martes, 5 de marzo de 2013

MANIFIESTO: LO QUE SOMOS Y LOS QUE NOS MUEVE




¿Libertad para qué, democracia para hacer qué, libertad y democracia  para configurar qué mundo, alentar qué afanes, realizar qué sueños?…Lo más aterrador no es el auge de esta disolución, lo más estremecedor es nuestra indiferencia.

Tal vez, si acaba de leer por primera vez Infocon Noticias, se esté preguntando: ¿es esto un periódico? Sí, sin lugar a dudas. Pero ¿es un periódico… “normal”? No, de ningún modo. Está usted ante el periódico más anormal que existe. Tanto por su forma como por su contenido.

Por su forma. Porque es el único que aborda, por ejemplo, la actualidad… y al mismo tiempo el pasado, la historia. Porque tampoco es ninguna revista de pensamiento y, sin embargo, las cuestiones culturales, sociales, artísticas… son aquí tan importantes como las políticas. Unas cuestiones políticas que, además, sólo se abordan si no tienen nada que ver con la politiquería habitual: con ese conjunto de retóricas y triquiñuelas hábiles (o torpes) que el poder monta y los medios de comunicación repercuten. 

Por su contenido. Porque somos inclasificables. Porque no hay forma de poner una etiqueta a las ideas por su contenido en pluralidad, por lo tanto digámoslo abruptamente, nos mueve la profunda aversión que despierta en nosotros el mundo que nos envuelve… y asfixia. Lo que nos ahoga es ese mundo como tal: el espíritu que impregna nuestras instituciones y valores, nuestros principios y sensibilidad; no tal o cual “defecto”, no tal cual aberración.  Las aberraciones abundan, día tras día las denunciamos en estas páginas, pero nos importa sobre todo lo que implican, lo que subyace a ese conjunto de cosas… que nunca encontrará usted ni evocadas ni denunciadas en el programa de ningún partido.  Nos horroriza la vulgaridad, la absurdidad, el sinsentido de nuestras vidas: ese vagar de unos seres mediocres y grises, dedicados a producir, consumir y, como los objetos producidos y consumidos, morir. Nos horroriza la ausencia de todo horizonte comunitario, de toda proyección histórica, tanto hacia el pasado como hacia el futuro: esa ausencia que nos hace deambular como átomos que, disgregados, van dando tumbos por el mundo.  Nos horroriza el que, disgregados, perdamos toda identidad: tanto individual como colectiva. Tanto la identidad que la familia, concebida como simple suma de individuos con gustos compartidos, no puede otorgar; como la identidad colectiva cuya quiebra es particularmente lacerante en nuestro país, entregado como está a Organismos e Instituciones que lo desgarran so pretexto de especificidades colectivas que no son hoy atacadas por nadie, y que, si lo fueran, seríamos nosotros los primeros en defender. 

Y nos horrorizan, nos conmueven tantas otras cosas… Nos conmueve todo lo que, en el campo de la cultura, se plasma en forma de fomento de la ignorancia y de triunfo mediático, si es que no general, de la vulgaridad. Y nos horroriza todo lo que subyace a un “arte” que, lejos de cultivar el estremecimiento que es la belleza, crece en el estercolero que son la fealdad o la inanidad. Nos horrorizan, en fin, las consecuencias de tanta pequeñez, de tanta mediocridad productivista y consumista: nada noble, nada grande, nada heroico mueve ni puede mover a nadie en el gran Supermercado en el que el mundo se ha convertido. La lista sería interminable, pero nos horroriza también que junto con los hombres y la muerte de su espíritu, sea también la tierra misma la que se ve amenazada de extinción o degeneración y lo más estremecedor es toda esta indiferencia.

Aún sigue existiendo, es cierto, algo parecido al sentido; algo que, por sorprendente que sea, aún justifica y llena la vida de los hombres de hoy. Por ello, el presente manifiesto se alza, hablando con mayor propiedad, contra la reducción de dicho sentido a la función de preservar y mejorar (en un grado, es cierto, inigualado por ninguna otra sociedad) la vida material de los hombres.  Trabajar, producir y consumir: tal es todo el horizonte que da sentido a la existencia de los hombres y mujeres de hoy. Basta, para constatarlo, leer las páginas de los periódicos, escuchar los programas de radio, regodearse ante las imágenes de la televisión: un único horizonte existencial (si se le puede denominar así) preside a cuanto se expresa en los medios de comunicación de masas. Contando con el enfervorizado aplauso de éstas, dicho horizonte proclama que de una sola cosa se trata en la vida: de incrementar al máximo la producción de objetos, productos y esparcimientos puestos al servicio de nuestro confort material. Producir y consumir: tal es nuestro santo y seña. Y divertirse: entretenerse en los pasatiempos (se denominan con acertado término: “actividades de ocio”) que la industria cultural y los medios de comunicación lanzan al mercado con objeto de llenar lo que, sólo indebidamente, puede calificarse de “vida espiritual”; con objeto de llenar, más propiamente hablando, lo que constituye ese vacío, esa falta de inquietud y de acción que la palabra ocio expresa con todo rigor. A ello se reduce la vida y el sentido del hombre de hoy, la de ese “hombre fisiológico” que parece encontrar su mayor plenitud en la satisfacción de las necesidades derivadas de su mantenimiento y sustento. Resulta obligado reconocer, por supuesto, que en semejante empeño —muy especialmente en la mejora de las condiciones sanitarias y en el incremento de una longevidad que casi se ha duplicado en el curso de un siglo—, los éxitos alcanzados son absolutamente espectaculares, también lo son los de la ciencia y fenómenos físicos. Lejos de repudiar tales avances, los signatarios del presente manifiesto no podemos sino saludarlos con hondo y sincero júbilo. Es precisamente este júbilo el que nos lleva a expresar nuestro asombro y angustia ante la paradoja de que, en el momento en que tales conquistas han permitido aliviar considerablemente el sufrimiento de la enfermedad, mitigar la dureza del trabajo, expandir la posibilidad del conocimiento (en un grado jamás experimentado y en unas condiciones de igualdad jamás conocidas): en un momento caracterizado por tan saludables provechos, resulta que es entonces cuando, reducidas todas las perspectivas al mero incremento del bienestar, corre el riesgo de quedar aniquilada la vida del espíritu. Lo que peligra no son, salvo hecatombe ecológica, los beneficios materiales así alcanzados; lo que se ve amenazada es la vida del espíritu. Lo prueba, entre mil otras cosas, el mero hecho de que incluso se ha vuelto problemático usar el término “espíritu”. Es tal el materialismo que impregna los más íntimos resortes de nuestro pensamiento y de nuestro corazón, que basta utilizar positivamente el término “espíritu”, basta atacar en su nombre el materialismo reinante, para que la palabra “espíritu” se vea automáticamente cargada de despectivas connotaciones religiosas, si ya no esotéricas. Lo que nos mueve no es la inquietud ante la muerte de Dios, sino ante la del espíritu: ante la desaparición de ese aliento por el que los hombres se afirman como hombres y no sólo como entidades orgánicas. 

La inquietud que aquí se expresa es la derivada de ver desvanecerse ese afán gracias al cual los hombres son y no sólo están en el mundo; esa ansia por la que expresan toda su dicha y su angustia, todo su júbilo y su desasosiego, toda su afirmación y su interrogación ante el portento del que ninguna razón podrá nunca dar cuenta: el portento de ser, el milagro de que hombres y cosas sean, existan: estén dotados de sentido y significación.  ¿Para qué vivimos y morimos nosotros: los hombres que creemos haber dominado el mundo…, el mundo material, se entiende? ¿Cuál es nuestro sentido, nuestro proyecto, nuestros símbolos…, estos valores sin los que ningún hombre ni ninguna colectividad existirían? 

¿Cuál es nuestro destino? Si tal es la pregunta que cimienta y da sentido a cualquier civilización, lo propio de la nuestra es ignorar y desdeñar tal tipo de pregunta: una pregunta que ni siquiera es formulada, o que, si lo fuera, tendría que ser contestada diciendo: “Nuestro destino es estar privados de destino, es carecer de todo destino que no sea nuestro inmediato sobrevivir”.  Carecer de destino, estar privados de un principio regulador, de una verdad que garantice y guíe nuestros pasos: semejante ausencia —SEMEJANTE NADA— es sin duda lo que trata de llenar la vorágine de productos y distracciones con que nos atiborramos y cegamos. De ahí proceden nuestros males. Pero de ahí procede también —o mejor dicho: de ahí podría proceder, si lo asumiéramos de muy distinta manera— toda nuestra fuerza y grandeza: la de los hombres libres; la grandeza de los hombres no sometidos a ningún Principio absoluto, a ninguna Verdad predeterminada; el honor y la grandeza de los hombres que buscan, se interrogan y anhelan: sin rumbo ni destino fijo. Libres, es decir, desamparados. Sin techo ni protección. Abiertos a la muerte. Esbozar la anterior perspectiva no significa, ni que decir tiene, resolver nada. Contrariamente a todos los manifiestos al uso, no pretende éste apuntar medidas, plantear acciones, proponer soluciones. Ya ha pasado afortunadamente el tiempo en que un grupo de intelectuales podían imaginarse que, plasmando sus ansias y proyectos en una hoja tan blanca como el mundo al que pretendían modelar, iba éste a seguir el rumbo fijado. Tal es el sueño —el señuelo— del pensamiento revolucionario: este pensamiento que, habiendo conseguido poner los fórceps del poder al servicio de sus ideas, sí logró —pero con las consecuencias que sabemos— transformar el mundo durante unas breves y horrendas décadas. Lo más curioso, por no decir lo más inquietante, es que semejante malestar no haya encontrado hasta la fecha ningún auténtico cauce de expresión y aún más angustioso que la propia muerte del espíritu, es el hecho que, salvo algunas voces aisladas, dicha muerte parece dejar a nuestros  contemporáneos sumidos en la más completa de las indiferencias. Por ello, el primer objetivo que se propone este manifiesto es el de saber en qué medida tales reflexiones son susceptibles de suscitar un mínimo, mediano o (acaso) amplio eco. A pesar del pesimismo que lo embarga, late en él la descabellada esperanza de pensar que no es posible que sólo algunas voces aisladas se alcen a veces para oponerse al sentir que caracteriza a nuestro tiempo. En la medida en que dicho sentir siga siendo dominante, es evidente que inquietudes como las aquí expresadas sólo podrán plasmarse en un grito, en una denuncia. Esto es obvio. Pero no lo es el que semejante grito no figure siquiera inscrito en aquel talante crítico, impugnador y transgresor, que tanto caracterizó a la modernidad, al menos durante sus inicios. Como si todo fuera de lo mejor en el mejor de los mundos, casi nada queda de aquella actitud crítica: lo único que hoy mueve a la protesta son las reivindicaciones ecologistas (tan legítimas como encerradas, las más de las veces, en un chato materialismo), a las que cabría añadir los restos de un comunismo igual de materialista y tan trasnochado que ni siquiera parece haber oído hablar de los crímenes que fueron cometidos bajo su bandera.  El protestar solo como un desahogo muy lejos de tener la voluntad de poner un pie fuera de la cama, traspasar los prejuicios, o sumar a la propuesta. La cosa es “poder protestar”.  Desvanecido el talante inquieto y crítico que honró antaño a la modernidad, entregado nuestro tiempo a las exclusivas manos de los señores de la riqueza y del dinero —de ese dinero cuyo espíritu impregna por igual a sus vasallos—, sólo queda entonces la posibilidad de lanzar un grito, de expresar una angustia. Tal es el propósito del presente manifiesto, el cual, además de lanzar dicho grito, también pretende posibilitar que se abra un profundo debate. Un debate en el que participaran cuantos se sintieran concernidos por las inquietudes aquí esbozadas. Apuntemos tan sólo algunas de las cuestiones en torno a las cuales podría lanzarse tal debate. Si “el tema de nuestro tiempo”, por parafrasear a Ortega, no es otro que el constituido por esta profunda paradoja: la necesidad de que se abra un destino para los hombres privados de destino y que han de seguir estándolo; si nuestra cuestión es la exigencia de que se abra un sentido para un mundo que descubre —aunque encubierta, desfiguradamente— todo el sinsentido del mundo; si tal es, en fin, nuestro “tema”, la cuestión que entonces se plantea es: ¿mediante qué cauces, a través de qué medios, de qué contenido, de qué símbolos, de qué proyectos… puede llegar a abrirse semejante donación de sentido?  La anterior paradoja —disponer y no disponer de destino; afirmar un sentido establecido sobre el sinsentido mismo del mundo—; todo este arriesgado pero enaltecedor ejercicio de equilibrio sobre el abismo, todo este mantenerse en la movediza “frontera” que media entre la tierra firme y el vacío: ¿no se parece todo ello al abismo, a la paradoja misma del arte: del verdadero arte, del que nada tiene que ver con el entretenimiento que se vende hoy bajo su nombre? “Tenemos el arte para no perecer a causa de la verdad”, es decir, de la racionalidad, decía Nietzsche.

Ahora bien, ¿es ello posible en este mundo en el que no sólo la banalidad y la mediocridad, sino la fealdad misma (fealdad arquitectónica y decorativa, fealdad vestimentaria y musical…) parece estar convirtiéndose en uno de sus ejes centrales? ¿Es posible esta presencia viva del arte en un mundo dominado por la sensibilidad y el aplauso de las masas? ¿Es posible que el arte se instale en el corazón del mundo sin que reviva —pero ¿cómo?— lo que fue durante siglos la auténtica, la vivísima cultura popular? Dicha cultura ha desaparecido hoy, inmolada en el altar de una igualdad que mide a todos por el mismo rasero, que impone a todos la sumisión a la única cultura —la culta— que nuestra sociedad considera posible y legítima. ¿No es pues la cuestión misma de la igualdad —la de sus condiciones, posibilidades y consecuencias— la que queda de tal modo abierta, la que resulta ineludible plantear? Toda la desespiritualización aquí denunciada está íntimamente relacionada con lo que cabría denominar el desencanto de un mundo que ha realizado el más profundo de los desencantamientos: ha aniquilado a las fuerzas sobrenaturales que, desde el comienzo de los tiempos, regían la vida de los hombres y daban sentido a las cosas. No hace falta insistir en la necesidad de dicho desencantamiento para explicar los fenómenos físicos que conforman el universo. Imprescindibles resultan para ello las armas de una razón cuyas conquistas materiales (tanto teóricas como prácticas) están sobradamente probadas. Ahora bien, ¿no son estas mismas armas y estas mismas conquistas las que lo pervierten todo, cuando, dejando de aplicarse a lo material, intentan dar cuenta de lo espiritual? ¿No es el poder de la razón el que lo reduce todo a un mecánico engranaje de causas y efectos, de funciones y utilidades, cuando pretende encarar la significación del mundo, cuando intenta enfrentarse al sentido de la existencia? El fondo del problema, ¿no estriba en este desmesurado poder que se ha atribuido el hombre al proclamarse no sólo “dueño y señor de la naturaleza”, sino también dueño y señor del sentido? Sólo gracias a la presencia del hombre, es cierto, surge, se dispensa esta “cosa”, la más portentosa de todas, a la que denominamos sentido. Pero de ello no se deriva en absoluto que el hombre disponga del sentido, sea su dueño y señor, domine y controle un misterio que siempre le trascenderá.

Semejante trascendencia no es en el fondo otra cosa que lo que, durante siglos, se ha visto expresado bajo el nombre de “Dios”. Enfocar las cosas desde tal perspectiva, ¿no equivale pues a plantear —pero sobre bases RADICALMENTE NUEVAS— la cuestión que la modernidad había creído poder obviar para siempre: la cuestión de Dios? Y esta última cuestión: la de un insólito dios (quizá conviniera por ello escribir su nombre con minúscula), la cuestión de un dios que, careciendo de realidad propia —no perteneciendo ni al mundo natural ni al sobrenatural—, sería tan dependiente de los hombres y de la imaginación como éstos lo son de él y de ésta. ¿A qué mundo, a qué orden de realidad podría pertenecer semejante dios? ¿Dónde puede morar dios, en qué puede consistir la naturaleza divina, si ningún lugar físico le conviene, si sólo de una “relación” se trata? ¿Dónde puede morar dios, sino en este lugar aún más prodigioso y maravilloso que está constituido por las creaciones de la imaginación? Plantear la cuestión de dios no es otra cosa, en últimas, que plantear la cuestión de la imaginación, interrogarnos sobre su naturaleza: la de esa fuerza que, a partir de nada, crea signos y significaciones, creencias y pasiones, instituciones y símbolos…; esa fuerza de la que quizá todo dependa y de la que el hombre moderno, como no podía ser menos, también se pretende dueño y señor. Así lo cree este hombre que, mirando con condescendiente sonrisa a los signos y símbolos de ayer o de hoy, exclama burlón: “¡Bah, sólo son imaginaciones!”, mentiras, pues.
¿Para qué sirve la Historia sino para aprender de los errores? Bécquer nos lo anticipó a su manera, en unos versos encriptados que hoy reescribimos para esclarecer lo que está pasando: "Volverán las oscuras “elecciones” / en tu balcón sus “siglas” a colgar, / y, otra vez, con el ala a sus cristales / (los partidos) “JUGANDO” LLAMARÁN".
Tiempo al tiempo. Sacarán sus eslóganes y se los compraremos. Menearán la banderita del partido y les aplaudiremos “la gracia”. Tocarán la campana de las urnas como en un comedor escolar y acudiremos borreguilmente al redil. Cada cuatro años salen los títeres y allí estaremos sentados de nuevo, delante de la función, embobados, con el dedo en la nariz, la gorra de medio lado y una piruleta en la boca. No es que a los políticos les parezcamos imbéciles, no.
Es inútil. Cuando la conveniencia política de un Poder sin conciencia así lo exige, los derechos se retuercen y hasta los actos de humanidad se convierten en inhumanos. Vivimos en un mundo retorcido e inhumano que recita mecánicamente los 30 artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos mientras comete las salvajadas más inverosímiles. Creo que ganaríamos al menos algo si, en vez de tanta palabrería acerca de supuestos derechos que todo el mundo pisotea cuando le conviene, alguien redactara alguna vez una Declaración Universal de las Obligaciones Humanas. Tenemos los Derechos Humanos del Hombre y del Ciudadano. Lo que no tenemos es una Declaración equivalente de los Deberes, las Obligaciones y las Responsabilidades del Hombre y del Funcionario Público. Ésa sería una Declaración realmente interesante. Pero no nos pidan que la escribamos. Porque si lo hacemos, estamos seguros de que todo el mundo nos acusaría de totalitarios y antidemocráticos.

Referencias: Javier Ruiz Portella
        Juan Pablo Vitali
        Denés Martós
Fuente:  Elmanifiesto.com

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