sábado, 4 de noviembre de 2017

LA DISOLUCIÓN DEL ESTADO ARGENTINO Y EL GOBIERNO MUNDIAL


I – INEXISTENCIA DEL ESTADO ARGENTINO


En la década del ´90 en la República Argentina, vivimos escuchando tediosamente que había que achicar el Estado porque de este modo se le terminarían los males del país. Pero en verdad no existe nada más absurdo que tal afirmación porque, si hay algo que es imposible achicar justamente es el Estado, simplemente porque es algo que no existe y que hace años ha dejado de existir.

La clase política se ha autocalificado como simples administradores, confundiendo así una nación con una hacienda, y un Estado se caracteriza esencialmente por gobernar y no por administrar. Es decir que, si tuviéramos que definir la cualidad de una cosa por sus actos, los mismos nos delatan que el Estado no existe.

Comencemos entonces primero por aclarar el significado de ambos términos. Gobernar se refiere al alma y administrar al cuerpo. Gobernar es lo propio de una actividad espiritual, administrar es en cambio algo relativo a la materia. Gobierna aquel que conduce a alguien, puede ser a uno mismo u a otros hacia la realización de su propio destino. Es decir cuando se hace que una cosa despliegue todas sus virtualidades potenciales y sea realmente lo que es en potencia. Gobierna el maestro cuando educa, entendiendo tal actividad como la de conducir a un ser a partir de sí hacia una meta trascendente, que le resulta a su vez inherente. Gobierna un padre cuando conduce a su hijo hacia su emancipación como persona, un general cuando dirige a su ejército hacia la victoria, etc. En cambio administra quién asegura el buen funcionamiento de una hacienda. Administra la madre los ahorros en la organización del hogar (de allí el origen de la palabra economía), administra un gerente una empresa cuando asegura de ésta el cumplimiento de su fin, la realización de un bien útil para la sociedad. Y finalmente un ministro de economía cuando asegura los recursos materiales del Estado para su funcionamiento, porque es cierto que, sin una adecuada administración del hogar, no hay familia o al menos una familia ideal, ni siquiera sin una racional y eficiente organización y distribución de recursos no hay Estado, del mismo modo que sin un cuerpo material sano no hay un alma espiritual que pueda gobernar esa sustancia que es el ser humano. Pero lo que es primero en el orden de la manifestación, no lo es también en el de las esencias. Es cierto que respirar es imprescindible para un ser humano, y que también antes de pensar o de tener conciencia respiramos, pero no es lo más importante, ni el fin último de esta vida. PLATÓN decía que el hombre es un alma que ha tomado posesión de un cuerpo y éste se alimenta y respira, pero esto sólo vale en función de que ella realice su fin. Y bien, nos preguntamos: ¿Cuál fin? ¿Para qué existen los Estados?.

No para resolver las "necesidades" de las personas, sino para elevarlas de su condición natural. Digámoslo en forma clara y definitiva: estamos aquí para pasar una prueba, para superar esta mera vida material y biológica y alcanzar la inmortalidad. La vida no tiene valor en sí mismo, como tampoco el cuerpo material, sino en función de algo que la trascienda. No vivimos para comer ni para respirar, ni tampoco para ser "felices". Es decir, gobernar al cuerpo es conducirlo hacia un fin que lo lleve más allá de él mismo e impedirle así que éste saque al alma de su meta y la hunda en su propio mundo que es el de lo que siempre cambia. Poner como meta de un gobierno una buena economía, es algo que transgrede la esencia misma del hombre y lo hunde en el caos de la materia. Y era también PLATÓN quien decía que hay dos tipos de seres: los que pueden gobernarse a sí mismos, los que son capaces por sí de realizar su fin y medida, y éstos son los filósofos, y los que en cambio, al no poder hacerlo por sí mismos, precisan de otro que lo haga y los ayude a hacerlo y éste es el político en el sentido estricto de la palabra, que no es sino el filósofo que se sacrifica por los demás y los gobierna. Hubiera sido absurdo suponer que un economista gobernara una nación. Del mismo modo que en el hogar el mero hecho de preparar los alimentos con eficiencia y proveer a la limpieza del mismo hiciera a la esencia de una familia. Y fueron las sociedades decadentes y matriarcales las que confundieron ambos principios. ¿Para qué queremos comer, vestirnos y reproducirnos si no tenemos una meta superior que justifique nuestra existencia? Y además lo gratificaba también PLATÓN en un mito que fue famoso. Imaginó al cuerpo, o también a aquellas funciones del alma que la vinculaban con su cuerpo, como a un caballo y al alma racional o espíritu, como a su conductor. Y sucedía que, como el hombre era libre, en algunos casos el alma podía controlar al caballo, pero en otros sucedía al revés. Es decir que, o la política gobernaba a la economía o a la inversa era ésta la que se hacía con el hombre. O el jinete, el Estado, conducía al caballo o al revés era el caballo quien hacía con el jinete. ¿No nos ha pasado ello a nosotros que ha sido justamente la economía la que ha regido absolutamente nuestro destino?

Toda civilización digna de tal nombre separó dentro del contexto de la sociedad estas dos dimensiones: la política y la economía, el gobierno y la administración, así como antropológicamente se distinguió el alma del cuerpo. Y de estas dos dimensiones privilegió a una sobre otra. Dispuso y percibió que había dos tipos de mundos posibles: o aquel en el cual el eje estaba puesto en lo mutable, en la materia, en la economía, o aquel que hiciera del espíritu y del ser la meta de sus actividades. Por ello toda sociedad tradicional, así como dividió al hombre en dos instancias, contrapuso dos realidades, espíritu y materia, naturaleza y supranaturaleza, consideró de tal modo que por encima de la sociedad se hallaba una instancia más alta: el Estado, la función política, y por debajo el todo social. Y si hay algo que diferencia a la civilización tradicional de aquella que es su antagonista, la moderna, es que mientras la primera distinguía, "discriminaba", la moderna en cambio todo lo nivela e iguala, por lo tanto todo lo rebaja, corrompe y degrada. Nada más lejos aquí que el mito igualitario de la modernidad. El Estado no se confundía con la nación y menos aún podía concebirse que fuera ésta la que determinase el Estado en su forma y función o aun se identificase a ambas cosas con el concepto unívoco de Estado-Nación que son hoy utilizados casi indistintamente.

¿Y quienes componían el Estado? No el pueblo como vulgarmente hoy se cree, sino la clase política, es decir aquel grupo de personas que, de acuerdo siempre a Platón, como a cualquier filósofo, se distinguían de los demás por ser capaces de gobernarse a sí mismos. Y representaba una idea clásica la de que era el pueblo, el componente material de la nación, quien precisaba de la clase política y no ésta del pueblo. Nada más opuesto a lo que sucede hoy en donde los pretendidos "políticos" (en realidad una caricatura distorsionada y para colmo de mal gusto del político en sentido estricto) se arrastran como serpientes detrás de la gente para conseguir sus votos prometiendo siempre y nunca exigiendo. Y además mintiendo y robando.

 La clase política se distinguía del resto por estar en posesión de principios y de una ética distinta que los hacía superiores a los demás. Y aquí, nuevamente como en el caso de la diferencia entre gobierno y administración, debemos decir que, así como los hombres son distintos y poseen por lo tanto derechos y deberes disímiles, a diferencia de lo que dice nuestra Constitución liberal, no hay una sola ética en la sociedad, sino que hay dos, y además, para que la misma funcione bien, una de éstas debe primar sobre la otra. Una es la ética guerrera y otra es la ética utilitarista. La primera es la que corresponde a la esfera de lo que es gobierno. Y aquí queremos hacer una disquisición a fin de que no se nos confunda con personas que promueven el militarismo, pues entendemos por guerrero a algo mucho más profundo que el simple cuartel. Se puede ser hoy en día militar sin ser guerrero, y esto lamentablemente es lo que sucede con la mayoría de nuestros militares. Es guerrero no el que aferra un arma o endosa un uniforme, sino el que lucha, el que doblega al enemigo que lo acosa. Y a su vez no el que lo hace por dinero, sino por vocación y necesidad. Y este enemigo no es simplemente externo, sino principalmente interno. La tradición islámica, de la que también debemos aprender, como de todas las grandes tradiciones, hablaba de dos tipos de guerra santa, la pequeña y la grande. Esta última era la que acontecía en el seno de uno mismo, en la acción por doblegar las partes del alma inferiores y vinculadas a la materia, es decir, al caballo del que hablaba PLATÓN. La pequeña era en cambio aquella por la que se luchaba y a veces se vencía a esos mismos enemigos manifestados en lo exterior de uno mismo, es decir, los infieles. Y no se podía vencer a los externos si antes no se había hecho lo propio con los internos. Es decir mal puede gobernar a los demás el que no puede hacerlo consigo mismo. La ética guerrera tiene que ver con el honor, con la dignidad y el heroísmo, tiene por meta la paz, pero tan sólo a través de la victoria. Practica el perdón, pero tras haber vencido al enemigo que ofende. La segunda es la ética utilitarista y pertenece propiamente a las clases económicas. Para el mercader lo esencial es que la empresa tenga ganancias, en él algo tiene valor en la medida en que le resulte útil, es decir, interesa aquí la utilidad material que las cosas proporcionen para su meta final que es el bienestar. Y si en función de ello hay que resignar el honor y la dignidad, hay que traicionar el compromiso y la palabra empeñada, bienvenido sea, siempre y cuando nos proporcione ganancias. Mentir y engañar está bien si produce prosperidad. Y tal ética del mercader, en donde la eficiencia lo mide todo, es justamente lo que caracteriza a nuestra clase política. Entrando a Buenos Aires por la ruta se puede leer un cartel con el retrato de un político que dice: "Deshonesto, pero eficiente". O dicho de otra forma, el que es bueno es estúpido y no sirve. He aquí la ética del mercader que nos gobierna.

En antítesis con esto, la sociedad justa es aquella en donde el guerrero limita y doblega al mercader, le impone condiciones a su actividad crematística, necesaria, es cierto, para conseguir la existencia del cuerpo pero, subordinándola a la moral, hace que la economía lo sirva y no a la inversa; la política es entendida aquí como la ética referida a un plano social y no como el arte de lo posible propio de la óptica burguesa. Ella pone frenos a la economía, a la inversa exacto de lo que sucede hoy en día con la ideología liberal para la cual el mercado es indiferente a cualquier norma de moralidad superior.

 Así como hoy se ha hecho sinónimo de la política la buena administración, del mismo modo la ética del mercader hoy asume la forma del pragmatismo. Los políticos argentinos, copiándose también en esto de los del primer mundo, se jactan de ser pragmáticos. Y aquí valga esta aclaración: el pragmatismo fue una filosofía que se implantó casualmente en los EE.UU., y significa dicho esto sencillamente, que una teoría cualquiera es buena o verdadera si tiene éxito. Es decir que, de acuerdo al pragmatismo, el que gana siempre tiene razón. Y desde la óptica calvinista de un yankee ello significa triunfar y tener éxito en los negocios. Es por ello que en nuestra tierra, los políticos ideales para la opinión pública son, además de los artistas, los empresarios exitosos.

Como la democracia había sido convertida en la meta última del hombre, una meta que a él lo trascendía y por la que había que sacrificarse, ahora el político pragmático era más "realista": lo más importante de todo es poder comer: ¿qué importan los principios? Ahora bien, sustituyamos la palabra democracia por otra más profunda, digamos Argentina, patria, espíritu, dignidad ¿Qué nos queda entonces? Justamente el pragmatismo. Más importante que las grandes palabras son los hechos, o también, más sencillamente: ¿de qué sirve tener principios?. Así ha sido la política argentina en las últimas décadas

II – CARACTERES DE UN ESTADO TRADICIONAL

Pero si el Estado no existe, por lo tanto debemos explicar en qué consiste esta vieja reliquia, este "trastoviejo de historia", tal como lo definía Carlos Marx, y decir también por qué y cuándo ha acontecido la defunción del mismo. Vamos al respecto a dar algunas de las principales características que debe tener el mismo y que justamente, en tanto éstas, hoy en día no existen, consecuentemente no tenemos Estado.

1) A diferencia de lo que manifiestan los modernos, el Estado no es lo mismo que el pueblo ni aun que la nación. Y esta aseveración se basa en una distinción ontológica entre las personas, tal como antiguamente la daba Platón y que a su vez no era sino la traducción de un principio que existió en cualquier sociedad sana y normal, es decir en cualquier sociedad tradicional. Había una minoría que estaba hecha para gobernar y otra, la mayoría, para ser gobernada. Si ello es verdad, por lo tanto sólo el Estado es soberano. Ser soberano significa que en él y únicamente en él, en razón de la especial calificación que poseen quienes lo componen, se encuentra el origen último de todas las decisiones, por encima de las cuales nadie puede ser juez. Ahora bien, la gran discrepancia con los modernos es acerca del origen de esta soberanía. Los liberales, que confunden al Estado con la Nación y a ésta con el pueblo, ven finalmente en este último el origen de la soberanía, y en esto fundan su democracia. Ello es absurdo desde múltiples puntos de vista. En primer lugar porque no puede ser soberano quien por naturaleza carece de voluntad propia. El pueblo, justamente porque necesita ser gobernado, no puede ser el origen del acto de gobierno, del mismo modo que un enfermo no puede estar en condiciones de decidir cómo curarse.
El dogma de la soberanía popular se basa en una falsedad fácilmente refutable: el igualitarismo, por el que en el fondo no se distingue entre gobernantes y gobernados. Que los seres humanos sean desiguales es ello una evidencia a simple vista. La misma naturaleza nos muestra que cuando más complejo es un ser, mayores son las características que diferencian entre sí a los individuos que componen su especie. Las plantas se diferencian entre sí más que los minerales, los animales más que las plantas y la desigualdad es lo que caracteriza más al hombre y es mayor en su universo que en el animal. Es una manada de ovejas es difícil hallar las diferencias entre los individuos que la componen: todas nos parecen iguales, no así en un conglomerado humano cualquiera en donde los caracteres físicos son notablemente desiguales entre sus integrantes. Y más aun en la esfera invisible de lo psíquico en donde hallamos grados de distinción mayores. Nadie escucha del mismo modo este mensaje, nadie lo entiende igual al otro. Y, más precisamente, desde el punto de vista de la lógica podemos decir que, si dos seres fueran absolutamente iguales, tal como lo expresa el principio de los indiscernibles, no serían dos sino uno solo. Así también, y con mayor contundencia, lo expresa el principio de razón suficiente, cuando nos dice que, para existir, cada ser tiene que tener su razón propia, y si ésta fuese igual a la de otro, no serían dos, sino un duplicado del mismo. Por lo tanto, no sólo los seres son desiguales, sino que también deben esforzarse por serlo.
Este concepto falaz de que la soberanía viene del pueblo es lo que ha dado lugar a la democracia moderna y a su ritual y praxis cotidiana e igualitaria, cual es el sufragio universal. Concebir, de acuerdo a tal igualitarismo, que el voto de un sabio, de un obispo, de un ingeniero o de un gran estadista valen lo mismo que el de un analfabeto, un borracho o un ignorante es algo que no resiste el menor análisis. Y que sobre la base de la elección de la simple mayoría deben resolverse los grandes problemas de una nación, es a su vez una cosa que no ha sucedido nunca en ninguna época de la historia, sino en ésta y que seguramente, cuando esta civilización moderna desaparezca, como ha sucedido con las demás civilizaciones que existieron, dará lugar a grandes motivos de asombro y curiosidad para investigadores de generaciones venideras.

2) El segundo principio del Estado es la autoridad. No hay soberanía sin autoridad. La palabra autoridad viene del latín augere, que significa aumentar, acrecentar; se basa justamente en el concepto de desigualdad entre las personas. El que gobierna, lo es en tanto, al ser más, puede hacer crecer a los gobernados, es aquel que los hace pasar de una dimensión meramente física, social y vegetativa a una de carácter espiritual y metafísico. Y ello esencialmente por su ejemplaridad, por las cualidades superiores que presenta ante los otros que lo muestran como un paradigma, un modelo a imitar, alguien que, por sus acciones, despierta reverencia y expresa, a lo que por sí no pueden hacerlo ni alcanzarlo, la existencia de otra realidad más profunda, de una esfera en donde gobierna no el interés material, no el afán por lo mudable, sino un ámbito de permanencia e inmortalidad. Por ello clásicamente al gobernante se lo llamaba también pontífice, es decir, era quien establecía un puente entre esta vida y lo que es más que ella. Era aquel que permitía ascender una mera existencia vegetativa y promiscua.

Justamente, en tanto elevaba a las personas, la autoridad, lo mismo que la soberanía, emanaba de lo alto y no desde abajo, del pueblo, como en las democracias modernas. Para éstas, justamente en tanto están volcadas en una esfera puramente corpórea y material, la autoridad es algo inexistente, imposible incluso en ser pensado y con-fundible con el mero autoritarismo, en la medida que el gobernante no es un ser superior, sino uno más de los nuestros, con los mismos vicios y las mismas virtudes. Y esto debemos decir que es cierto para los actuales políticos democráticos, siempre propensos a las corruptelas más minúsculas, lenguaraces, promiscuos, mujeriegos y por lo tanto también mentirosos.

Ahora bien, estos principios que hemos enunciado han desaparecido totalmente en las sociedades modernas democráticas e igualitarias que han suprimido al Estado y por consecuencia  y con mayor lentitud terminarán haciéndolo con la misma nación. Porque es una norma esencial de un espíritu jerárquico y tradicional que, así como el Estado no se confunde con la nación, es éste el que la informa y no a la inversa. Y si el Estado perece o es sustituido por una caricatura, tarde o temprano sobrevendrá consecuentemente también la muerte de la misma nación.

Y esto es justamente lo que está sucediendo con la Argentina y nos formularemos al respecto dos preguntas ¿Cuándo fue destruido nuestro Estado?. Y la segunda ¿quién lo hizo y por qué?.

III – LAS ETAPAS DE DISOLUCIÓN DEL ESTADO ARGENTINO

El Estado Argentino ha tenido una duración muy limitada en la historia, tuvo muy poco tiempo para formar a la nación; es por ello que su colapso, al haber dejado trunca tal labor formativa, acelerará la disolución de la misma, a no ser que lo restauremos.

Yendo aquí sintéticamente a su proceso de constitución digamos que primero hay en él una prehistoria de valor esencial porque hizo a la formación de sus componentes: la raza y la cultura. Y ésta abarca la época de la Colonia, y con mayor vigor a partir de la constitución del Virreinato del Río de la Plata, que es el momento en el cual se prefigura también su geografía. Luego vendrá su etapa fundacional en una dura lucha entre el espíritu criollo e hispano-tradicional originario, a partir de Saavedra y de los Patricios, y el espíritu mercantil representado por la burguesía unitaria y liberal.

Con Rosas el Estado argentino alcanza su plenitud. Rosas es importante y representa el paradigma del Estado, no simplemente como dicen las interpretaciones marxistas y democráticas, porque defendió muy bien la soberanía nacional, sino principalmente porque definió ante la sociedad el concepto mismo de Estado, de su autoridad y de su soberanía, y al que le otorgó consecuentemente un carácter de sacralidad. Con Rosas el Estado, en la figura del Caudillo, era reverenciado y concebido como una instancia superior a la mera sociedad, de allí el fuerte lazo que en su gobierno se estableciera entre la política y la religión.

Fue necesaria una gran confabulación de intereses en que coincidieron güelfos y masones, para que Rosas fuera derrocado y para que de este modo el Estado argentino feneciera tras la batalla de Caseros.

Lo que vino después en estos últimos 144 años no fue sino una lenta agonía hasta llegar al presente.

Pero de Caseros al presente, hay etapas muy precisas y claras que enmarcan un proceso lento y racional de involución de la historia Argentina. Walter B. Allende, ese gran compatriota que lamentablemente hoy ya no está con nosotros, supo distinguir muy bien dos etapas en la historia de la decadencia de nuestra patria inaugurada desde Caseros, época en la cual, como dijéramos, se produce la disolución de nuestro Estado y, a partir de la misma, la lenta agonía de nuestra nación. La primera la caracterizó como la época de la factoría próspera, la segunda la de la colonia decadente. Y distinguió a las dos por el grado de sometimiento en que se hallaba nuestra patria. En la primera estábamos sometidos, pero aun podía haber prosperidad, porque éramos todavía dueños del crédito, en la segunda, seguíamos siendo una colonia, pero además éramos pobres porque habíamos perdido también la capacidad crediticia.

Aquí deberíamos ampliar tal análisis saliendo de la esfera económica y elevarnos a una filosófica y política. El liberalismo argentino, es decir, el espíritu burgués y mercantil que nos ha regido desde Caseros ha tenido es cierto dos etapas, cada una de ellas más disolutoria. La primera sería la republicana inscripta en la constitución del 53, por la que se distinguía aun entre voluntad del pueblo racional y la de la mera masa, incapaz de resolver por sí misma; en donde se descreía de las mayorías populares en tanto irracionales e incultas y por lo tanto se calificaba el voto. Pero sin embargo se creía ilusamente que todos se habrían hecho sin más liberales y cultos a través de una buena educación, de allí la exacerbada confianza sarmientina en las escuelas. Pero el tiempo pasó y "el pueblo", que no se educó como correspondía y se pensaba, se impacientó, comenzó igualmente a solicitar participación en el gran banquete y "gobernar" y ser realmente soberano como se le había prometido. Fue así cómo, con la ley Sáenz Peña, se produjo el segundo paso, se inauguró la faz de los populismos demagógicos, es decir, la etapa democrática propiamente dicha y que se acaba de inscribir en la recientemente reformada constitución. El voto secreto y universal inauguró el período de los "punteros" y de los políticos aduladores de la masa. Pero hubo un reaseguro que se reservó el liberalismo para cuando los desquicios producidos por la demagogia terminarán con los últimos rastros de la nación. Y estos fueron los golpes militares.

Pero las dos trampas que el poder mundial tendió a los últimos gobiernos militares, me refiero a la guerra contra la subversión con los "desaparecidos" y a la guerra de las Malvinas con la desmalvinización y el desprestigio consecuente, terminaron destruyendo está última reserva del liberalismo y aceleraron así los tiempos de la disolución, pues, tras su profesionalización y el voluntariado femenino, ya ha desaparecido el rol de reaseguro liberal que se asignara en las FF.AA.

IV – EL GOBIERNO MUNDIAL Y LA ARGENTINA

Acabamos de introducir una palabra nueva, a propósito reservada para el final de nuestro análisis: el poder mundial o también gobierno mundial. Esta idea nos deriva hacia un término esencial que nos permite explicar el por qué de todo esto que nos ha estado sucediendo. La primera consecuencia que debemos recabar aquí es que hay una tercera dimensión en nuestra historia. La historiografía liberal concibe que hay sólo dos dimensiones, la de los hechos que acontecen y la de los ejecutores visibles de los mismos. La muestra en cambio parte de la premisa, confirmada por una aluvional suma de evidencias, de que los verdaderos gestores de los acontecimientos no son los que aparecen en las primeras planas, sino que se ocultan y que en cambio quienes se manifiestan en público no son sino hombres de paja, testaferros, recambiables en cualquier momento, de acuerdo a las circunstancias. Esta crisis de la nación argentina, que arranca desde la destrucción de su Estado en Caseros, no fue le producto de circunstancias casuales. Ha sido en cambio inducida ex profeso. Una inteligencia muy sutil ha sido la que condujo los acontecimientos durante todos estos años hacia la disolución de nuestra patria. Pero agreguemos también que esta inteligencia es milenaria y que tampoco reduce su accionar a la Argentina. Y como la misma es compleja y posee una habilidad también milenaria, ha sucedido además que algunos, tratando de identificarla, han caído víctima de sus argucias. Julius Evola, ese gran pensador de quien he tenido el privilegio de traducir sus principales obras, todas envueltas a propósito en un manto de silencio por nuestro enemigo, de modo tal que una gran mayoría de los que están aquí ignoran incluso su existencia, nos habló de una ciencia de la subversión o que también podría llamarse ciencia del enemigo oculto. Y con tal disciplina intentó sentar las bases para una lectura desapasionada del accionar del mismo. Y dijo que, justamente en tanto su habilidad reside en ocultarse, sería un error considerar que alguna de las tantas manifestaciones visibles de la subversión lo agotan en su esencia. Y que es más, que es la misma subversión la táctica del chivo expiatorio (una de las tantas que éstas emplea para destruir no sólo a nuestra patria sino a toda civilización tradicional). Es errado caer como muchos en un reduccionismo y atribuírselo todo a una sola de sus manifestaciones, el judaísmo, el protestantismo, el imperialismo norteamericano, el inglés, la masonería, etc. Porque si lo reducimos todo a una sola de sus expresiones visibles, entonces el resto se nos queda oculto.

¿Y bien, a qué se reduce entonces este poder mundial, este enemigo de nuestra patria y de todas las naciones? Se trata de un principio material, inferior, caótico, de una fuerza que ni siquiera podría definirse como personal, ni tampoco suprahumana, sino más bien infrahumana. Se trata pues de un intento pertinaz e inteligente de hundir a la humanidad en el caos y en desapegarla de su fin trascendente y espiritual. Se puede reducir todo a una guerra entre dos principios, lo que, nuevamente glosándolo a Evola, podría sintetizarse como aquella que desde milenios se desarrolla entre mundo tradicional y mundo moderno. Uno de ellos intenta hundir a los hombres en la ciénaga de la materia y de lo que cambia y deviene, el otro en cambio pretende establecernos en el espíritu. El mundo tradicional, en tanto mundo asentado en el ser, pretende constituir el Estado como un centro dador de sentido a la nación, el mundo moderno intenta en cambio disolverlo en la anarquía. Por ello el ataque ha sido largo e inteligente: primero se disolvió a aquello que, en razón de su mayor universalidad, representaba más paradigmáticamente a la figura del Estado, entendido como centro dador de sentido trascendente a las partes singulares. Fue así como se destruyeron primero los imperios, es decir aquellas grandes unidades espirituales que componían el Occidente, y se fomentaron sustitutivamente las naciones. Más tarde la lucha ha pasado por la destrucción de las mismas naciones, comprendidas éstas como una unidad de espíritu y de cultura, es decir como un principio que, a pesar de su singularidad, aun expresaba la primacía de la vida espiritual.

¿Y qué es lo que nos queda entonces? ¿Qué cosa ocupará el vacío dejado por las naciones? Pues bien, un mundo regionalizado, egoísta, contractual, materialista. Un mundo en el cual los hombres están unidos en función exclusiva de la conveniencia, es decir, el mundo del mercader. De allí los movimientos separatistas que amenazan convertir a nuestra humanidad en un concierto ilimitado de átomos individuales en pugna, en donde, de acuerdo al dogma liberal, los egoísmos de cada unidad atómica se revierten en el progreso universal. La meta buscada es sustituir el antiguo concepto de Estado-nación por el de un mundo sin fronteras y con meras regiones agrupadas en función de simples conveniencias y sin una instancia superior que las trascienda. Es decir que disuelva así el último residuo existente de Estado.

Pero un mundo de tal tipo amenaza con la guerra de exterminio de todos contra todos. Los apetitos y conveniencias singulares tienen dos maneras solas de refrenarse, o la autoridad, en tanto subordinación voluntaria a un principio superior, o bien el miedo inculcado por la mera fuerza. Allí aparece entonces una vez más la parodia sustitutiva, el concepto del Estado gendarme inventado por el liberalismo, que no es sino una imagen distorsionada de lo que es un Estado verdadero. Es el Estado que sólo existe provisoriamente (es decir que niega su esencia que es la permanencia como principio de estabilidad) para poner orden allí donde las partes no puedan hacerlo por sí mismas. Es el Estado puramente exterior, que ha sustituido la autoridad verdadera por el mero ejercicio de la fuerza material; que sólo se hace respetar por el miedo que transmite, en tanto monopoliza totalitariamente el uso de la fuerza. No era al respecto ésta una característica del Estado tradicional, allí la autoridad del monarca se basaba esencialmente en el prestigio, e incluso un emperador podía tener ejércitos menos poderosos que sus mismos súbditos. Es decir, tenemos aquí el Estado con poder, pero sin autoridad, esto es, una caricatura de Estado, que en tanto carente de carisma sólo impone el respeto por el miedo que provoca, pero que cuando la fuerza se debilita o se quiebra, las partes reaccionan con violencia y pueden hasta practicar la "limpieza étnica". Pensemos así en la ex Yugoslavia, o en la actual ex Unión Soviética.

Un mundo fundado en la economía como destino, meta en la cual concuerdan las ideologías subversivas de la modernidad, llámese marxista, liberal o postmoderna, es un mundo condenado a desaparecer. Y frente a ello ¿qué es lo que nos queda? ¿Qué puede sustituir el crepúsculo de una humanidad conducida a propósito en el error y hacia la autodestrucción arimánica?.

Queda la acción decidida de las minorías, queda la clase de aquellos que ven a pesar de las tinieblas, de los que resisten aun en el anonimato y en la indiferencia, de los que se despreocupan por no ser populares, ni exitosos, ni desean escuchar aplausos. De los que sólo esperan el momento oportuno para vencer, porque saben que de ellos es el mañana y en las sombras siniestras de este mundo moderno y cadavérico afilan en silencio las espadas.

Por Lic. Marcos Ghio

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