cosas: los síntomas; con qué nivel funciona cada uno de los órganos del enfermo; si tiene una microbiota rica, o pobre y arrasada; qué tipo de alimentación hace el enfermo; que suplementos o probióticos toma; si sufre estreñimiento o diarrea; qué pH tiene su orina; su presión arterial; sus niveles de glucosa; si duerme bien por las noches; si tiene problemas familiares o laborales; si sufre ansiedad, estrés o se agobia con facilidad; hay que saber todas las drogas que toma, tanto legales como ilegales; si lleva o ha llevado amalgamas de mercurio; si hace deporte; si vive feliz o amargado; si tiene rencor, deseos de venganza, envidia, avaricia, es iracundo o tiene cualquier otro defecto infantil; si es religioso, creyente, ateo, fanático o pasota; si dice la verdad o miente como un bellaco, etc., etc.

Todo lo dicho en el párrafo anterior tendrá que complementarse con el entorno del enfermo: contaminación del aire, tóxicos en el trabajo, disruptores endocrinos, productos de aseo y limpieza que usa en su cuerpo y en su hogar, ventilación y orientación solar de su vivienda, vacunas y medicamentos que le hayan enchufado, cirugías que haya tenido, cuántas veces le han metido anestesia, si tiene empastes o endodoncias, contaminación electromagnética de su casa y trabajo, si usa wifi, cuántos minutos habla por el móvil, etc.

Los resultados de todas esas incógnitas se introducirán en el cerebro del artista diagnosticador, que las procesará junto con los millones de datos que dispone sobre la historia de las enfermedades de la especie humana en los últimos mil años. Pero todo ello no sería suficiente sin la intuición refinada del que tiene que diagnosticar, que habrá incorporado inconscientemente datos sobre el tono del color de la piel del enfermo, la tersura del cuerpo, el brillo de la mirada, el tono de voz, la vitalidad del enfermo, su disposición y ganas de recuperar la salud, si tiene moral de victoria o ya está derrotado, etc.

Con todo lo anterior, el artista llegará a un diagnóstico único de ese individuo, en vez de etiquetarlo con una etiqueta grupal que lo clasifica como miembro de un colectivo que tiene la misma enfermedad, y que tiene que recibir el tratamiento que hay al dorso de dicha etiqueta sin ninguna variación.

Con todo lo dicho se llega a la famosa frase de algunas escuelas de medicina natural que dice: no hay enfermedades, sino enfermos. Y yo que tengo el imperdonable vicio de razonar, me pregunto: ¿si no hay enfermedades, para qué perder el tiempo diagnosticando? Y llego a la conclusión de que diagnosticar es inútil, suele salir caro, es incómodo, se pierde mucho tiempo y, sobre todo, es muy peligroso.

Voy a enumerar los motivos por los que hacer un diagnóstico no es una buena idea:

1 – El peligro más grande de un diagnóstico con sus diabólicas consecuencias y que podemos ver muy a menudo es… que el diagnóstico sea erróneo. Este peligro está perfectamente comprobado en el estudio que demuestra que los errores médicos y sus tratamientos son la tercera causa de muerte.
Los que han hecho el estudio, curiosamente, no han tenido en cuenta que las causas de muerte que van por delante, han aumentado exponencialmente debido a los falsos diagnósticos con sus mortíferos tratamientos. Por tanto, si se sacan las cuentas limpiamente, los errores médicos, con sus tratamientos que no venían al caso, son la primera causa de muerte a nivel mundial.

2 – Los riesgos de las pruebas y analíticas. Hoy en día, cualquiera que vaya al médico acaba perforado como un libro escrito en braille. Sacar sangre, hacer biopsias, colonoscopias, mamografías, radiografías, TACs con sus peligrosos contrastes, meter material radiactivo en el cuerpo para hacer imbecilidades, punciones lumbares, y otras decenas de sandeces de todos conocidas, os garantizo que no son buenas para la salud. Si además son innecesarias, el ratio riesgo/beneficio se dispara a niveles intolerables.

Muchas de esas pruebas, repetidas a lo largo del tiempo, acaban produciendo enfermedades graves que nunca se hubieran tenido quedándose en casa leyendo novelas del oeste.

3 – En todas esas pruebas, se busca que la persona se encuadre dentro de los niveles estándar designados por las “autoridades sanitarias”. Los gordos, delgados, jóvenes, jubilados, jugadores de baloncesto o enanos de circo, todos tienen que cuadrar a martillazos para que entren dentro de los niveles propuestos en las tablas que indican la “normalidad”. El problema es que lo que dicen normalidad no es la salud, sino el promedio de gente enferma. Si a mi edad todos tienen la presión arterial al 14, si yo la tengo al 11 me dicen que la tengo baja. Cuando la realidad es que yo la tengo bien, son todos los otros los que la tienen alta.

Me parto de risa cuando le oigo recetar a un médico algo para “mejorar la analítica”. O sea, la salud del enfermo es un factor secundario, lo realmente importante es cuadrar los niveles a martillazos para que entren dentro de los cánones establecidos. Ese proceder es lógico si se piensa que es una cadena de montaje de una fábrica de enfermos, de la que todos deben salir homologados o muertos. El término medio no se admite.

4 – Otro peligro grave es el sobrediagnóstico. Se diagnostican y se tratan pequeñeces sin importancia que no podían producir ningún daño. En cambio, los efectos secundarios del tratamiento acercan a la gente al cementerio. También se tratan cosas pasajeras que al mes siguiente hubieran desaparecido sin hacer nada, llenando el cuerpo de productos tóxicos inútilmente como si fuera un estercolero.

5 – Para terminar, la estadística dice que el 40% de la gente que entra a un hospital sale con algo que no tenía. Lo peor son las más de 2.000 personas al año que mueren debido a infecciones hospitalarias resistentes a los antibióticos. Con plata coloidal se hubieran salvado, pero en los hospitales no se rebajan a esas tonterías. Mejor que mueran dos mil que admitir que hay cosas gratuitas mejores que los antivida y sin los graves efectos secundarios.

Después de todo esto me reafirmo en la novedosa idea, nunca puesta en práctica por ninguna escuela de medicina en toda la historia, que no hace falta diagnosticar. Es un paso innecesario y que no aporta nada cuando lo que se trata es de recuperar la salud.

Me apoyo en otra famosa frase que dice: sólo cura la naturaleza. Y es radicalmente cierta. Ni los médicos, ni las medicinas, ni las plantas medicinales, ni los chamanes, ni los brebajes y encantamientos para el mal de ojo curan a nadie. Es el mismo cuerpo el que restaura la salud cuando se le da la ocasión y no se le molesta.

El cuerpo de todos los animales, incluidos los más brutos con dos patas, ha restablecido la salud durante millones de años a todos los seres vivos. Esto viene ocurriendo unos millones de años antes de que hubiera médicos, libros, se conocieran las plantas medicinales o existiera algún artista capaz de diagnosticar con fiabilidad. La sabiduría atemporal de todos los organismos es capaz de restablecer la salud en las circunstancias más desfavorables, sin ayuda de nadie.

Ver actuar al cuerpo desde la barrera sin intervenir y, mucho menos, molestarlo, es un espectáculo grandioso. Hace las cosas con una precisión que se basa en las circunstancias, empleando una exquisita sencillez y economía de recursos.

Cuando el cuerpo está dedicado a restablecer la salud, no hay que hacer absolutamente nada salvo lo que el mismo cuerpo pida a través de los instintos, que debe estar limitado a cosas muy sencillas y naturales. 

Pongamos ejemplos:

Si se tiene frío, hay que abrigarse. Si se tiene calor, hay que refrescarse con compresas húmedas y ropa ligera. Si se tiene sed, se bebe. Se come sólo cuando se tiene hambre. Como hay gente que no distingue la verdadera sensación de hambre, hay algo que no falla nunca: si un enfermo quiere comer, para saber si tiene hambre, hay que darle algo sano que normalmente no le gusta. Si se lo come, es que tenía hambre de verdad. Si no tiene hambre, no pasa nada, es que su cuerpo está limpiando y no quiere distraerse con cosas menos importantes. Cuando necesite comer ya vendrá el hambre. Si se ha estado varios días sin comer, para reiniciar la alimentación sólida hay que hacerlo progresivamente, cuantos más días sin comer, más progresiva.

Para todos los enfermos va bien el mismo tipo de alimentación con pocas variaciones. Cereales integrales. Aceite de oliva y de girasol prensado en frío. Semillas oleaginosas variadas, todas en crudo, obligatorio las pipas de girasol, el lino, el sésamo, almendras y nueces. Medio kilo al día como mínimo de verduras variadas en crudo. Un par de kilos de frutas maduras de estación al día, comidas o en zumos, lógicamente en crudo. Si se tiene que endulzar algo, se usa un poco de miel o stevia. Todo ello sin cometer incompatibilidades. Para beber y guisar, agua destilada. Muy recomendable col fermentada hecha en casa y agua de mar.

Los que tengan enfermedades autoinmunes tienen que prescindir del gluten.

Los que estén intoxicados con algún veneno o metal pesado, tendrán que hacer lo necesario para sacar los tóxicos del cuerpo.

En algunos casos habrá que hacer ayuno.

Obviamente, no se puede comer nada que no esté escrito, por muy sano, medicinal y milagroso que parezca. Quiero recalcar que los medicamentos no están escritos, porque hay personas que por inercia creen que hay que tomarlos junto con cualquier dieta.

Para ayudar al cuerpo, además de hacer una vida sana, con algo de ejercicio adecuado a cada persona, hay que dejar de hacer tonterías infantiles como enfadarse, estresarse, querer tener razón, discutir con cualquiera, albergar conflictos emocionales, guardar rencor, y todas esas cosas absurdas que pavimentan el alma humana.

Acabo de liberar a la especie humana de las cadenas del diagnóstico. Cuantas menos cosas se hagan, menos posibilidades de equivocarse o hacerlas mal. Lógicamente, este invento no le interesa a nadie, porque si no se necesita al “experto en algo” se acaba el negocio. Y la salud no es rentable, sólo lo es la enfermedad.

Escrito por el naturópata Francisco Llinares Coloma bajo el título "El Diagnóstico" en "Escuela de Salud"

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