domingo, 25 de marzo de 2012

RESPETO A LAS PALABRAS



 El hombre es el animal más social que existe, dice el Filósofo, a causa de la palabra. Siendo pues la palabra causa de la sociabilidad e instrumento de la convivencia, hay que respetarla. El que no la respeta se llama (gradualmente) inculto, insincero, falso, mentiroso, embaucador, felón y perjuro, nada menos. El primer malentendido internacional que existió en la historia, ocurrió, según cuentan, en la Torre de Babel, a causa del falseo de las palabras; porque empezaron los constructores del primer rascacielo a llamar ladrillo a la cal, cal a la cuchara, cuchara al andamio, andamio al cimiento y cimiento al ladrillo, con lo cual se pelearon, y en vez de hacer entre todos la torre que rascase el cielo, empezaron a construir muros y fosos para separarse unos de otros. Muchas otras veces después de eso (y ahora entre ellas), el mundo se ha encontrado en una babel universal a causa de ese persistente prurito que tienen los mortales de rascar el cielo, de lo cual viene la confusión de las palabras; y de ahí, muchos otros males.
Dice el filósofo Kiang-Chu-Tsé que: tres clases de cristianos puso Dios en el mundo para mangonear la palabra: el filósofo, el gramático y el diplomático. El filósofo cuida que a las palabras correspondan cosas. El gramático que a las mismas palabras correspondan las mismas cosas. El diplomático que a las mismas palabras y a las mismas cosas las entienda el prójimo al revés; y se embrome. Así, por ejemplo, tomemos la palabra perro.  
Al filósofo le toca definir el perro. Al gramático, cuidar que no le llamen perro a un gato. Al diplomático, decir solemnemente: “Aquí tengo un perro”, para que el otro crea que tiene un gato, cuando a decir verdad lo que tiene realmente no es ni perro ni gato. Es un cordel para ver si puede atar el perro y de ese modo llevarse el gato.  
A propósito de perros, tomemos la palabra fascismo. Los filósofos norteamericanos definen así esta palabra fascismo: “es una forma perruna que tienen algunas naciones, por la cual quieren apoderarse de otras naciones más chicas, con otras tropelías y desmanes enteramente contrarios a la civilización cristiana”. Esta definición puede servir para Norteamérica, y de hecho sabemos que sirve. Pero se puede discutir si corresponde exactamente a la cosa original, tal como existe en Italia. Últimamente, fascismo no es palabra yanqui, sino italiana; y en latín significa fax. Debo advertir que yo estuve en Italia cuando había fascismo, y lo que yo vi con mis propios ojos (puedo equivocarme) se parece a la definición que dan los yanquis, más o menos como un huevo a una castaña. Puedo equivocarme, repito. Finalmente, hay que sabe que esa definición de los filósofos yanquis es solamente para uso de Sud América, porque para ellos tienen otra definición, que por ser más difícil, se la reservan para entrecasa, y es un secreto diplomático.
  
Una nación enteramente soberana no debe admitir que le definan de afuera ni siquiera las palabras que usa. 
Hablando en serio, independencia nacional supone alta cultura propia. Alta cultura supone propia filosofía y teología, o como dice Genta, propia metafísica. Si a una nación comienzan a imponerle de afuera sus palabras, es decir, su filosofía y su teología, acaban por imponerle el patrón oro, los dividendos, los precios del trigo y todo lo demás. Es como a una muchacha, si usted le hace aceptar la definición de la palabra amor que a usted se le antoja. Eso es lo que le dijo el viejo Teodoro Rosabel al perito Moreno. Y sino ¿por qué creen ustedes que gastan los yanquis dos millones de dólares en hacer una Facultad de Teología Protestante en Flores y otras millonadas por convertir en pastores evangélicos nativos, a cuitados muchachos argentinos? Pues, simplemente, por imponer su teología. Y después de impuesta su teología o desteología o lo que sea, ellos saben que a los millones de un modo u otro volverán pian pianín a su fuente. Y esa es la razón porque no conviene aceptar de afuera ni siquiera la inofensiva definición de fascismo, que implícita y gratuitamente nos brindan desde afuera hecha.
 Nosotros también sabemos definir, aunque pobres. Y sabemos definirnos. Y si no se nos ocurre definirnos, como hacía el peludo Yrigoyen, cuando se callaba la boca, ¿qué hay con eso, vamos a ver?
La cortesía panamericana nos exige responder cuando se nos pregunta, pues ya no estamos en los tiempos de Yrigoyen. Bueno, tras el cordel va la soga, dice el refrán; y somos demasiado chicos para dar cordelejo a nadie. Si alguien nos dice roncándonos a lo reo: “El fascismo es una cosa abominable y ustedes son fascistas”, la Argentina responde sonrojándose con su habitual modestia: “Es cierto que el fascismo es abominable; pero nosotros no somos fascistas”. Si fuese en vez una nación brava, digamos el Uruguay, por ejemplo, podía responder así: “No sabemos si el fascismo es abominable; sabemos que nosotros no somos abominables”. Finalmente, si se tratase de una Nación como la España del siglo XVI, supongo que la respuesta hubiese sido: “Y si a mí se me da la real gana de ser fascista, ¿qué hay con eso?”
Inoportuna nos parecería esta tercera respuesta, en el siglo que corremos. Buena nos parece la primera respuesta, porque es la que de hecho dio el General Canciller. Pero hablando en teoría la segunda respuesta, la uruguaya, sin duda alguna es filosóficamente la más exacta.
 
R.P. Leonardo Castellani, S.J.
(13 de septiembre de 1944)

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