domingo, 9 de julio de 2017

LA HISTORIA DE UN GRAN AMOR

Dolma junto a Miguel Serrano, en Viena, poco antes de su muerte.
Por Miguel Serrano (*)

¿Han tenido ustedes un perro? Hombre o mujer solitario, ¿has tenido un perro por compañero de las largas horas de encierro, de las caminatas por los montes, o de las tardes, cuando lees o escuchas música; o bien, cuando miras las sombras en los muros, o la luz tenue que se filtra por las ventanas del crepúsculo? ¿Has sentido de pronto esos ojos que te miran fijos en la oscuridad, como penetrando los tuyos, como queriendo preguntarte algo, o bien, transmitirte un secreto, un pensamiento profundo sobre la vida y la muerte? En los momentos de mayor pena, de desasosiego, de desesperanza, el perro está allí, acompañándote, sintiendo contigo, consolándote con su presentimiento de ese dolor; son palabras, pero con los ojos abiertos, abismales, fijos en los tuyos, en un diálogo de silencio.

Yo también tuve un perro. Una dulce perrita del Tíbet. Me acompañó a través de los años y me dejó para siempre a fines de 1971, ese año tan lleno de desgracias. Quiero contar aquí su pequeña y tierna historia.

Fue hace diez años, cuando partí de India, para hacerme cargo de la embajada de mi país en Yugoslavia. Me había hecho amigo del Dalai Lama y fui a despedirme de él. Se encontraba de paso en Delhi, habiendo dejado por algunos días sus montañas de Dharmasala. Le fui a visitar, llevándole de regalo una cerámica de Quinchamalí; un pez, símbolo de la Época de Piscis, que pronto ya se cambiaría por la Época de Acuario.

Esa cerámica modesta de mi patria emocionó al supremo jefe del Tíbet. A través de su intérprete me consultó qué regalo desearía yo de él. Una idea un tanto extravagante pasó por mi mente y, por decir algo, mencioné esos perritos tibetanos, a los que llaman «leones de la puerta de atrás del templo». Los pintan con alas, pues corren y saltan como si las tuvieran. Los lamas tibetanos los tienen junto a sí, bajo sus mantos, durante la meditación. El pelo les cae sobre los ojos y su raza se llama «Apso-Lhasa». Son una delicada creación del budismo tántrico y de la magia tibetana.

El Dalai Lama asintió con una sonrisa tenue. Y yo me despedí, olvidándome luego completamente de todo eso, considerándolo como un juego amable, placentero, dentro de la etiqueta de esa corte en exilio. También me daba cuenta que había sido una extravagancia mía insinuar ese regalo.

Fue así cómo con sorpresa recibí una semana después el mensaje del representante del Dalai Lama en Nueva Delhi, comunicándome que «mi perro» había llegado y que podía ir a buscarlo.

De este modo me encontré con Dolma, una perrita de color miel, de largo pelo sedoso, que me miraba por debajo de sus rizos aleonados. Venía directamente de los Himalaya y se comprendía que estaba sufriendo enormemente con el calor de ese verano de Delhi. Con elaborada ceremonia, el lama del Tíbet me explicó que Dolma era el nombre de una diosa de su país, del lamaísmo, equivalente a Durga o Parvati, la esposa de Shiva en India. El padre de Dolma pertenecía al hermano del Dalai Lama y la madre, a Sherpa Tensing, el primer nepalés que ascendiera al Everest con la expedición inglesa. De este modo, mi perrita poseía el mejor de los pedigree, además de proceder directamente del corazón del Dalai Lama, porque todo regalo hecho por este alto dignatario viene directamente de su corazón. A lo mejor Dolma era un lama reencarnado.

En mi casa de Delhi, junto a los monos, bajo los bananos y las higueras, Dolma me esperaba en las noches, sin dormir hasta que yo regresara de las comidas y fiestas de despedida que entonces me daban. Mi viejo bearer, Samuel, me decía: «Ella es como una esposa, no puede dormir hasta que usted llega». En las mañanas Dolma me despertaba con suaves besos y caricias de su mano.

Cuando Nehru me invitó a un almuerzo familiar en su casa, para despedirme, fui con Dolma. Y ella estuvo todo el tiempo bajo la mesa, mientras conversábamos precisamente del Tíbet y de la China. Nehru no se explicaba la repentina animosidad de los chinos, a quienes él había ayudado y defendido en los organismos internacionales. Le dije:

«―¿No será por el refugio que usted ha dado al Dalai Lama?».

Nehru movió su cabeza, vacilando:

«―Es posible», me respondió.

Estaban presentes en aquel almuerzo la hermana de Nehru, señora Krishna Hutheesing, y su hija, Indira Gandhi. También uno de sus nietos.

Partí de India en barco y debí dejar a Dolma en Nueva Delhi, en casa de mi amigo el embajador del Japón, para evitarle así el largo encierro de un viaje por mar. La señora Gandhi me fue a despedir a la estación de ferrocarril de Nueva Delhi, llevándome un recuerdo de su padre: el bastón de sándalo con el que viajaba por India y por el mundo; una especie de bastón de mariscal. Me dijo: «Mi padre se lo manda, por si alguna vez necesita pegarle a alguien en Yugoslavia». Conservo este bastón, firmado por Indira Gandhi, como algo muy preciado. Nunca necesité pegarle a nadie en Yugoslavia, ni en ningún país extranjero donde he vivido. Quizás en Chile podría usarlo. Aún tengo aquí este bastón, cuando Dolma ya no está… Los bastones no envejecen, no mueren. La madera parece como si fuera eterna, especialmente la madera de sándalo…

Mucho me costó recuperar a mi perrita tibetana. Creo que también me ayudó la señora Gandhi. En verdad, es difícil deshacerse de un «animal sagrado». Un amigo chileno fue a rescatarla finalmente a la embajada del Japón y me la trajo a Europa. Me avisó por telegrama de su llegada a Italia, al aeropuerto «Leonardo da Vinci». La noticia me llegó justamente cuando me aprontaba para hacer la visita protocolar en Belgrado al entonces vicepresidente, Rankovic. Mi perrita llegaba ese mismo día a Roma. ¿Qué podía hacer? ¿Podía dejarla abandonada en un aeropuerto internacional? Tomé el teléfono y hablé con el jefe del Protocolo del ministerio de Relaciones Exteriores yugoslavo, embajador Sergio Makiedo. Le expliqué que «un gran amor» me llegaba a Roma el mismo día de mi entrevista con el vicepresidente. «Una dama no puede quedar allí esperando», le dije, «más aún si esa dama nos ha sido donada por el Dalai Lama, y más aún si esa dama es un perro». El jefe del Protocolo del gobierno comunista de Belgrado no dijo nada, pero su silencio en el teléfono reveló su desconcierto.

Partí a Roma, recibí a Dolma y alojé con ella en el Hotel Columbus, de propiedad del Vaticano, en la «Via della Conciliazione», entre pinturas murales y galerías monásticas. Se realizaba en esos días el concilio ecuménico y Dolma pudo ver conmigo, en la plaza de San Pedro, la púrpura y el oro de la Ciudad Santa. Con su ancestro en la sagrada Lhasa, fue este un apropiado recibimiento del Occidente.

A mi regreso a Belgrado, pedí una audiencia especial al jefe del Protocolo y fui con Dolma. Se la presenté con todos sus títulos, para que la conociera y comprendiera mi decisión. «¿Podría», le pregunté, «dejar a esta dulce señorita botada en Roma?». Makiedo se rió con ganas, con el humor y la humanidad grande de los yugoslavos. El pueblo yugoslavo sabe amar a los animales. El ministro de Relaciones Exteriores de aquel entonces, Koča Popović, tenía un compañero entrañable, un magnífico perro policial. Confieso aquí que mi intención no era de épater les comunist. Actué así espontáneamente y eso me valió la amistad sincera de esos magníficos seres humanos, los yugoslavos.

En India, en Yugoslavia, en Austria, Dolma encontró siempre amor y cuidado. Pronto pasó a ser «perro de cocina», porque vivía con la gente que cocinaba y que la cuidaba a ella ―y a mí por ella―. Pero Dolma sabía que era mía y venía a visitarme, haciéndose presente siempre en los momentos justos, más oportunos. Entonces me miraba hondo a los ojos, para conocer mis pensamientos, mis preocupaciones.

Sin embargo, esta mirada de los perros no es más que un formulismo, por así decirlo, porque ellos no necesitan mirarnos los ojos para saber lo que nos pasa. Lo descubren de otra manera, «sintiendo nuestra aura», nuestra vibración. En verdad, cuando nos miran a los ojos es únicamente para hacernos saber que ya lo saben, o para consolarnos; para que podamos entender que ellos están con nosotros, acompañándonos.

Así se fueron los años. Así envejeció mi Dolma. Dolma, la que volaba, la perrita con alas. Aún quería demostrarme que era capaz de volar. Y entonces se ponía a correr por los parques de la vieja Austria, por los bosques de Viena; corría, saltando, volando. Pero cada vez volaba menos.

Llegó el año 1971, tan lleno de desgracias. Debí dejar para siempre esa vida de «vagabundo dorado» de la diplomacia. Fue muy repentino y casi no tuve tiempo de pensar bien las cosas, de comprender su hondo sentido. Dejé a Dolma en algún sitio improvisado, por primera vez con gente extraña, pero que igualmente hicieron todo para cuidarla. Yo iba en busca de un lugar donde permanecer. ¿Pudo creer Dolma que la había abandonado?

Recorrí regiones y países. Un día iba por los Pirineos, de paso hacia España. En Montsegur, alguien me dio una rosa azul, que es la «flor que no existe», ¡tan bella es! Conducía solo en el automóvil y puse la rosa en el asiento del lado. De tiempo en tiempo la contemplaba. Al cruzar los montes, la flor pareció inclinar su cabeza hacia mí. De improviso, pensé en Dolma; porque así inclinaba su cabeza cuando iba conmigo en el auto. Un pensamiento repentino me tomó: «Algo le sucede a Dolma». Y, entonces, ya toda mi atención fue para esa flor, para cuidarla, para que no se secara, para que no muriera, porque pensaba que si la flor moría, también moriría Dolma.

Todo ese día y la mitad del otro día, viajé por las montañas. Me encontré así frente a Montserrat, a sus cumbres como de sueño, donde un día, según la leyenda, se guardó el santo grial de los cristianos (pero no el de los cátaros y de Parzival). Decidí visitar el monasterio. Me perdí en esos caminos de las alturas y, sin saber cómo, me hallé frente a una pequeña oficina de teléfonos, allí, en esas soledades. Me bajé del automóvil y pedí una comunicación con Viena. Me la dieron casi al momento. Pregunté por Dolma. ¡Sí! Lo que tanto temía estaba sucediendo. Dolma se encontraba gravísima, con un cáncer generalizado y un tumor en la garganta que no le permitía comer. Apenas si podía respirar. El veterinario aconsejaba ponerle una inyección para que muriera pronto, sin sufrir demasiado.

No necesito explicar mi desesperación de ese momento. Los que tienen un perro amigo, los que lo han tenido alguna vez, me comprenderán. Imploré en el teléfono para que no le pusieran esa inyección, pidiendo que me esperaran, porque yo la iba a mejorar. Luego, me puse al habla con compañías de aviación para conseguir un pasaje para Austria ese mismo día; pero no fue posible. Solo al amanecer del día siguiente podría volar.

Aquella noche la pasé en el monasterio benedictino de Montserrat. Llegué cuando los monjes oficiaban una misa coral de una belleza pura y sublime. En las sombras de esa vieja basílica, pedí a la Virgen negra de Montserrat (Isis, en verdad) por Dolma. Y en medio de mi angustia, sentí como que mi perra, allá lejos, se alegraba de saber que yo pensaba en ella y que pronto la volvería a ver.

Parece como que la vida repite a veces sus secuencias. También hace muchos años, a la muerte de un ser muy querido, debí encontrarme en un convento benedictino de mi patria, tratando de consolar mi corazón. Los monjes chilenos fueron extraordinarios. El padre Subercaseaux y el abad (no recuerdo ya su nombre) pusieron bálsamo de comprensión en mi alma. Quise ahora encontrar algo semejante entre los monjes españoles. Con uno de ellos estuvimos sentados a la sombra de las arcadas vetustas y de las piedras legendarias. Escuchó mi relato. Al final, le pregunté:

«―Padre, ¿dónde se van los perros cuando mueren? ¿Hay un cielo para ellos?».

El monje me miró con dudas, casi con sospecha. Permaneció mudo.

«―Se está muriendo mi perro ―le decía yo―. ¿Es posible que se muera para siempre? ¿Qué diferencia hay con un hombre?».

Ahora el monje rompió el silencio:

«―Hay una gran diferencia, una enorme diferencia», dijo.

«―Sí ―le respondí―, una enorme diferencia: los perros son mejores que los hombres».

¡Qué extraños son los españoles! No aman a los animales ni a los árboles (esto último lo hemos heredado los chilenos), asesinan a los toros, desprecian a los perros… En el aeropuerto de Barcelona, el policía (un andaluz) a quien rogué que vigilara mi auto, dejado en cualquier sitio, porque debía partir de inmediato a ver a mi perro enfermo, me miraba como a un ser de otro mundo, como a un excéntrico:

«―¿Y toma el avión por un perro?…», me preguntó.

Llegué a Viena. Dolma se estaba muriendo, aun cuando yo no pudiera creerlo. No comía y casi no respiraba. Al verme, sin embargo, estuvo alegre y vivaz, como para demostrarme que seguía siendo ella misma, con la felicidad de haberme recuperado. Parecía decirme: «Ahora ya no me vas a dejar; ya no nos separaremos más»…

¡Qué terrible decisión! Estaba viva un minuto antes. Y, de pronto, ya no fue más. Nunca podré entender la muerte. ¿Qué es la muerte? Se da vueltas a un resorte, y todo se acaba… Con Dolma entre mis brazos, esperé a que el doctor le pusiera la inyección. Ella me miraba a los ojos, interrogándome. Y yo le decía cosas, palabras, para que no se diera cuenta de que se iba a morir. Pero se murió, así, mirándome a los ojos, se apagó, doblando su cabecita ensortijada, igual que la flor azul, la de pura magia, la que no existe, la que no existirá nunca más…

¿Por qué amé tanto a esta perrita? ¿Es la soledad? ¿O será el recuerdo de la infancia, cuando mis mejores amigos eran los animales? ¡Qué bien se entiende un niño con los animales, en su diálogo del silencio! Solo aquellos hombres que han dejado de ser niños, esos pueblos que han perdido su infancia, o esos hombres que se toman tan dramáticamente en serio como hombres, no aman a los animales.

Bajo la lluvia de ese día domingo, en la vieja Viena, yo encaminaba mis pasos hacia el telégrafo de la ciudad. Y allí envié dos telegramas a India, tierra de mi perro. Uno, al Dalai Lama; otro, a Indira Gandhi. Les comunicaba que mi compañera del Tíbet y de la India había muerto en ese día y les pedía que pensaran en ella. Así, Dolma también se despedía de ellos.

Desde alguna parte, sentí que Dolma se alegraba.

(*) La Prensa (Buenos Aires), 21 de mayo de 1972. Por este escrito Miguel Serrano recibió un premio de la Sociedad Argentina Protectora de los Animales, el 29 de abril de 1973.

Título original: "Dolma, o la historia de un dulce amor". Por Miguel Serrano

No hay comentarios:

Publicar un comentario

NOTAS RELACIONADAS

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...