viernes, 2 de marzo de 2012

“HAY QUE ARROJAR AL MAR TODAS LAS ESTATUAS DE SAN MARTÍN, O’HIGGINS Y BOLÍVAR”

PINTADAS
Pocos días atrás se cumplieron 42 años de la Operación Cóndor en las Islas Malvinas y, como sucede desde hace décadas, el aniversario fue totalmente  ignorado en los grandes diarios, radios y canales de televisión de  Argentina.
Los medios de comunicación, más ocupados en comentar temas derivados del  exitoso programa filantrópico Bailando por un sueño –un educativo compendio  de nalgas movedizas, senos descomunales, enanos cantores, salivazos y  recomendaciones prácticas de sexo oral– no le dedicaron una sola línea  impresa o un minuto al aire a la pequeña gran gesta patriótica del 28 de  septiembre de 1966, cuando 18 jóvenes desviaron un avión de Aerolíneas  Argentinas hacia las Malvinas para reivindicar la soberanía nacional en el  archipiélago sur.
El acontecimiento, sin embargo, fue decisivo en su momento para que uno de  los más renombrados pensadores británicos contemporáneos se lamentara de que  el nacionalismo se hubiera convertido en “una religión más potente que el  cristianismo” y no vacilara en recomendar a los hispanoamericanos que  “arrojaran al mar” todas las estatuas de José de San Martín, Bernardo O’Higgins  y Simón Bolívar.
El exabrupto figura en el libro Entre el Maule y el Amazonas, publicado en 1967 por Oxford University Press. Su autor es el filósofo e historiador Arnold Toynbee, quien obtuvo renombre internacional con Estudio de la  historia, doce volúmenes que le demandaron 27 años de trabajo. Toynbee (1889-1975), graduado en Oxford, profesor en Cambridge y director  del Real Instituto de Relaciones Internacionales, recorrió 11 países  iberoamericanos en 1966 y era huésped del régimen militar del general Juan  Carlos Onganía cuando se produjo el secuestro aéreo.
El presidente de facto, como muchos de sus camaradas del arma de caballería, se mantenía a cautelosa distancia de bibliotecas y librerías. Sus  esporádicos golpes de mano en territorio impreso se reducían a revistas  sobre perros de raza y caballos de polo, pero un par de asesores civiles  habían dedicado 20 minutos a explicarle quién era el historiador británico. De regreso a Londres, Toynbee escribió en un capítulo titulado “¿Falkland o  Malvinas?”: “Me encontraba en Córdoba, Argentina, en momentos en que un “comando”  secuestró en vuelo un avión obligándolo a aterrizar en las Islas Falkland, y  cuando la noticia de esta actuación melodramática fue seguida por las  informaciones de los ataques a la embajada británica en Buenos Aires y al consulado británico en Rosario.“Como era de esperarse, tanto el gobierno argentino como el británico se  condujeron con una prudencia ejemplar y –lo que es más importante– con  recíproca comprensión y buena voluntad. La contrariedad del gobierno  argentino por la inconducta de un puñado de jóvenes ciudadanos argentinos  fue bastante natural. Bajo la capa de gestos aparentemente patrióticos, los  participantes en la escapada del comando y los más serios transgresores que  efectuaron los disparos, estaban buscando en realidad crear dificultades a su propio gobierno, saboteando tal vez su intento de llegar a un acuerdo en  la prolongada disputa sobre las islas. La acción de los saboteadores fue, en  consecuencia, muy censurada no sólo por el gobierno sino también por el  periodismo responsable. Sin embargo, [...] tanto la prensa como el gobierno, enfatizaron de todas maneras el hecho de que todos los argentinos estaban de  acuerdo en sostener que las islas eran legalmente suyas, que el reclamo  británico sobre ellas no tenía valor alguno y que la ocupación británica de  las islas es, en consecuencia, una usurpación ilegítima”. Especializado en la civilización griega, el despiste de Toynbee sobre temas  americanos es tan imponente como el Partenón. ¿Cuál era en ese momento el   “reclamo británico” sobre las Malvinas? ¿Qué usurpación no es ilegítima? En  lo único que acierta es en la censura, por parte de lo que él denomina “periodismo responsable”, a la operación patriótica. Más de cuatro décadas  después, ese tipo de periodismo continúa ignorando la Operación Cóndor. Pero las reflexiones de Toynbee van mucho más allá de este episodio. Al  final de Entre el Maule y el Amazonas, en el capítulo titulado “¿Hacia la  integración latinoamericana?”, el historiador perpetra una sorprendente  recomendación: “En algunos países latinoamericanos, los libertadores nacionales del siglo  XIX son ahora venerados como héroes; se los reverencia como verdaderos dioses. El nacionalismo, en verdad, se ha convertido en una religión más  potente que el cristianismo. “Cuando se visitan los templos del nacionalismo, se ven procesiones de niños de escuela guiados por sus maestros para ser adoctrinados. Si este adoctrinamiento no se contrarresta con la inculcación de una lealtad algo  menos estrecha, estos niños crecerán como nacionalistas incorregibles. Se resistirán al llamado para la integración regional, para no hablar del  llamado a la unidad en una escala mundial.  “Si yo fuera un integracionista latinoamericano, mi primer paso sería  arrojar todas las estatuas de San Martín al Atlántico, todas las estatuas de  O’Higgins al Pacífico y todas las de Bolívar al Caribe, y prohibiría que las reemplazaran, bajo pena de muerte”. En los actuales tiempos de consolidación del Mercado Común del Sur y la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), la letal recomendación  toynbeeniana suena como una involuntaria muestra de humor al estilo de  Groucho Marx, Woody Allen o George W. Bush. Observaciones: Al mismo tiempo que un grupo de argentinos desviaba un avión  hacia Malvinas, otro grupo de jóvenes en Rosario toma el consulado  británico. Se identificaban como integrantes del Movimiento Nacionalista  Tacuara (Comando Autónomo del Rosario). También pagaron con la cárcel su  gesto.

Por Roberto Bardini

CONSULADO

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