martes, 5 de marzo de 2013

PASÓ EL VENDAVAL, QUEDARON LAS LECCIONES: MEMO DE ACUERDO CON IRÁN



Por gentileza del Dr. Juan Gabriel Labaké (*) Quinta nota

El Memorando de Entendimiento con Irán ya es ley. Con su aprobación (estrictamente hablando, es una ratificación) parlamentaria pasó a ser un Tratado Bilateral Argentino-Iraní sobre el Caso AMIA.
Del vendaval enfurecido de oposiciones que produjo quedó sólo el recuerdo. Un desagradable recuerdo de gritos, improperios, insultos, agresiones personales y falsedades. Quedó también la cerrada y muy sugestiva negativa a dialogar, serena y profesionalmente, de todos sus protagonistas, especialmente de quienes se oponían al Tratado, incluidos los tres juristas contratados por la DAIA y la AMIA.

Una vez más y lamentablemente, la gritería propia de barras brava desorbitados y el silencio de la ormetà reemplazaron a la razón  y al debate civilizado.
Especialmente el tratamiento del acuerdo en las comisiones y en el plenario, tanto del Senado como de Diputados, nos dejó un resabio amargo y una herida en nuestro orgullo nacional por tantos insultos y gritos destemplados, y por tan pocos argumentos serios, jurídicos y políticos.
El “Callate atorranta” de un prominente oficialista, el “Sos un  cagón” que recibió como respuesta de una distinguida dama de la oposición, y el “Timerman lee como el culo” de un diputado, ex secretario de Estado y ex gobernador de Buenos Aires,  mostraron una de las facetas más dolorosas de nuestra decadencia nacional: la grotesca.
Pero tal vez peor que eso fue ver al jefe de la primer minoría de la Cámara de Diputados, jurista conocido y ex presidente de la Cámara Penal Federal que juzgó y condenó  a la Junta Militar, gritando con gestos y actitud descontrolados: “La culpa la tiene Irán porque se niega a enviarnos a los acusados para ser indagados acá”. El citado diputado, jurista, etc., parece ignorar nuestra propia ley de extradición, la Nº 24.767, que exige pruebas para extraditar a alguien y, si las hubiere, permite al imputado  elegir ser juzgado en su propio país y por sus jueces nacionales. Parece ignorar, también, que en la causa AMIA no hay una mísera prueba que haga sospechar la culpabilidad de los iraníes requeridos, y que la acusación contra ellos se basa sólo en un impresentable informe secreto de inteligencia de la CIA y el Mossad, aceptado como palabra santa por los Dres. Canicoba Corral y Nisman.
Ante ello, cabe preguntarle al diputado-jurista-camarista si conoce el expediente de la AMIA, si ha leído aunque sea unas pocas de sus más de un millón de fojas. Temo que la respuesta sea: NO. En cambio, no cabe preguntarle si conoce la ley 24.767 porque sería ofenderlo ya que la ley se reputa conocida por todos, con mayor razón aún por un jurista de su talla.
Sin  embargo, insisto, parece ignorar todo: la causa AMIA y la ley de extradición.
Lamentable.
El pacto de “omertà”

A los grotescos insultos comentados más arriba y a la decepcionante actuación del jurista y presidente del bloque radical, se suma la confirmación de una vieja sospecha: la DAIA y la AMIA responden incondicionalmente a las directivas emanadas de Tel Aviv. Son su brazo derecho “nativo” o, si se quiere, su “quinta columna”.
La DAIA y la AMIA son instituciones argentinas por cuanto todos o casi todos sus miembros nacieron en nuestro suelo, y ambas están constituidas según nuestras leyes y fueron inscriptas en la Inspección General de Justicia. Pero no son autónomas, y menos independientes. En realidad, tienen una dependencia objetiva y muy firme respecto de un estado extranjero, como es Israel: obedecen y cumplen sus inapelables directivas políticas. Ello quedó dramáticamente al descubierto en los primeros días después de conocerse el Memorando de Entendimiento con Irán.
En ese momento liminar, la AMIA y la DAIA, en reunión conjunta, adoptaron la única postura sensata y cuerda posible: una expectante espera hasta ver los primeros frutos del acuerdo, sin dejar de exponer sus lógicas sospechas, dudas y temores.
Mientras que Israel, en forma airada y admonitoria, como si la Argentina fuera una inmensa DAIA-AMIA de tres millones de kilómetros cuadrados y 41 millones de habitantes, atacó duramente lo hecho por nuestro gobierno y, en su exasperación y mal acostumbramiento, pretendió vanamente pedir explicaciones a nuestro embajador en Tel Aviv.
Conviene recordar que, desde que se produjeron ambos atentados, el gobierno de Israel fue quien indicó en forma imperativa las investigaciones que debían hacerse y las que no podían intentarse siquiera. Por ejemplo, nunca permitió que se siguiera la pista o hipótesis de una explosión interna en los dos edificios siniestrados. Y, cuando la Corte Suprema, presidida por el Dr. Julio Nazareno, anunció en 1997 (época de Menem) que investigaría esa posibilidad (la de una explosión interna) en el caso de la Embajada, el entonces embajador israelí señor Avirán amenazó públicamente por televisión a los jueves de la Corte con pedirles juicio político porque, adujo, esa investigación sería un acto de “antisemitismo”... Desde ese día, la causa del atentado contra la Embajada de Israel duerme en algún cajón de la Corte Suprema… de la actual, también.
Y bien, 24 horas después de que la AMIA y la DAIA habían adoptado esa actitud sensata y cuerda de esperar los frutos antes de opinar, se conoció la intransigente y furiosa oposición de Israel al Memorando. Entonces vimos, sorprendidos, que ambas instituciones comunitarias, formadas por argentinos e inscriptas en nuestra Inspección General de Justicia como asociaciones argentinas, giraron la mirilla de sus cañones en 180 grados y, también ellas, dispararon ciegamente contra el acuerdo con Irán.
Lo más significativo es que la prensa adicta a Israel y a la DAIA y la AMIA (o sea, toda o casi toda la “independiente”) siguió también las directivas emanadas de Tel Aviv. Desde entonces es imposible entablar diálogo alguno con ellos. Ni con los dirigentes  de la comunidad judía, ni con la prensa “independiente” adicta a ellos, y ni siquiera con  los tres juristas contratados por la DAIA y la AMIA. No se puede dialogar nada con nadie.
Al parecer, reitero, el más estricto pacto de omertà los obliga a todos ellos a guardar un sepulcral silencio, y a no contaminarse con los “antisemitas” (¡!) ni arriesgarse a un debate abierto con quienes no “gozan” de la confianza de Israel.
La obediencia ciega y sorda en la época de Menem se llamó “relaciones carnales”. Hoy se llama “búsqueda de la verdad y de la justicia”… pero según las necesidades, conveniencias y directivas de Tel Aviv.
Algo ha cambiado para que no cambie nada.

El rumbo perdido

Otro síntoma que desnudó el debate sucitado por el acuerdo con Irán es el llamativo, quizás inconsciente, deslizamiento de varios legisladores y dirigentes que se proclaman peronistas, hacia posiciones antagónicas con  las pregonadas y practicadas siempre por el fundador y conductor del peronismo, el general Perón. Me refiero especialmente a posiciones en materia de política internacional, o de relaciones exteriores, que son pilares básicos del pensamiento político de Perón.
Quizás el afán de diferenciarse y oponerse al gobierno de la Sra. de Kirchner y sus  frecuentes dislates y atropellos, objetivo con el que coincidimos muchos, está llevando a tales dirigentes a mimetizarse con los opositores al peronismo como tal, no sólo al desvarío kirchnerista. Para decirlo con palabras de la jerga política partidaria, no siempre moderada,  por oponerse a los gorilas de izquierda, se están sumando a los gorilas de derecha.
No otra conclusión se puede sacar de las afirmaciones de varios dirigentes y legisladores peronistas que son, no por casualidad, los únicos de ese signo que gozan del favor de los medios “independientes” para expresar sus ideas. Y ya se sabe que,  quienes no aparecen en letras de molde ni hablan por televisión y radio, simplemente no existen. De ese modo, los grandes medios “independientes” y los oficialistas generosamente subvencionados son los que, en general, eligen a los candidatos peronistas, a los modernos voceros del pensamiento político de Perón, mejor dicho, del pensamiento que quieren endosarle a Perón y al peronismo.
El ejemplo arquetípico de ello, y el más preocupante, lo constituyen las afirmaciones de tales dirigentes sobre los cambios que podría traer el Tratado con Irán en lo que ellos llaman el alineamiento internacional de nuestro país.
Un dirigente de extracción peronista, que ha sido alto funcionario económico de gobiernos diversos, abrió el tema al afirmar que “el Memorando con Irán podría significar un nuevo alineamiento de nuestro país”. ¿Con quién estábamos alineados, o deseamos estarlo?
Estar alineado es seguir la estrategia internacional de otro país y servir a sus ingereses, que no necesariamente son los nuestros, al contrario, y siempre nos hemos alineado detrás de una potencia que, en realidad, nos ha alienado. En nuestra historia sólo nos hemos alineados (y alienados) con Gran Bretaña y con  EE. UU. ¿Eso es lo que desean mantener ahora? Peor. Hoy se nos exige alinearnos con la dupla EE.UU.-Israel, una alianza agresora en vías de disolverse, que pronto perderá buena parte de su poder en Medio Oriente y en el mundo. ¿A esa decadente alianza desean mantenernos alineados y alienados hoy los adversarios del Tratado con Irán?
De ahí en más, varios encumbrados peronistas han repetido el mismo concepto. Todos expresaron el temor de que la restauración de relaciones diplomáticas normales con los iraníes nos vaya a alejar de la “alianza” o del “espacio” “occidental”. A Dios gracias, ya no se animan  a  hablar de la “civilización occidental y cristiana”, debido al desastre actual de Europa que ha desnudado que de cristiana tiene poco y nada, y apenas si le queda algún vestigio de civilización.
Conviene recordar que el postulado fundamental de Perón en cuanto a política internacional nunca fue de alineamiento con nadie. En 1945, y ante la división y repartija impúdica del mundo entre los dos imperios, EE. UU. y la URSS, Perón creó la doctrina de la Tercera Posición (única en todo el planeta en ese momento), que ratificó expresamente en su regreso al hogar nacional en 1972 y, en forma particular, en su histórico mensaje a la Asamblea Legislativa del 1º de mayo de 1974.  
La Tercera Posición, como doctrina de política internacional peronista, se mantuvo vigente  hasta la implosión de la Unión Soviética en 1991 y la transformación de hecho de EE. UU. en la superpotencia con aspiraciones de hegemonía planetaria por un siglo más (aquel sueño-fantasía de “A new [North] american Century”).
Muy pronto, los norteamericanos y el planeta todo comprobaron que, en lugar de un mundo monopolar o unipolar, se estaba conformando a pasos acelerados uno multipolar. En él vivimos hoy, y seguiremos viviendo en el futuro previsible.
Por otro lado, la Tercera Posición significaba, en su esencia, que propugnábamos una política exterior independiente de ambas superpotencias. Al desaparecer la bipolaridad, para dar paso a la multipolaridad, el principio básico de una política exterior independiente de las grandes potencias no cambió en nada, salvo en el nombre coyuntural que tuvo  entre 1945 y 1991. Hoy sigue vigente en su esencia, en ese principio básico de independencia.
A ello se agrega otro viejo postulado peronista: la integración regional.
A diferencia del alineamiento con una potencia –con  cualquiera que sea- que significa ponerse al servicio de sus objetivos e intereses nacionales y no de los nuestros, la integración es unir esfuerzos entre pares, para potenciar las posibilidades comunes de desarrollo y aumentar el poder nacional de cada uno.
En 1952/1953 el proyecto de intregración regional fue el ABC, la unión de la Argentina, Brasil y Chile, que impulsó Perón y fracasó por la negativa de Brasil. Hoy es el Mercosur y la Unasur, al margen de algunos trasnochados intentos, caribeños o no, de teñir esos proyectos patrióticos con matices ideológicos o personales, que siempre son  espurios en casos como éste.
De modo que la única política exterior peronista (y, desde ya, verdaderamente argentina) actual es una cada vez mayor integración con Sudamérica (el tiempo dirá si es posible ampliarla a Iberoamérica) que nos garantice el desarrollo pleno de nuestras potenialidades nacionales y la independencia, es decir el no alineamiento, frente a las superpotencias que ya están delineadas en el nuevo tablero internacional.
Independencia y no alineamiento no significan ruptura de relaciones ni enemistad con nadie. Al  contrario, la buena vecindad con el mundo todo es lo que necesitamos como nación.
Nadie debe pretender aislarnos de una u otra región o país, ni en Medio Oriente ni en ningún otro lugar. Quien desee crearnos enemigos o separarnos de otros países, ése es nuestro enemigo.
Quien crea que nuestro ideal es alinearnos con la estrategia de alguna potencia, ése no es peronista, o al menos no predica el peronismo.
Por los frutos los conoceréis, nos enseñó el Maestro. Una higuera que da peras no es una higuera, aunque pretenda serlo.

(*) Abogado. Diputado nacional (1973/1976). Embajador (1989/1992). Abogado  defensor de Isabel Perón en los juicios del Proceso Militar. Abogado defensor de Alberto Kanoore Edul en el caso AMIA.   

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